Sinead O’Connor | Nada es comparable a Sinead O’Connor



Nothing compares 2 U es uno de los temas más conocidos de Sinéad O’ConnorNo es suyo. Lo compuso Prince para el primer disco de su banda The Family, registrado en 1985. Cinco años después, O’Connor le dio la vuelta, lo incluyó en su segundo álbum –I do not want what I haven’t got (1990)– y dejó que la filmaran en icónico primer plano durante casi todos los cinco minutos que dura el videoclip de la canción. Un hito en su carrera. No es de extrañar que el documental que le han consagrado, dirigido por Kathryn Ferguson y producido por la cadena Showtime, se titule precisamente Nothing compares, aunque eliminado el ‘to you’: nada es comparable, en general.

Y puede que sea cierto, porque la carrera de la cantante irlandesa, nacida en Dublín en 1966, con pocas otras se puede comparar. Del estrellato –premio Grammy incluido– a la polémica por defender todo aquello que hay que defender. La película, que se ha proyectado este sábado en la gala de clausura del festival In-Edit de Barcelona y se vuelve a ofrecer este domingo en los cines Aribau, empieza con una de las imágenes más dolorosas en su trayectoria, cuando fue abucheada por el público congregado en el Madison Square Garden neoyorquino durante un concierto de homenaje a Bob Dylan, el 16 de octubre de 1992. La escena se detiene en otro primer plano de O’Connor mirando entre desafiante y entristecida a la audiencia.

Pasado el ecuador del filme, la escena se recupera. Vemos entonces como Kris Kristofferson sale al escenario para apoyarla y decirle que no les haga caso. Acto seguido, O’Connor le pide al teclista que dejé de tocar e interpreta a cappella el tema War de Bob Marley, cuando en realidad debía cantar el I Believe In You dylaniano. Cada vez con más rabia. Su voz se impone al abucheo. Cuando termina, la mirada hacia el público es casi de desprecio, aunque después llora y se deja consolar por Kristofferson, un tipo siempre íntegro.

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Aquella actuación cerró la quincena trágica para O’Connor, el fin de su carrera. Y todo por expresar bien claro lo que otras y otros saben, pero callan, y con ello otorgan. 13 días antes, el 3 de octubre, O’Connor fue invitada en el programa Saturday Night Live. Interpretó War, también a cappella, y al final rompió en pedazos una foto del papa Juan Pablo II. El escándalo fue mayúsculo, claro. Con la Iglesia no se juega. Ni con la conciencia patriótica de los Estados Unidos, también cuestionada por la cantante.

Por eso la abuchearon en el Madison Square Garden y la condenaron en los periódicos tras romper la foto del sumo pontífice. Y olvidaron que O’Connor se había significado claramente contra el racismo, la homofobia, el patriarcado, la pederastia, los abusos de la iglesia o la guerra de Iraq. De poco le sirvió. 1992 marcó el fin de una carrera que había empezado solo siete años antes en actuaciones postpunk en Dublín y Londres.

Todo esto resulta muy apreciable en el documental, pero no es lo único interesante. La directora indaga en las complejas relaciones familiares, las músicas que escuchaba de pequeña, lo que representó su corte de pelo –un rapado de nueva y radical feminidad, aunque también se la asoció a los skinheads–, su embarazo, las presiones de la industria discográfica, la actuación en la ceremonia de los Grammy de 1989 con el logo de Public Enemy pintado en la cabeza y el boicot posterior a esos mismos premios.

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Ferguson ha eliminado por completo las entrevistas físicas para dotar de un ritmo más fluido a la película. Sobre una ingente cantidad de imágenes familiares, actuaciones, videoclips y programas televisivos de la época, escuchamos la voz de la propia O’Connor y declaraciones de quien fuera su marido y batería, John Reynolds, y de amigas, hermano, profesoras, músicos, periodistas y publicistas. Un retrato poliédrico en primera y tercera persona.

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Nothing compares termina con una actuación actual de O’Connor. Ordenada sacerdote en 1999 por la Iglesia Tridentina Latina, se convirtió al islam en 2018 y cambió su nombre por el de Shuhada Sadaqat. Nadie la abucheará jamás.

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