Travis Birds salta al color: “Aceptarse es divertido, te hace pasar a la acción”



No hay palabra imprecisa en Travis Birds. Sabe lo que quiere transmitir y, sobre todo, cómo lo quiere decir. No le basta con sumar letras que suenen bien: para ella, en los matices está la identidad. Por ello, las escoge con tanto esmero. Hay veces, incluso, que tarda horas en dar con la adecuada… Es tal el peso que deposita en ellas que no quiere incurrir en lamentos futuros. Todo lo que paladea es sentencia directa del corazón. Lo que conlleva una carga de verdad que, en ocasiones, puede resultar letal. “Estamos llenos de capas. Necesitamos conectar con nuestro lado animal, pues ahí es donde nacen las cosas reales”, apunta la cantautora. Tras Año X (2010) y La costa de los mosquitos (2021), ha hecho del instinto un sexto sentido en Perro deseo (2023).

Con un halo de luz inédito, ahora canta a la soledad, la libertad, la lujuria, la magia y la belleza con el propósito de trocar las tinieblas de antaño en golpes de efecto. Confía en el verbo escrito. Y exhala amor a sílaba dada. Quizá, los dos motivos por los que fue elegida para responder al mítico 19 días y 500 noches: suya es la voz de la María que se dirige a Joaquín Sabina 20 años después. Un reto del que no sólo salió reforzada, también la presentó a una masa que no se ha despegado aún de ella. La exquisita pluma que usa para componer su imaginario es su gran atractivo: una que, más allá de su agudeza, trata con mimo la dulce locura que pocos se atreven a abordar. Travis acaba de iniciar su vuelo más alto. Por primera vez, no tiene miedo a las alturas… ni a los truenos que vendrán.

P. ¿Es quien soñaba ser?

R. Muchísimo más. Diría que me he dado la vuelta a mí misma. Cuando empecé, lo que buscaba era evadirme de la realidad. Y, de repente, descubrí que ella tenía la capacidad de trasladarme a un mundo donde las cosas que pasan son imposibles. Así que luché por alcanzar dicha fantasía. Esta era mi pretensión inicial, por lo que imagínate lo que significa para mí lanzar mi tercer álbum. A veces, me pregunto: ¿cómo he llegado aquí?

P. Sus primeros pasos los dio a los 19, una edad complicadísima por la cantidad de decisiones que hay que tomar. ¿Sintió la presión?

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R. Sí, era mala estudiante y no pude elegir. Me metí en Diseño y, al principio, quería morirme. Me sumí en un vacío existencial del que sólo pudo sacarme la música. Fue mi vía de escape, la que me hizo creer en un camino para mí.

P. Por aquel entonces, se presentó como “una mezcla entre un niño, un señor muy serio, una tarada y un escarabajo común”. ¿Lo mantiene?

R. ¡Que va! Si algo me caracteriza es la necesidad constante de transformación. Hoy, te diría que soy una loca buscando conocerse y aceptar lo que tenemos estipulado de nosotras.

P. Su debut, Año X (2010), sonaba especialmente íntimo. ¿Dónde suele hurgar?

R. Soy intensa, lo reconozco. Con poquito te hago un dramón. Sufro… pero, al menos, me da temas. Sobre todo, me fijo en mis vivencias. Y en películas, los ambientes me parecen súper inspiradores.

P. ¿Eso significa que la historia detrás de Eduardo es verídica?

R. Prefiero no desvelarlo [ríe]. Cuando la escribí pretendía hacer la mejor canción de mi vida. Y, sin embargo, sólo me salían chorradas. Se la enseñé a mis padres y les encantó: yo jamás la hubiese metido en un disco. Y, fíjate, en los festivales ha sido una gran aliada. Tiene algo que activa a la gente.

P. Si escuchásemos en 2023 Humo o Elvis, ¿se seguiría sintiendo identificada?

R. Reconozco a esa persona. Es alguien de quien me siento orgullosa. Ahora, por suerte, tengo a mi disposición otros recursos y otras habilidades. Tuvo mérito lo que hizo entonces.

P. ¿Cómo llegó Coyotes a convertirse en la cabecera de El embarcadero?

R. Magia absoluta. Justo unos meses antes no sabía qué hacer con mi vida. Es cierto que estaba planificando el nuevo elepé, pero no tenía equipo. Así que me dediqué a vender thermomix: la mujer con la que iba fue enseñando mi música hasta que terminó en uno de los jefes de la serie. Un día me senté al piano y logré terminar un boceto que tenía a medias. Lo grabé y lo subí a redes. Entonces, él lo escuchó y me dijo que lo quería. Es fuerte. A lo largo de mi carrera me han pasado cosas que, tal vez, un científico llamaría chorradas. Aunque lo sean, hay una magia en ellas que siempre me ha perseguido.

