Museo Picasso Málaga: dos décadas del museo que nos movió a creer



¿Se acuerdan de la lucha por la Capitalidad Cultural Europea 2016? Sí, aquella en la que, en 2010, caímos sorpresivamente en primera ronda. Hoy, para bastantes (por ejemplo, el Observatorio Cultural de la Fundación Contemporánea), Málaga es la tercera ciudad europea “en calidad e innovación” de sus propuestas culturales. En realidad, muchos opinan que nuestra urbe se hizo con su propia capitalidad cultural hace 20 años, el 27 de octubre de 2003, con la inauguración del Museo Picasso Málaga. Toca celebrar, por tanto, la operación cultural más importante, ambiciosa y decisiva de Málaga (quizás de la autonomía, por qué no), la que instaló firmemente los cimientos (junto al Festival de Málaga) de ese lifting cultural con el que la ciudad se ha presentado, remozada, más moderna, honda y dinámica, ante su país y el mundo.

Los que disfrutaron entonces de la inauguración del Palacio de Buenavista como el “museo de la familia” (recordemos que su principal impulsora, en cuanto al stock de obras donadas, cedidas y prestadas fue Christine Ruiz-Picasso, nuera del genio) siempre se acordarán de, al menos, tres cosas: que aquel día llovía a cántaros, que Jeremy Irons vino en moto (con el artista Thomas Krens), que se reunieron más de treinta familiares del artista (faltó Marina, su heredera más díscola) y que don Juan Carlos y doña Sofía, entonces reyes reyes, arribaron en el Juan Sebastián Elcano. Ya, son cuatro cosas, pero es que hablar del Museo Picasso Málaga, tan potente, rotundo y desafiante, siempre conlleva salirse de los márgenes. Porque, por ejemplo, aquella inauguración fue a lo grande: pasacalles de Els Comediants, concierto de Enrique Morente (más encargo de una aventura picassiana que cristalizaría en un álbum), corrida de toros para los invitados con Javier Conde, Morante de la Puebla y Finito de Córdoba… Jamás se había visto algo así en una ciudad casi siempre atenazada por sus complejos en materia cultural.

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Su tierra

Pablo Picasso pisó Málaga, su tierra, por última vez en 1901. Veinticuatro años después, artista maduro, reverenciado y millonario pero en plena crisis creativa y personal, escribió: “Y dime si además podré coger un día los dedos que el sol pasará a través de la persiana por la mañana, al despertar cerca del mar Mediterráneo, y el olor del café y el pan tostado, que, aunque vengo de lejos, soy niño y tengo ganas de comer y de nadar en agua salada”. Fast forward al año 1992: el 10 de octubre, el genio malagueño Pablo Picasso regresó a su ciudad, de una manera simbólica, gracias a la exposición Picasso Clásico, más de un centenar de obras selectas de la etapa clasicista del artista y que fueron prestadas por museos y coleccionistas mundiales. Esos mismos días, la Casa Natal recibió una inesperada visita que cambiaría la historia de la ciudad: una mujer que había visitado la muestra aparcó su coche en la Plaza de la Merced y avisó a los responsables de la Fundación Picasso de que en su maletero tenía algo que podría interesarles: diez libros con ilustraciones de Picasso fechadas entre 1947 y 1960. La mujer era Christine Ruiz-Picasso y quería que esos volúmenes de quien fuera su suegro estuvieran en su ciudad. Y ahí empezó a nacer el Museo Picasso Málaga.

Al final, fueron muchas más piezas, claro: ella donó 14 pinturas, nueve esculturas, 44 dibujos individuales, un libro de bocetos con más de 36 dibujos, 58 grabados y nueve piezas de cerámica; su hijo, Bernard Ruiz-Picasso, nieto, donó otras cinco pinturas, dos dibujos, diez grabados y cinco piezas cerámicas. En total, 155 picassos. Ni el más optimista e iluso gestor cultural podría haberlo imaginado no demasiado tiempo antes.

