Todo lo que usted debería ver en Apertura, la gran avalancha de arte en las galerías madrileñas


Una vez más, al tajo. Tras la calma chicha del verano, septiembre llega como un huracán. Todo a la vez, en todas partes: cincuenta y seis inauguraciones al precio de una. Y, aunque estas exposiciones podrán verse tranquilamente durante las próximas semanas, la sección (unipersonal) de críticos de este periódico se ha pegado el atracón para intentar compilar lo más interesante de la rentrée (detestable palabrita) artística.

Esta edición de Apertura Madrid Gallery Weekend (que coincide con su equivalente en Barcelona, para incomodidad de todos) trae bajo el brazo un buen puñado de artistas históricos. En la galería José de la Mano han recuperado unos trabajos de Lola Bosshard (fechados durante la década posterior a 1965), en su mayoría inéditos. Son unas pinturas minimalistas, que van del monocromo a discretas composiciones geométricas con franjas sólidas en tonalidades disonantes. “En el 67 expuse en la galería Edurne de Madrid unos lienzos de 2 metros, algunos de ellos uniformes de color, pues me irritaba radicalmente la literatura en la pintura…”, se puede leer en el catálogo. Tras participar en colectivas tan notables como Arte objetivo y en Nueva generación (con Gordillo, Barbadillo, Elena Asins, Jordi Teixidor o Alexanco, entre otros) se muda a Suiza por razones familiares y desaparece de la escena artística nacional.

En Nogueras Blanchard podemos reencontrarnos con Nancy Spero, a quien no veíamos desde finales de los 2000. La muestra se compone de una decena de obras que, con una excepción, son posteriores a 1980, época en la que la artista decide abandonar los elementos textuales y centrarse en el desarrollo de una serie de pictogramas que se repetirán incesantemente en su obra posterior. Estas imágenes (dioses antiguos, tótems, recortes de tebeo, cuerpos de mujeres atormentados o estatuaria clásica) constituyen el alfabeto (de una evidente carga política) de una obra contestataria y violenta; plásticamente rica y compositivamente compleja.

En una extrañísima confluencia, en esta Apertura los visitantes podrán recrearse en varias exposiciones coloridas: experimentaciones más bien superficiales con superposiciones de soportes traslúcidos sobreimpresos o grandes superficies de airecillo digital glitcheado (píxeles gordos, para entendernos). Si estas cosas son de su gusto (¡allá usted!), aquí un triplete: Jan Dibbets en Cayón, Inma Femenía en Max Estrella y David Magán en Parra & Romero.

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En el apartado nacional, en Juana de Aizpuru hay unos trabajos de Elo Vega en los que superpone recortes de obras grecolatinas (raptos y demás tropelías) sobre carteles publicitarios que no pasarían la más elemental revisión con perspectiva de género. Aunque el tema no sea novedoso, Vega consigue crear un diálogo interesante entre imágenes extemporáneas que, bajo las solemnes excusas de la tradición, se sirven de la retórica artística e histórica para ejercer violencia sobre los cuerpos femeninos.

Sin cambiar de distrito (Justicia), la galería Ehrhardt Flórez expone una serie de serigrafías de gran formato de Secundino Hernández. Enmarcadas en blanco y empleando un montaje sencillísimo, la exposición plantea una relación dialéctica entre el trazo violentísimo de las figuras (que no es un trazo) y la rotundidad colorista e impenetrable de los fondos (azul, rojo, verde, crema, etcétera). Sirviéndose de las limitaciones técnicas de la serigrafía, Hernández logra un resultado asombrosamente plástico, en el que las figuras, casi acuchilladas (la línea desprende una velocidad pavorosa) en blanco sobre los fondos vibrantes, terminan por revelar que, entre tanto artificio aparente, la obra sigue aferrándose a sus mimbres elementales: línea y color.

