OBITUARIO | Luis Baylón: adiós al fotógrafo respetuoso



Esta lunes por la mañana, rodeado de amigos cercanos y familiares, ha sido incinerado en San Lorenzo del Escorial Luis Baylón. Fallecido el pasado sábado, Baylón es uno de los fotógrafos más relevantes del panorama español de las últimas décadas, autor de una obra singular en la que confluyen el casticismo de sus paseos por un Madrid que ya no existe, la espiritualidad de sus viajes por la India y la poesía de sus últimas fotografías de los árboles gurriatos.

Nacido en Madrid en 1958, Baylón comenzó a interesarse por la fotografía cuando, por mediación de un amigo, adquirió la que sería su primera cámara, una Canon Ftb con la que, además de explorar el mundo de la imagen, empezó a plantearse que esa actividad podía ser una forma mejor que otras de ganarse la vida. Amigo y compañero de generación de Alberto García-Alix, durante algún tiempo fue su ayudante en sesiones como la de la portada del maxi-single Ella es tan extraña de Los Coyotes de Víctor Abundancia, la cual fue realizada en 3D no con una cámara ad hoc, sino desplazando el negativo en la toma y el diseño porque España era así.

A mediados de los 80, cuando la crisis del papel era un concepto inconcebible, Baylón comenzó a publicar encargos y fotografías propias en algunas de las revistas más importantes del kiosco como La Luna y Ajoblanco, a las que seguirían en años posteriores cabeceras como El Europeo o el Magazine de El Mundo, donde ilustraba textos de Francisco Umbral.

Sin embargo, no será con una cámara Canon, sino con una Rolleiflex de 6×6 que le regaló su padre, con la que Baylón comenzará a desarrollar su enorme talento como artista. Según él mismo relataba, el mundo se veía diferente a través de una cámara de 35mm y formato rectangular que a través de una cámara de formato cuadrado. Además, como la Rolleiflex tiene dos objetivos, uno para enfocar y otro para disparar, el fotógrafo no queda cegado en el instante decisivo en que se cierra el obturador. Una ventaja innegable a la que Baylón añadía otra más que hacía de la Rolleiflex una máquina imbatible: mientras que las cámaras convencionales hay que ponérselas ante la cara en una actitud que recuerda al cazador apuntando a su presa, “la Rolleiflex es una cámara respetuosa porque tienes que agachar la cabeza para disparar”, decía.

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De hecho, respeto es la palabra con la que se puede calificar la obra de Luis Baylón. Pícaro, risueño, guapo, coqueto, ataviado siempre con su característico bigote y haciendo gala de un desparpajo inspirado posiblemente por el Rey Mono, su personaje literario favorito, el fotógrafo recorría las calles retratando “pares de dos”, escaparates, grafitis o gatos, fueran estos habitantes anónimos de la ciudad en la que nació o los animales a los que adoraba y a los que, gracias a su cámara, convirtió en historia de la fotografía española. Más respeto, imposible.

La vida en blanco y negro

Contaba Baylón que, en alguna ocasión, había olvidado su Rolleiflex en un bar. Al regresar a por ella, el camarero, curioso, le preguntaba si esa máquina tan antigua sacaba fotografías en color. Aunque nada impedía que las sacase, la cámara de Baylón no hacía fotos en color por decisión de su propietario. “No hago color porque el resultado que consigo con las películas que existen en el mercado no se parece en nada a los colores que yo veo. Para mí, el blanco y negro se acerca a la realidad que percibo mucho más de lo que lo hacen las películas de color“, reflexionaba el fotógrafo, que mantuvo su criterio incluso en trabajos como los realizados en entornos tan coloristas como la ciudad de Pekín o el festival Maha Kumbha Mela de Allahabad, sus dos últimos grandes proyectos de 2012 y 2013 respectivamente.

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Ese empeño entroncaba también con su conocimiento del revelado. Durante los primeros años como profesional, Baylón compaginó su trabajo personal como autor con el del laboratorista para otros fotógrafos. Aunque con el tiempo dejaría de trabajar para terceros, la experiencia adquirida y su perfeccionismo hizo que nunca dejase de revelar y positivar sus propias fotos, siempre fiel al blanco y negro. Y fue también esa circunstancia la que hizo que no quisiera sumarse a la revolución de la fotografía digital porque, como contaba, necesitaba tiempo para ver las fotos, las cuales prefería descubrir sin prisa, no en una pantalla de ordenador, sino a través de la magia del laboratorio.

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“A pesar de lo triste de la pérdida, hemos podido disfrutar de él y siempre nos quedará lo mucho que nos hemos reído juntos”, recordaba este lunes Nacho Hernando, fotógrafo y amigo de Baylón que ha estado en contacto con él hasta el último momento. Afable y generoso con aquellos a los que quería, y desabrido y mordaz con quien tal vez no debía para la promoción de su carrera, Baylón compartió su forma de ver la vida y la fotografía en charlas de bar, inauguraciones, talleres, sus clases en la Facultad de Bellas Artes de Cuenca o sus libros, muchos de los cuales son ya clásicos de esta disciplina. Títulos como Tarde de toros, Autogarabato, Guirigato o Benarés, este último fruto de un encargo del Museo Das Peregrinacións de Santiago de Compostela, institución que se sumaba así a otros organismos públicos y privados que, a través de becas, encargos y premios, facilitaron la carrera artística de Baylón al que, si algo le ha faltado, no han sido méritos, sino tiempo, para obtener el Premio Nacional de Fotografía.

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