Hoy, 20 años después de que abriera sus puertas el Palacio de Buenavista, la pinacoteca ha despachado nueve millones de tickets de entrada, siendo, desde su inauguración, el museo más visitado de Andalucía. Quedan en el recuerdo sus casi todas brillantísimas exposiciones, con un particular greatest hits compuesto por las deslumbrantes Los Picassos de Antibes (2006), Más allá de la pintura. Max Ernst (2008-2009), Kippenberger miró a Picasso (2011), Alberto Giacometti. Una retrospectiva (2011-2012), El factor grotesco (2012-2013), Warhol. El arte mecánico (2018), Bacon, Freud y la Escuela de Londres (2017) y Louise Bourgeois. He estado en el infierno y he vuelto (2015), entre muchas otras. Sólo repasar los títulos de estos hitos produce cierto vértigo en cualquier aficionado más o menos avezado.

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Empeño

Convertir el Palacio de Buenavista no fue fácil, y requirió del empeño de expertos internacionales de primera magnitud (el primero, el arquitecto Richard Gluckman), capitaneados por, atención, un triunvirato femenino, algo no demasiado habitual hace dos décadas (lamentablemente todavía tampoco, pero se está andando ese camino): Carmen Calvo, entonces consejera de Cultura de la Junta; Rosa Torres, su delegada en la provincia y la conservadora Carmen Giménez, primera directora del Museo Picasso.

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Pero aquella génesis sólo fue el primero de los desafíos a los que se ha ido enfrentando la pinacoteca. Uno de ellos, quizás no todos en Málaga sintieron como propio el centro cultural: el museo ha tenido que superar el sambenito de ser un recinto fino, quizás demasiado frío y alejado de la ciudad en la que estaba enclavado (como suele ocurrir con estas cosas, los aires de superioridad que le adjudicábamos tenían más que ver con nuestros complejos de inferioridad que con otra cosa), pensado exclusivamente para turistas. En realidad, era normal que muchos sintieran eso: acostumbrados como estábamos a esfuerzos culturales más bien intuitivos, con esa irregularidad, inconstancia e improvisación tan propias de nuestro carácter, la pinacoteca del Palacio de Buenavista suponía el salto cualitativo que necesitaba esta ciudad, el golpe en la mesa en busca de la ambición y la excelencia, de la calidad por encima de todo. Hoy, 20 años después de su inauguración, pareciera que el Museo Picasso Málaga hubiera existido desde siempre, que hubiese formado parte desde hace décadas del skyline sentimental de los malagueños. Quizás ése sea el mayor éxito de todos los cosechados a lo largo y ancho de estas dos décadas de exposiciones, talleres, conferencias, ediciones, conciertos y todo tipo de actividades: darnos cuenta de que con el Museo Picasso Málaga la ciudad y los ciudadanos somos mucho mejores que antes.

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Trabajadores: el reverso de la fiesta

Hasta ahora, la pinacoteca había ofrecido una imagen al exterior de isla cultural exquisita en pleno Centro Histórico de la ciudad, aparentemente ajena a los vaivenes y oscuridades de la vida de día a día por las cifras de éxito de taquilla y las suculentas ayudas económicas de la Junta de Andalucía. Pero el aniversario del Palacio de Buenavista tiene un reverso no previsto que está dando algún que otro quebradero de cabeza: los trabajadores llevan meses exigiendo una mejora en sus condiciones laborales a través de paros, huelgas y acciones públicas con rotundos eslóganes (“Museo de lujo, trabajadores de saldo”). Aseguran los empleados del MPM que perciben unos 10.000 euros anuales menos que sus colegas mejor retribuidos de centros artísticos similares; tampoco, argumenta, reciben pluses ni trienios ni facilidades a la hora de la conciliación. Desde la gerencia se habla de que el comité de empresa comete “falsedades e inexactitudes” cuando, por ejemplo, sentencia que los trabajadores sufren una pérdida de poder adquisitivo del 25 por ciento. En cualquier caso, la solución, avisa, no llegará “por la vía de la confrontación”.

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