Obras blasfemas, polémicas y censuradas se liberan en el primer Museo del arte prohibido



Un par de crucifijos calificados de blasfemos, La civilización occidental y cristiana (2004), de León Ferrari, por el cual el hoy Papa y el entonces cardenal Bergoglio puso el grito en el cielo, y el realizado y captado en una fotografía performática por el estadounidense Andrés Serrano, Piss Christ (1987), que lo sumergió en un tanque con su propia orina recibiendo por ello amenazas de muerte, son dos claras muestras de censura religiosa. Más política es la que recibió la escultura Not Dressed For Conquering, donde la austriaca Inés Doujak caricaturizó al rey emérito, Juan Carlos I, montado por la sindicalista bolivariana Domitila Barrios, que en 2015 acabó con la dimisión del entonces director del Macba Bartomeu Marí y la cancelación de la muestra La bestia y el soberano. Son tres de las 42 obras de la colección de más de 200 del periodista y empresario Tatxo Benet (Lleida, 1957), que ahora lucen libremente en el nuevo y pionero Museo del Arte Prohibido que abre este jueves sus puertas en Barcelona. 

En pleno Quadrat d’Or del Eixample, la casa Garriga Nogués, obra modernista construida entre 1899 y 1901 por el arquitecto Enric Sagnier (que antes acogió a la Fundación Mapfre), reabre sus puertas para albergar este singular centro expositivo, en un recorrido de 2.000 metros cuadrados. Distribuidas en dos plantas se suceden pinturas, esculturas, instalaciones, audiovisuales, grabados y fotografías de artistas como Picasso, Ai Wei Wei, Banksy, Robert Mapplethorpe, Tania Bruguera, Miquel Barceló o Andy Warhol junto a los relatos de sus historias de prohibición, denuncia, controversia y censura por motivos políticos, sociales, sexuales o religiosos. 

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La mayoría son de la segunda mitad del siglo XX y del XXI, pero también las hay de la Ilustración, del XVIII, como 15 Caprichos de Goya que él mismo retiró de la venta, autocensurándose, por miedo a la Inquisición. Como apunta el director artístico del proyecto, Carles Guerra, “es la obra más antigua pero también la más moderna, porque encarna la capacidad crítica” del entonces pintor de la Corte para retratar una sociedad en crisis y caricaturizar los vicios del clero y el poder.  

La colección que sustenta el Museo del Arte Prohibido, que dirige Rosa Rodrigo, llegada del Museo Reina Sofía, la empezó Tatxo Benet, socio fundador del grupo audiovisual Mediapro, e impulsor de la librería Ona y el grupo editorial Suma Llibres, cuando en 2018 adquirió la obra Presos polítics a l’Espanya contemporània, de Santiago Sierra, en la feria ARCO de Madrid de 2018. “Media hora después la censuraban y la retiraban de la exposición”, cuenta el empresario. Formada por una serie de 24 fotos de, entre otros, Oriol Junqueras, Jordi Cuixart y Jordi Sànchez, encarcelados por la causa del procés, está ahora cedida y expuesta en el Museu de Lleida, pero augura que en un futuro probablemente vendrá a Barcelona. 

En aquel ARCO, Benet adquirió también una pieza de Pere Llovera, el único artista que retiró sus obras en solidaridad con Sierra. “Entonces no pensé en iniciar una colección como esta, pero empecé a buscar en internet obras prohibidas. Encontré que Silence rouge et bleu, de Zoulikha Bouabdellah, había sido retirada en 2015 en Francia y la compré”. La pieza, que alude a la situación de las mujeres en países árabes y está formada por 30 brillantes zapatos de aguja sobre 30 alfombras de plegaria islámica, ocupa ahora una gran sala en el nuevo museo; se mostraba en Clichy poco después de los atentados de Charlie Hebdo por las caricaturas de Mahoma y la propia artista franco argelina y el comisario aceptaron retirarla de la exposición por temor a reacciones violentas tras recibir advertencias de la comunidad musulmana.  

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La censura sigue ejerciéndose de múltiples formas. Es difícil imaginar un mundo sin censura“, señala Guerra, curador independiente y conservador jefe del Macba. Por ello, el Museo del Arte Prohibido no se limita a exponer las obras sino que a través de una guía gratuita y de una app ofrece todo el relato y las manifestaciones que han generado y que las acompañan desde que han sido objeto de censura.  

Algunas obras, apunta, “aluden a la condición del cuerpo de la mujer en el mundo árabe, otras a la ola conservadora de los años 80 en Estados Unidos, con intentos de censura de artistas como Mapplethorpe“. Así, una gran foto preside las escaleras de la casa Garriga Nogués; es de una de las mujeres negras que la surafricana Zanele Muholi dignifica con sus retratos. La artista, que lucha contra la intolerancia hacia las lesbianas, que en su país sufren violaciones correctivas y el colectivo LGTB+, sufrió un robo en su casa de los discos duros que contenían cinco años de trabajo. Al pie de la escalinata, cerca de la entrada del museo, una escultura de un censor franquista, obra del Equipo Crónica. 

En la planta baja tienen espacio un par de sátrapas: Always Franco, una escultura del dictador encerrada en una nevera de Coca-Cola, obra de Eugenio Merino que en 2012 la Fundación Franco pidió que fuera retirada de ARCO sin éxito, dialoga con la pieza de David Cerny Sharkun tanque de formol donde flota en calzoncillos y con las manos atadas Sadam Husein, remake del tiburón de Damien Hirst. Por miedo a ofender al colectivo musulmán, poco después de las manifestaciones por las caricaturas de Mahoma, el alcalde belga de Middelkerke prohibió su exhibición en 2006. 

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La intención es que aproximadamente cada año se renueven las obras expuestas para ir mostrando el resto de la colección de Benet. También prevén un programa de itinerancias y préstamos a otros centros museísticos. Para atraer no solo al visitante de fuera de Barcelona, la entrada general está en una franja media-baja de 12 euros (la reducida, a nuev euros). 

Como colofón, un muro expone temporalmente 50 carteles de denuncia de las injusticias del mundo, producidos por Amnistía Internacional, diseñados por, entre otros, Picasso, Miró, Tàpies, Fernando Botero y Alexander Calder. 

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