Tristes luces de las inolvidables alamedas


En 1970 regresaba a Chile Pablo Neruda, el poeta. Venía de París y de Cannes, a bordo del Christophoro Colombo, y su barco, en el que el poeta viajaba con su amor definitivo, Matilde Urrutia, pasaba por Tenerife, donde yo trabajaba para el diario El Día. La pareja se dirigía a la perla que es la misteriosa Valparaíso, ese balcón que le canta al mar y le susurra al peligro de las grandes alturas.

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