Vincenzo Latronico, autor de la primera novela sobre los nómadas digitales: “Las redes han gentrificado nuestro interior”



Las perfecciones (Anagrama) solo tiene 160 páginas, pero al escritor italiano Vincenzo Latronico (Roma, 1984) le bastan y le sobran para retratar como pocas novelas lo han hecho a la generación Instagram, la crisis de ideales que atraviesa Europa y esa nueva especie de élite extractiva que en Barcelona conocemos tan bien, los nómadas digitales. 

Todo eso encarnan Anna y Tom, una atractiva pareja italiana de jóvenes profesionales afincada en Berlín con una vida de diseño que se desliza entre la jornada de trabajo ante el portátil, salir de fiesta y las inauguraciones de exposiciones en galerías de arte alternativas del este. Como casi todo el mundo, Anna y Tom pasan demasiado tiempo en redes sociales. “Quería escribir una novela sobre la experiencia de una vida completamente fagocitada por lo digital. Todo nuestro mundo, también nuestra dimensión interior, está profundamente determinada por ese constante flujo de imágenes y palabras, desde que nos despertamos hasta que nos acostamos”, explica el autor. “Eso afecta a nuestros sueños, a cómo nos expresamos y relacionamos y también a nuestras ideas políticas”. 

La novela describe con distante y eficaz precisión el día a día de Anna y Tom, que viven sumergidos en dos niveles de realidad, “el real y el de una burbuja mediática digital, que es bastante parecida entre los expatriados de Barcelona o Milán”, apunta Latronico. “Al mismo tiempo, ese proceso es bastante similar a la gentrificación de las ciudades. Es como si las redes hubieran gentrificado nuestro interior”, reflexiona. 

Además de ser la primera novela sobre nómadas digitales, Las perfecciones logra otra cosa, y es capturar esa punzada de insatisfacción que provocan las redes, un tipo muy concreto de ansiedad que hace que “sintamos que nos están robando algo” y que “nos obsesionemos con lo auténtico porque, en comparación con lo que vemos en la pantalla, lo real parece casi siempre insuficiente”.

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Maximizar la extracción de beneficio

“Creo que todavía nos falta una palabra para definir lo que sentimos”, apunta Latronico, que disecciona como si fuera un forense (su estilo le ha valido numerosas y elogiosas comparaciones con Las cosas de Georges Perec) la homogeneidad de las vidas de Anna y Tom, empezando por la decoración de su apartamento. La monstera, la butaca escandinava, los ejemplares atrasados de Monocle y The New Yorker, el hueso de aguacate germinado: ¿quién no ha estado en un apartamento así alguna vez?

Para Latronico, existen varios tipos de homogeneidad. Está la globalizada, la que viene de arriba a abajo y es la que hace que todos los McDonalds del mundo sean iguales y que las calles tengan un mismo aspecto sin una coordinación general previa en Estocolmo, Berlín o Milán. Pero existe otro tipo, el que más le interesa y describe en el libro, y esa es “la homogeneidad que va de abajo hacia arriba”.

“Igual que hay matemáticos en todo el mundo desarrollando el mismo teorema sin saberlo, estamos viendo cómo en todas partes se intentan encontrar soluciones individuales al mismo problema, que es cómo maximizar la extracción de beneficio. La pizza con levadura madre da más beneficios que la pizza normal. La cerveza artesana da más beneficios que la cerveza normal. De un airbnb se saca más dinero que de alquilar un piso a una familia. Y todo esto está sucediendo sin un planificación centralizada. Es un convergencia de Occidente”, apunta. Anna y Tom, por cierto, acabarán realquilando su apartamento de renta baja en Berlín y mudándose a Lisboa.

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Un Erasmus permanente

Latronico aterrizó en la capital alemana un año después de la crisis de 2008. Allí ejerció de crítico de arte y se zambulló en lo que él llama, entre risas, “un Erasmus de 10 años” típico, con las paradas obligatorias que también frecuentan Anna y Tom: las noches en Berghain y Tresor, las tardes en Prenzlauerberg, los amaneceres en el Panoramabar y los durísimos inviernos llenos de deserciones. Bromas aparte, ese es el efecto que tiene sobre muchos una ciudad históricamente hedonista, barata y bohemia, donde las discotecas abren ininterrumpidamente de jueves a domingo.

La fiesta perpetua hace que para muchos el reloj se congele, sobre todo si no se tienen hijos. “Me interesaba reflejar la sensación de Erasmus permanente, de tener 35 y seguir viviendo como si tuvieras 23 o 27”, explica Latronico. “Vas haciendo scroll y parece que nunca pasa el tiempo, es solo cuenta el ahora, el ahora y el ahora. Pero el mundo sigue adelante, en paralelo. La historia sucede, y a veces lo hace de forma tan violenta que logra romper ese scrolling”, explica en referencia a los pocos sucesos históricos que logran colarse en las vidas de Ana y Tom, como la crisis migratoria y la muerte de Aylan, sucesos que el algoritmo decide incluir en un feed repleto de atardeceres, primeros planos de ensaladas con semillas y botes de fermentación casera. 

El letargo digital

Se ha escrito mucho sobre cómo las redes sociales operan como un silencioso pero muy efectivo disolvente de la conciencia de clase y han sustituido a la actividad política. Latronico fue un activista de la vivienda durante años en Milán y en la novela recrea lo inocuo del activismo a golpe de like. “Militar es cansado, te roba muchas horas. Cuando te acostumbras a vivir en este entorno online, la realidad acaba resultando decepcionante. Puedes hacer un post contra el cambio climático y tener 50.000 likes en dos horas. Pero cambiar las cosas, militar, casi siempre es exasperante y agotador”. 

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¿Qué puede hacer que despertemos del letargo digital? “Creo que la bofetada de realidad llegará con la crisis habitacional, que ya está afectando a la clase media. Antes, una pareja de profesores de instituto podían permitirse una vida normal: un piso, tener hijos, un coche. En Barcelona, Berlín o Milán una pareja de esas características ahora mismo no se puede permitir ni un estudio de 25 m². Tarde o temprano, eso explotará”, pronostica. 

En Las perfecciones hay un protagonismo entrañable de Tempelhof, el emblemático aeropuerto hoy en desuso, casi 400 golosas hectáreas que resisten en medio de la capital alemana. “Es un espacio infinito liberado por la historia [fue escenario de mítines nazis y clave durante el bloqueo del Berlín occidental] y lleno de potencial. También refleja un enorme privilegio. Muchos creen que debería edificarse con vivienda social, otros que debería seguir como parque público”, reflexiona. “Para mi debería ser el símbolo de Berlín, no la Puerta de Brandenburgo”, concluye. 

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