Miguel Rellán: “Cuando me dan un premio siempre pienso: ha vuelto a colar”



Miguel Rellán es un histórico de la interpretación en España, tanto en la gran pantalla (El crack, Amanece que no es poco), la televisión (Compañeros) y su pasión por el teatro. Esta última le lleva a Málaga, donde hoy se sube a las tablas del Teatro Cervantes con la obra Retorno al hogar y también para recoger el Premio Málaga de Teatro del Festival de Teatro de Málaga.

P. Hace poco recibió la Biznaga Ciudad Paraíso y el Premio Málaga de Teatro 2023, ahora vuelve a Málaga con Retorno al hogar, pero antes le tengo que preguntar, ¿qué hace uno con tantos premios?

R. Tengo demasiados, los tengo entre los libros, algunos más grandes están en el trastero… En general los coloco donde puedo. Estoy abrumado, muchos actores tenemos el síndrome del impostor. Si un piloto levanta un avión, lo ha levantado, nadie puede discutir. Si un cirujano opera a un tío que se iba a quedar cojo y sale andando, ya está. Si tú o yo saltamos dos metros cuarenta, lo hemos saltado, son matemáticas. Yo puedo salir a escena contento, con dirección, con concentración y un actor me puede decir: “Pues a mi me ha dejado frío”. Estamos sujetos a la subjetividad. Paul Newman corría en coches por dos razones, porque le gustaba la velocidad y porque es la única forma de saber que soy el primero o el segundo. Todo este rollo lo digo a propósito de que cuando me aplauden, tengo una buena crítica o me dan un premio siempre tiendo a pensar: “Ha vuelto a colar”. En los últimos tiempos me están dando tantos premios a toda una carrera o una trayectoria, que soy un referente o cualquier otra cosa, digo: “Voy a hacer autocrítica, no me lo voy a creer, pero tampoco me voy a flagelar, a lo mejor es que no lo hago tan mal”.

P. ¿Le cuesta aceptarlo, no?

R. Sí, hay algo que envidio a ciertos actores a los que de pronto le dan un premio y hacen una fiesta con 100 invitados. Me gustaría poder disfrutarlo así, pero por otra parte me parece una soberana estupidez, para creérselo no hace falta ser idiota, yo agradezco el homenaje y me voy yendo despacito, a ver si la próxima vez lo hago bien. Albert Camus, el escritor y filósofo francés decía que si te dedicas a una disciplina artística y aguantas años, tarde o temprano te dan un premio, lo difícil es merecérselo. Pero me lo han dado y estoy muy contento, encantado de la vida.

P. ¿Le gusta el mar?

R. Muchísimo, yo nací en Marruecos, lo único que sé hacer bien es nadar, ahí sí que me pueden dar premios. Aprendí a nadar antes que a andar, a mí me tiras al agua y yo tengo branquias. Soy un pez, soy capaz de bucear a no sé cuantos metros y todavía, aunque de joven era una bestia. El mar es mi elemento, mejor que en tierra firme.

P. Entonces, ¿cómo ve Málaga últimamente?

R. Está dando en los últimos tiempos un cambio espectacular, los malagueños lo estaréis notando, claro. Hasta tal punto que la productora [de la obra de Retorno al hogar], pese a hacerlo con anticipación, no ha podido encontrar hotel en Málaga, nos vamos a vivir a Torremolinos. Málaga se va a convertir en la capital del reino. Llevo 20 años pateándome España con las giras de teatro y en general ha dado un cambio espectacular, me refiero simplemente en la cuestión estética. Unas ciudades preciosas, cuidadas, con unos parques estupendos. Aunque siempre hay excepciones. Ayer pasé por la Puerta del Sol de Madrid y es un horror lo que han hecho, esto pasa en muchas plazas. Es un desierto de granito inmenso con tres farolas, ¿Eso por qué? Ni un árbol, ni un asiento, ¿qué ha pasado con las plazas donde se sentaban los abuelos en los bancos a la sombra para charlar? Es un horrorbastante generalizado.

