MUERTE DE SISSI | El terrorista y la emperatriz



En septiembre de 1898 la emperatriz de Austria-Hungría Elisabeth Aurelia Eugenia de Wittelsbach, duquesa de Baviera, conocida como Sissi, ya no ostentaba la belleza que nos han legado sus retratos ni el encanto de las películas protagonizadas por Rommy Schneider y Ava Gardner. El 10 de ese mes, el día que la mataron, era una mujer de una delgadez anoréxica, envejecida por los años y afectada por trágicos sucesos, como la muerte de su hermana en un incendio, la de su hija Sofía víctima de unas fiebres extrañas y sobre todo el misterioso suicidio en 1889 de su hijo más querido, el archiduque Rodolfo.

Tenía una salud precaria a causa de la tuberculosis, agravada por las preocupaciones derivadas de los problemas que enfrentaba el convulso imperio regido por su esposo, el káiser Francisco José I, un imperio que la misma Sissi consideraba opresor, despótico y autoritario, y alrededor del cual comenzaban a cernirse amenazas de anarquistas, terroristas y nihilistas, por quienes la emperatriz sentía una cierta simpatía (puso de nombre Nihilista a su caballo preferido). Sissi era además feminista, antimilitarista, defensora de la clase obrera y partidaria del sufragio femenino, condiciones que expresaba con frecuencia en sus poesías, una afición que practicó en su adolescencia y que retomó durante los últimos años de vida, y que contienen también una crítica a la sociedad vienesa de la época y a las corrupciones de la corte. Dejó instrucciones para que estos poemas no vieran la luz hasta 60 años después de 1890, por lo que no se publicaron hasta muy avanzado el siglo XX. Sabía que la sociedad de su tiempo no iba a entender su poesía y además temía que los escritos desaparecieran, como ocurrió con los de su hijo Rodolfo.

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El atentado

Aquel día, el 10 de septiembre de 1898, después de comer, salió del hotel Beau Rivage, de Prègny, a orillas del lago Lemán, junto a su dama de compañía, la condesa Irma Sztàray, para embarcarse en el vapor Ginebra rumbo a Territer y desde allí seguir camino a Montreux. A pesar de las advertencias del emperador, Sissi iba sin escolta.

Apoyado en una de las barandillas del embarcadero, muy concurrido a aquellas horas, esperaba Luigi Lucheni. Cuando las dos mujeres llegaron a su altura, después de cerciorarse de cuál de ellas era Sissi, el terrorista se acercó por la espalda y hundió un fino estilete de 14 centímetros por debajo de la clavícula izquierda de la emperatriz con la intención de alcanzarle el corazón. Sissi cayó desplomada y se golpeó la cabeza contra el suelo, aunque su sombrero amortiguó el golpe. Se levantó al instante, incluso trató de tranquilizar a la gente que la rodeaba interesándose por su estado. Creía que el pequeño dolor de su espalda se debía al golpe causado por la caída sobre el empedrado del embarcadero; ni siquiera había visto al hombre que la apuñaló. Aún tuvo fuerzas para caminar hasta el barco y subir la escalerilla pero una vez en cubierta sintió un extraño cansancio y se desmayó. El vapor ya había iniciado su marcha cuando al conocer la identidad de Sissi el capitán decidió volver a puerto y las dos mujeres fueron devueltas al hotel. Ya en la habitación, Sissi se acostó en el lecho y al poco tiempo dejó de respirar. Había muerto. El estilete de Luigi Lucheni había desgarrado un pulmón y alcanzado el ventrículo izquierdo del corazón de la emperatriz. Murió al mismo tiempo que el terrorista se entregaba a los agentes de la localidad y se declaraba autor único del atentado. En una carta al periódico Don Marzio de Nápoles culpaba de su crimen a la sociedad que oprimía a las clases trabajadoras. Lucheni había proyectado atentar contra Felipe de Orleáns, pretendiente al trono francés, pero cambió sus planes al haberse cancelado la visita del príncipe y enterarse de la presencia de Sissi en Prègny.

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El terrorista ilustrado

La madre de Luigi Lucheni lo había depositado en un hospicio nada más dar a luz en París, a donde había viajado desde Parma para ocultar su embarazo, tras ser violada por el terrateniente para el que trabajaba. Adoptado en Italia por una familia sin recursos, durante su infancia Lucheni trabajó en las calles recogiendo excrementos para estiércol, como lazarillo de un mendigo ciego y al servicio del párroco del pueblo, el arcipreste Giuseppe Venusti, a cambio de un mendrugo diario de pan negro y una litera para dormir cuatro horas en un establo infestado de pulgas y ratas. Cuando cumplió 12 años mejoró su posición al servir como mozo de granja de Ángelo Savi, en Rubiano, pero al no vislumbrar un futuro mejor, a los 14 años se escapó a Génova, donde trabajó en la instalación de las vías férreas. Cuando cumplió 21 años hizo el servicio militar en un regimiento de Caballería, con el que participó en la campaña de Abisinia, y a su término entró durante unos meses como criado del príncipe Raniero d’Aragona. En 1898 viajó a Suiza en busca de mejores horizontes laborales. Los encontró en Ginebra junto a camaradas anarquistas, compatriotas italianos. La fiebre del anarquismo le inoculó la utopía de la salvación de la humanidad por medio del terrorismo regicida y en un momento determinado sus camaradas le animaron a “hacer algo grande”.

Lucheni pidió ser juzgado en Lucerna porque consideraba que la pena de muerte por guillotina, vigente en aquella ciudad, sería el broche de oro para una vida como la suya, pero el tribunal que lo juzgó en Ginebra lo condenó a cadena perpetua. Dicen que cuando el juez leyó la sentencia Lucheni se conmovió al conocer los valores de la emperatriz y enterarse de que la vida de Sissi no era lo feliz que él se había imaginado.

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Aunque quienes lo conocieron sabían de su afición a los libros, en la cárcel se refugió en la lectura, sobre todo de los textos de Rousseau y de Voltaire, y escribió en francés su autobiografía Historia de un niño abandonado a finales del siglo XIX contada por él mismo, uno de los libros más tristes jamás escritos, en el que agradecía al estilete con el que mató a la emperatriz haberle permitido ser alguien en la vida. Pero los cuadernos en los que había escrito su historia con tanta dedicación durante 12 años desaparecieron misteriosamente de su celda. Desesperado, se ahorcó utilizando su propio cinturón.

A los pocos meses de la muerte de Lucheni una mujer vendió a un anticuario italiano los cinco cuadernos en los que había escrito aquellas memorias. Era la hija del guardián de la prisión de Ginebra en la que Lucheni cumplía condena.

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