¿Qué hay de nuevo con Gabo?


Cuando lo conocí, en el parque mayor de Santa Cruz de Tenerife, Álvaro Santana Acuña era un muchacho que hacía algunos años, él veinteañero, se había enamorado de Gabo. Entonces hablaba de su ídolo como si lo acabara de ver, de hablar con él; como si estuviera al tanto de sus amigos y de sus secretos. Es más, podía pensarse, pues aún vivía el autor de Cien años de soledad, que acababa de hablar con él esa mañana para contarle, por ejemplo, que estaba en Tenerife, que es un nombre que también tiene que ver con Cien años de soledad, porque se corresponde con un lugar que está cerca, en Colombia, de Macondo, donde esa novela impar bebe el aire que respira.

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