Patones de Arriba: una postal del pasado con dilemas de hoy



Para llegar a Patones de Arriba desde Madrid, tomas en Plaza de Castilla el bus 197. Hora y media después, abandonas el vehículo en Patones de Abajo. Es un pueblo sencillo. Si vas al quiosco a comprar una botella de agua, debes contar con efectivo y esperar a que la dependienta termine su conversación con el cliente que llegó primero, su vecino, tal vez, o su cuñado, o algún primo. Una sola avenida compone Patones de Abajo, y cinco calles a cada lado que pronto se extinguen en un campo azotado por el sol. Excepto una, que sigue hasta trepar por una quebrada. Por un lado, va la pista, por otro, un sendero polvoriento; en medio, el cauce seco del rio, cubierto de arbustos y hierba. Cuando llueve, el agua fluye abundante. Ahora el cielo es claro y hace calor.

Donde el sendero y la pista vuelven a juntarse, los coches desfilan estacionados. Cien metros más allá, se alza la Antigua Iglesia de San José. Ahora el suelo es de piedra. Sentados en las primeras terrazas, hacen presencia los turistas.

No hay compromiso, ni cruces, ni semáforos, ni 10 metros planos. Los callejones ofrecen un paseo sin norte, cuesta arriba y cuesta abajo. Los muros son de pizarra, herederos de la arquitectura negra. Los hoteles rurales y los restaurantes tienen sus puertas barnizadas, fachadas limpias, enredaderas de hojas verdes. A otras casas se les ha caído el techo y dentro crecen arbustos o higueras, que abundan en el pueblo. Pero nada parece abandonado. Si no lo ocupan las personas, lo hace la naturaleza, o la historia que se remite al Paleolítico.

Un vecino de Patones de Abajo, que sube todos los días para trabajar y que ha preferido no identificarse, recuerda el mito más grande de este lugar. “Napoleón pasó por aquí y no encontró Patones de Arriba, de lo escondido que estaba”. Es lo que se dice. En un muro, un anuncio que las plantas casi cubren explica lo siguiente: “El Rey de los Patones reinó durante el mandato del Rey de toda España Carlos III, y con su consentimiento durante la invasión napoleónica en el año 1808. Fue el único pueblo de España, que por estar oculto en esta inaccesible sierra, se libró de los invasores franceses”. La historia y el mito discrepan. Existen documentos que prueban que Patones de Arriba entregó una vaca y 50 libras de carne a las tropas napoleónicas. Sin embargo, la idea es tentadora: que hace 200 años el pueblo se salvó porque nadie lo encontraba, y hoy se salva porque todos lo conocen.

“Entró la comunidad de Madrid y empezó a soltar dinero y la gente empezó a conocer el pueblo, y hubo un boom de turismo exagerado”. El vecino se refirió a la publicidad que Patones de Arriba recibió a fines del siglo pasado. También habló de la etapa post-covid, que significó un impulso grandísimo. Desde Madrid se buscaba algo que hacer sin salir de la comunidad, que estaba cerrada. “Tenemos a cinco millones de personas muy cerca, y que no saben qué hacer. Se levantan a las 11, dicen: ‘Joder, qué puedo hacer hoy’. Búsqueda de Google: Excursión cerca de Madrid. La historia es eso”.

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Por supuesto, una cosa es salir de Madrid por el día, absorber las vistas rurales, y otra es vivirlo de verdad, en carne y hueso, día a día, cuando el calor seca los cauces, cuando arrasa el frío y graniza.

“Hace muchos años vinieron un grupo de bohemios, así tipo hippies, y se instalaron aquí. Claro, la idea es muy bonita. Oh, qué bien, vamos a regar nuestros tomates, vamos a tener nuestras gallinitas. Como idea es preciosa… Los tomates, con el calor tienes que regarlos todos los días. Y, aquí, ¿cómo los riegas? Las gallinas, sí, es precioso. De hecho, ¿has probado los huevos de corral? Están espectaculares. Pero a las gallinas hay que darles de comer todos los días. ¿Qué ocurre? Que un mes lo aguantas. De ahí viene el invierno. Salir en la mañana a menos tres grados, a darle de comer a las gallinas, a buscar el agua. Al final, los bohemios terminaron por largarse”.

Recuerda a su abuelita, oriunda de Patones de Arriba, y lo duro que fue para ella esa vida. “Patones es complejo. Aquí no tienes pan. Si no tienes arroz, tienes que cogerte el coche. Mi abuela se iba con el burrito a Torrelaguna, a seis kilómetros. Una hora para ir y una hora para volver. Y con las ventanillas bajadas del burro, que si llovía… ¡Es que aquí tú no tienes unas pilas del mando! Amazon ha sido una revolución, pero ¿cómo compras el pan con Amazon? ¿Y el pescado?”.

El éxodo no tardó

El turismo mantiene los muros de Patones erguidos, pero los vecinos, como a las órdenes de la gravedad, se han ido a Patones de Abajo. “Si te haces la casa abajo, te la haces con ladrillo. Aquí los abuelos traían la piedra en burrito, y para el agua iban al río. Imagínate en invierno tener que bajar al río, subir con la cántara, y con el frío, congelado. Y los burritos y las ovejitas no tienen 25 de diciembre o 1 de enero para descansar. Es todos los días”.

Según cuenta este señor, en Patones de Arriba no vive nadie. Hay personas que han remodelado alguna casa y ahí pasan el fin de semana. Pero vivir de verdad en Patones de Arriba, como antes, en las casas de tierra y adobe, es insostenible. “Si aquí quieres calentarte tienes que cortar la leña y subírtela. Abajo le das al botón de la calefacción”. Además, está el tema de la comida. Antes, uno podía tener su ganado y comer de ahí. Una vaca puede fácilmente alimentar a una familia pequeña por un año. Ahora hay regulaciones que lo prohíben, requisitos sanitarios que cumplir.

