Novela negra | ‘El nombre de la rosa’, de Umberto Eco: litros de sangre y erudición en la abadía del crimen



“Escribí una novela porque tuve ganas. Creo que es una razón suficiente para ponerse a contar. El hombre es por naturaleza un animal fabulador. Empecé a escribir en marzo de 1978, impulsado por una idea seminal. Tenía ganas de envenenar a un monje”, aclaraba Umberto Eco, en Apostillas a El nombre de la rosa“. Las publicó en 1985, cinco años después de que su debut en la ficción, una referencial novela policiaca histórica para la que barajó el título de La abadía del crimen, empezara un incontestable recorrido de éxito. Premiada con el Strega y el Medicis, es hoy obra fundamental de la literatura del siglo XX y un long-seller con 60 millones de ejemplares vendidos en 50 idiomas.

Umberto Eco (1932-2016), respetado semiólogo, filósofo, humanista y ensayista italiano, ambientó El nombre de la rosa en el siglo XIV, durante siete días de 1327, en una abadía benedictina en las montañas del norte de Italia, inspirada arquitectónicamente en la Sacra di San Michele, en la que se suceden las misteriosas y violentas muertes de monjes, en un ambiente impregnado de herejía y de la sangre vertida por la Inquisición. “Hizo historia con su thriller medieval. Su libro es un alegato contra el oscurantismo en forma de novela policiaca monástica”, resumía el novelista Pierre Lemaitre en su Diccionario apasionado de la novela negra.

A ese escenario, que Eco eligió por ser un “sitio cerrado, un universo concentracionario”, llega un personaje que ejerce de detective accidental. Lo necesitaba, señaló, “dotado de un gran sentido de la observación y una sensibilidad especial para la interpretación de los indicios. Cualidades que sólo se encontraban dentro del ámbito franciscano”. Y creó al fraile de origen inglés Guillermo de Baskerville, una suerte de Sherlock Holmes medieval (a través de cuyo nombre el escritor evoca El perro de los Baskerville, la aventura más famosa del detective creado por Arthur Conan Doyle). Incluso se parecen en la descripción: “Su altura era superior a la de un hombre normal y, como era muy enjuto, parecía aún más alto. Su mirada era aguda y penetrante; la nariz afilada y un poco aguileña infundía a su rostro una expresión vigilante”. 

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Sin embargo, su aspecto en la novela difería del rostro de cine al que quedó para siempre unido, encarnado por Sean Connery en la versión de 1986 de Jean-Jacques Annaud, un filme con excelente acogida pero que sabía a poco ante la magnitud del libro.

Encandiló a los lectores con “latín, y pocas mujeres, y montones de teología, y litros de sangre”

A punto estuvo Eco de dejar que el detective fuese el personaje real del franciscano Guillermo de Ockham, pero renunció: le inspiraba “antipatía”. Pero sí reflejó las luchas entre órdenes religiosas en torno a la pobreza o la opulencia y posesión de bienes por parte de la Iglesia, tema que se debate en la abadía. Y le enfrentó al odio del temible inquisidor real Bernardo Gui. 

Junto a Connery, un jovencísimo Christian Slater en el papel del Watson que acompaña a Guillermo de Baskerville, el novicio benedictino Adso de Melk, que vivirá esa semana su iniciación sexual, y al que le transfiere, admite el escritor, muchos de sus “terrores de adolescente y sus palpitaciones de amor”, pero también sus terrores “ante las lenguas desconocidas, ante las dificultades del pensamiento, ante los misterios de la vida política”. 

Adso es el narrador, quien en un manuscrito “cuenta a los 80 años algo que vio a los 18”. “Registra todos los acontecimientos con la fidelidad fotográfica de un adolescente, pero no los entiende”, señala Eco, que con esa fórmula logra que “los lectores corrientes se identifiquen con la inocencia del narrador y se sientan justificados aunque a veces no lo entiendan todo”. Es una pieza clave en el éxito de El nombre de la rosa, donde el autor de Apocalípticos e integrados fusionó de forma magistral la cultura popular y la erudita entre las que siempre tendió puentes. Así llegó a todo el espectro de lectores, vertiendo hábilmente entre crimen y crimen un dechado de exigentes expresiones en latín y cultas citas y referentes teológicos, filosóficos o literarios, de Wittgenstein a Victor Hugo o a La biblioteca de Babel, de Jorge Luis Borges, al que evoca a través del temido personaje de Jorge de Burgos, monje ciego que guarda con celo la famosa y laberíntica biblioteca de la abadía. 

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“Quería que el lector se divirtiese. Al menos tanto como me estaba divirtiendo yo”, escribió. De ahí la elección de una novela policiaca, “el más metafísico y filosófico de los modelos de intriga”, porque “en el fondo, la pregunta fundamental de la filosofía (igual que la del psicoanálisis) coincide con la de la novela policíaca: ¿quién es el culpable?”. El autor de El cementerio de Praga buscaba a un lector “cómplice”, que entrase en su juego tras ser “capaz de superar el escollo penitencial de las 100 primeras páginas”. No se trataba de darle al público lo que pedía sino de “revelarle lo que debería querer, aunque no lo sepa”. Y le dio, y le encandiló, con “latín, y pocas mujeres, y montones de teología, y litros de sangre”

No se trataba de darle al público lo que pedía sino de “revelarle lo que debería querer, aunque no lo sepa”

Umberto Eco

Desde que preparó su tesis doctoral sobre Santo Tomás de Aquino, Eco era gran conocedor del Medioevo, su “imaginario cotidiano”. Y decidió contarlo “por boca de un cronista de la época [Adso]”, porque él mismo era un “narrador principiante”, reconoce en las Apostillas. Rebuscó entre sus “archivos de medievalista en hibernación” acumulados desde 1952 para desplegar su saber sobre la estética, el arte y la arquitectura (hasta calculó los peldaños de una escalera de caracol para establecer el tiempo de los diálogos de los personajes que transitan por la abadía), la producción de pergaminos o la de vino y aceite de oliva o la matanza del cerdo… Pero dejó de escribir durante un año, porque antes debía “construirse un mundo lo más amueblado posible, hasta los últimos detalles”. Luego, “las palabras vendrán casi por sí solas. ‘Rem tene, verba sequentur'”

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