En la galería Juan Silió, Belén Rodríguez ha construido un bosque de plumas. Hay una anécdota biográfica que conviene conocer: Rodríguez ha dedicado los últimos años a cuidar un bosquecillo que parecía condenado a convertirse en pasto. El sitio queda enfrente de su casa, en Cantabria. El día que adquirió la parcela perdió un embarazo; a los días, irrumpió una faisana y dejó unas plumas. La semejanza entre las plumas y las hojas del eucalipto hacen de hilo conductor en la muestra. Personalmente, me crispan las propuestas que se asientan en episodios personales, pero he querido detenerme en la exposición porque las obras (capas teñidas con pigmentos extraídos del bosque, prendas que remedan alas, cintas trenzadas entre bastidores) son hermosas. Esa belleza fruto de las formas orgánicas y el color terroso.

Martí Cormand expone en Espacio Mínimo a los ensimismados espectadores de Vermeer en el Rijksmuseum (esa expo que vendió toda la boletería antes de inaugurar). Curioseando estos retratos sobre tabla, uno se acuerda del Espectador de espectadores del Grupo Crónica y se pregunta si uno mismo arquea así la espalda y frunce tantísimo el ceño cuando mira un cuadrito. A pocos pasos de esta última, con el abigarramiento propio de la casa, 1Mira Madrid presenta a Inmaculada Salinas. Rectángulos y círculos minuciosamente coloreados, el conteo de los días de trabajo y algunas escenas terroríficas sobre las que pensar al tiempo que se restriega el lápiz. Quisiera dedicarle algunas líneas a la muestra más adelante, así que perdonen que no me extienda.

‘Closer to Vermeer. Figure in white shirt’ (2023), de Martí Cormand. / Espacio Mínimo

Una última tanda de recomendaciones, para coger impulso. En Elba Benítez pueden curiosear las últimas esculturas de Fernanda Fragateiro: composiciones con materiales provenientes de edificios derruidos en la ciudad de Lisboa que, para la artista, “evidencian la ruptura, a menudo violenta, entre las ideologías del pasado y las realidades actuales”. Me parece, me disculparán, una grosera fetichización; aunque la elegancia de las esculturas y la sensualidad de algunos de sus detalles ameritan una visita.

En The Ryder hay una cosa extrañísima: la transmutación del caballo blanco de Santiago en una yegua rosa entregada al psicoanálisis y a los goces del mundo. Fanfarria y voz de tráiler de película palomitera: ya no quiere servir al opresor, ahora quiere gozar. Ivana de Vivanco despliega el programa iconográfico-pop de esta protagonista equina en unos cuadros bastante tramposos en lo técnico, aunque resultones en su conjunto. En fin, una propuesta simpática.

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Aunque si de rarezas se trata, la palma se la lleva la familia de Christian Fuchs. Ahí va la sinopsis: un peruanochileno se pone a rascar en su árbol genealógico hasta el siglo XV. Localiza a tal tatarabuelo y le hace un tercer grado (archivo mediante). Cuando lo tiene calado, lo impersona: se viste como él, actúa como él, etcétera; vive, por así decirlo, en su pellejo. Finalmente, se toma un retrato y lo suma a la galería. El resultado puede visitarse en Espacio Valverde: una constelación familiar de burgueses centroeuropeos, hidalgos españoles, militares de rancio abolengo y una tabernera amiga de los hermanos Grimm, todos con la misma cara.

‘Luise Friedrike Eleonore Chée’, de Christian Fuchs./ Espacio Valverde

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Admito que estas marcianadas me chiflan, pero creo que, superada la primera extrañeza, cualquier espectador acabará encariñándose con esos perfectos desconocidos, revivificados por la curiosidad de un descendiente remoto con querencia por la caracterización. Viendo los egregios rictus de toda esta parentela ilustre, a uno le queda claro que la sospecha de que la familia es la principal reproductora de privilegios y desigualdades no es una invención de los pérfidos socialistas.

Posdata: lamentablemente, este crítico suspendió el examen de bilocación, así que, tras tres jornadas correteando de aquí para allá, se me quedan algunas exposiciones que tenía subrayadas en el apartado de pendientes: Darío Villalba en Leandro Navarro, Jong Oh en Sabrina Amrani, Silvia Bächli en Maisterravalbuena y Hernández Pijuan en Rafael Pérez Hernando. Confío en dedicarles algún parrafito más adelante.

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