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Al otro extremo del pueblo (cinco minutos a pie), Diego, dependiente de una tienda de artesanías, viaja todos los días desde Torrelaguna para trabajar. Él conoce a un matrimonio que vive en Patones de Arriba. ¿Viven aquí todo el año? “Así es”, asegura. Salimos de la tienda y, sin nombrar calles ni números, me indicó cómo llegar a la casa de la pareja. “¿Les toco la puerta? ¿Normal?”. Diego impartió una clase maestra de periodismo: “Claro, como se hacía antes del Whatsapp y todo eso. No estaría bien entrar a una casa gritando o montando un escándalo. Pero, si les tocas la puerta educadamente, y a ellos les provoca, te reciben. Si no les provoca, no te reciben”.

Seguí sus indicaciones y llegué a una vereda estrecha, de piedra, en bajada, con un techo que no era más que vid con sus uvas colgantes. Había varias puertas. Al pie de una, un cartel que dice: “Si viene buscando al rey, este se murió hace tiempo”. El siguiente umbral lo cubre una cortina y de adentro llega la bulla del televisor.

A falta de madera que tocar, llamé: “¿Buenas tardes?”. Una voz de mujer me indicó que pasara. No se me habían quitado los nervios cuando entré, pero el recibimiento fue cálido y la vergüenza desapareció.

Me introduje. Les pedí una entrevista y aceptaron encantados, él, robusto, con bastón y sin camiseta; ella, con un vestido de flores y ganas de hablar.

¿Viven todo el tiempo aquí?

Baltazar: Sí, ahora sí.

¿Es verdad que son los únicos?

B: No. Hay más gente que vive aquí. Dueños de los restaurantes…

¿Cómo es vivir en Patones de Arriba?

B: Mucha tranquilidad.

¿Y el tema de las comodidades?

Polita: Esa es un poco más chunga. No hay dónde comprar el pan si quiera.

¿Si quieren cualquier cosa tienen que bajar a Patones de Abajo?

P: Ni a Patones de Abajo.

B: Allí tampoco es que haya mucho.

¿Y cómo hacen si quieren abastecerse?

B: Hay que bajar a Torrelaguna. Cuando hay que hacer una compra grande normalmente vamos con el choche a un almacén y hacemos la compra para el mes.

¿Y el resto del tiempo están aquí?

B: Sí, tranquilos.

P: Nosotros ya tenemos la casa de antes, pero vinimos cuando el virus y aquí nos hemos quedado.

¿Antes dónde estaban?

B: En Madrid. Pero desde que nos jubilamos íbamos y veníamos entre Madrid y aquí. Aquí estábamos unos días, allí otros. Con la pandemia ya dejamos Madrid.

P: La casa la compramos en el 77. Esto era una cuadra.

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B: Era la cuadra de las caballerías.

¿Es verdad que el rey de Patones vivía aquí cerca?

P: Rey, decían, pero era una persona normal.

B: El Rey de Patones era una persona que estaba recogiendo leña aquí para ir a venderla a Torrelaguna.

P: Era como el más sabio, vamos, el inteligente. Hicieron como que era Rey. Y se presentó a Carlos III.

B: Tuvo que hablar con Carlos III para que esto pudiese ser territorio español.

¿Los turistas los fastidian mucho?

P: Poco. Vienen bastante, pero vamos…

B: En este tiempo viene poca gente. A partir de este mes, que empiezan los chicos el colegio, la gente que esta fuera vuelve a Madrid y empiezan a venir. Los fines de semana, sobre todo. Luego entre semana siempre hay, pero no tanta.

P: Vienen jóvenes a hacer senderismo.

¿Y los fines de semana son pesados?

B: Hay fines de semana que yo esta puerta casi no la abro. Tengo unos patios allá atrás, y ahí estamos.

P: Hay de todo. Hay gente muy educada y hay otra gente que se piensa que todo lo de España es de todos los españoles.

¿No les molesta que les tome una foto para el periódico?

P: Ya hemos salido en televisión y en todos los sitios muchas veces. Una vez en un anuncio de Correos, promocionando de que Correos llegaba a todos sitios.

En ese momento, como si de una ficción se tratara, suena el teléfono. Baltazar fue a cogerlo.

B: ¿Dígame?… ¡Nada, no quiero nada con ustedes!

Colgó y volvió con nosotros.

P: Todos los días llaman para ver si queremos cambiar de luz, o cambiar de teléfono, o alguna cosa así. Se supone que lo han prohibido, que ya no pueden hacerlo, ¡pero siguen llamando! Si lo necesito ya llamaré yo.

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Baltazar refunfuñó, como dándole la razón a su esposa. Aceptaron felices tomarse la foto. Luego volvieron al sofá, a seguir con la película que estaban viendo. Napoleón no habrá encontrado este pueblo, pero al telemarketing no se le escapa un rincón.

Tampoco al turismo, ni a la curiosidad de la gente. El primer vecino se quejaba de que no se pueden poner flores en la calle, porque en un día te las arrancan. Lo alaba un cartel que pide respeto, no sentarse en las plantas, como si de una guardería se tratara. Pero esos niños de guardería, que se pasean metiendo la mirada en cualquier ventana, también son la razón por la que los restaurantes y los hoteles rurales proliferan. En fin, cosas buenas y cosas malas. Los tiempos cambian, no cabe duda, y Patones de Arriba es una postal del pasado, coloreada con los problemas y beneficios de hoy.

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