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P. ¿A qué director le haría una banda sonora?

R. Pedro Almodóvar, sin duda.

P. ¿Cómo fue la experiencia de revisitar el 19 días y 500 noches de Joaquín Sabina? Arrojó no le faltó.

R. Esta versión era un homenaje que le hacía su amigo Benjamín Prado, pero debía pasar un filtro. Pensaron que, entre artistas de renombre, yo era la mejor candidata para ello. La abordé desde un punto más interpretativo: fui más María que Travis. Tuvo gracia.

P. ¿Fue el espaldarazo que necesitaba?

R. Totalmente: la repercusión fue mayor de lo que esperaba. No tenía demasiadas expectativas más allá de estar rodeada de titanes y de defender un himno con el que he crecido. No visualizaba hacerme tan conocida ni que la gente fuese a pedirla en mis conciertos.

P. ¿Se ha llegado a obsesionar con alguna melodía?

R. Bastante. Cuando surge la chispa, me vuelvo loca para que salga adelante. No obstante, bajo presión no funciono. Eso hace que me obceque… Respecto a las expectativas soy un poco tóxica a veces: prefiero parar cuando me bloqueo. Ya la recuperaré. Confío en ella.

P. Le dedicó un disco entero a esta cuestión, precisamente. ¿Qué descubrió durante la gestación de La costa de los mosquitos (2021)?

R. Mientras lo compuse pasé por un proceso un poco oscuro que se vio reflejado en él. Fue el primer acercamiento a una parte de mí que desconocía. Siempre me había negado y, por ciertas experiencias, me asomé a ese abismo y me quedé a observar.

P. Lo lanzó tras una temporada en la selva ecuatoriana. ¿De qué escapaba?

R. Es mi lugar en el mundo. Bueno, en mi cabeza… porque luego la realidad es otra movida. Desde pequeña, me ha apasionado la naturaleza: conocerla en profundidad fue estimulante. Y, en concreto, observar a los animales. Viví situaciones que me han hecho profundizar a nivel filosófico, aunque me duró poco: salió mal y, encima, me costó una pasta.

P. Llama la atención que sus canciones no tienen prisa en contarse. De hecho, las tiene de hasta cinco minutos. ¿Es importante dar a cada una su lugar?

R. Soy una peliculera. Tengo una forma de escribir muy cinematográfica y, para ello, requiero tiempo. El consumo inmediato es venenoso, se pierden el camino y el proceso.

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P. También suele introducir giros que las vuelve imprevisibles.

R. Esto tiene que ver con mi caos… Compongo igual que visto: mezclando retales. Hay días en los que me siento al piano con una determinada energía y, a la mañana siguiente, regreso a él desde otro lugar distinto. Esa intensidad del presente la aprovecho para crear.

P. Su tercer álbum se llama Perro deseo (2023). Un nombre curioso, ¿no?

R. Sí, ¿verdad? Define bien el concepto que quería subrayar. Por un lado, el perro hace alusión al mundo de los instintos que tanto me interesa. Y, por otro, el deseo se refiere a la pulsión que todos tenemos hacia algo.

P. A diferencia del anterior, aquí se intuye muchísima luz.

R. La última gira ha sido inspiradora. Al ser un repertorio más denso y oscuro, me costaba meterme en él a veces. Y contagiar eso es complicado. Ahora, me apetece pasármelo bien en directo.

P. ¿Ha desatado nudos en el estómago para alumbrarlo?

R. He tenido que desanudar ciertas cosas de mí. Mientras que en La costa de los mosquitos las observé, en Perro deseo he querido experimentar. Eso me ha dado libertad, me siento empoderada. Aceptarse es divertido, te hace pasar a la acción.

P. En Cuando Satán vino a verme, Grillo y Mis aires, hay poesía. ¿Cuida al extremo cada palabra?

R. A muerte. Soy muy friki del lenguaje. Fluyo y tengo la suerte de que, si estoy conectada, me sale fácil. Y, si no estoy conforme, lo desecho. Tengo que tener claro lo quiero comunicar.

P. “Cuando me pierdo, escucho tu tempo, sigo tu corriente”, canta en Urgente. ¿Le ha dedicado horas al amor?

R. No hay nada que no haga con amor. Necesito estar enamorada de todo lo que hago. No siempre se cumple, pero busco el modo para mantenerlo vivo.

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P. En estos 13 años, ¿se ha autocensurado?

R. Sí, porque soy una persona que tiende a pensar que le falta información para opinar. Me parece osado hacerlo en general. Una canción se compone de frases que pueden convertirse en titulares. Así, salvo que tenga que ver conmigo, pienso que se puede interpretar de otra manera. Intento tener cuidado por puro respeto.

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