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P. ¿Y Málaga está yendo por el mismo camino?

R. Málaga ha sido bonita desde siempre, pero ahora se ha puesto en el mapa con mayúscula, cada día más. Por algo será, los gestores o los ciudadanos tienen que estar trabajando en ello. Por ejemplo, ahora que no me oyen, ¿qué pasa en otras ciudades de Andalucía y de España? Hay algunas a las que los que hacemos teatro no vamos nunca porque los concejales de cultura se dedican a ver si hacen la tortilla de gambas más grande para batir el récord Guinness.

P. Málaga otra cosa no, pero cultura…

R. Claro, eso depende de los gestores. En muchos otros sitios que no son capitales de provincia funciona. Mira Avilés, José Antonio Ripoll y sus colaboradores han creado una afición al teatro descomunal, viene Kevin Spacey a España y va a Avilés, no va a Madrid. Las funciones de teatro antes de estrenarse en cualquier otro lado lo hacen en Avilés. Ya es una especie de tradición, las funciones que merecen la pena se estrenan en Avilés.

P. Es algo así como la ciudad española del teatro.

R. Porque hay afición, ¿por qué en todo el país valenciano casi todo el mundo sabe tocar un instrumento de viento? ¿Por qué tocan en bandas? Pues porque sus abuelos y sus tatarabuelos tocaban el saxofón, está inventado todo. Y en Inglaterra la gente se sabe a Shakespeare de memoria, es cuestión de herencia cultural. Aquí sabemos quién es Messi y quién es Ronaldo.

Cualquier persona que se dedique a la creación, lo lógico, para no hablar de izquierdas, es que tenga una mente abierta, progresista

P. Hablando de gestores y de políticas, usted es bastante abierto con su orientación política mientras que en el gremio es habitual que se oculten…

R. No estoy de acuerdo, que no se saque una pancarta como hace Willy Toledo es una cosa, pero generalmente no es así. Cualquier persona que se dedique a la creación, lo lógico, para no hablar de izquierdas, es que tenga una mente abierta, progresista. Porque si no te quedas en el conservadurismo y, si eres pintor, acabas haciendo retratos de las señoras de la alta sociedad con el cuello estirado. Antes se hacían películas retrógradas, pero ahora ya ni eso; para dedicarte a cualquier cosa creativa, si no de izquierdas, tienes que tener el coco y el corazón abierto. Si no, ¿qué vas a hacer, volver a escribir Los cipreses creen en Dios? En mi caso, no es que lo vaya pregonando, pero no me oculto. Pero hay que matizar, la izquierda es un cajón de sastre. Si dices que eres de izquierdas empiezan a atribuirte otras cosas. “Ah, que eres de izquierdas, en vista de lo cual estás de acuerdo con esto y con lo otro”. Yo digo: “Tú eres católico, ¿no? Visto lo cual, estás de acuerdo con la pederastia”. No, hombre, no.

P. Lo general por lo particular…

R. Yo por ser de izquierdas no tengo por qué estar de acuerdo con Stalin, no estoy de acuerdo con ninguna dictadura, al menos en mi caso. Ningún ser humano puede obligar a otro a hacer algo que no quiere, ese es el principio para ser de izquierdas. Ni en el nombre de Lenin ni en el de la Virgen María. Ni Franco ni Fidel Castro. Yo tengo la impresión de que ahora cada día se piensa menos, de que todo es visceral. Por ejemplo, en el lenguaje, empezando por los periodistas, ¿no hay nadie que pare esa estupidez de cita previa? ¿Es que hay una cita que no sea previa? ¿Estamos tontos o qué? En el médico, en los juzgados, naturalmente que es previa la cita. O catástrofe humanitaria… ¿Cómo va a ser una catástrofe beneficiosa para el ser humano? O es bueno o es malo. Ahora estoy leyendo muchas cosas como “Pedro Sánchez se llevo una sorpresa inesperada”. Naturalmente, imbécil, las sorpresas son inesperadas. Nadie piensa, cada día hay más idiotas. Pero lo que acabo de decir es una gran generalización, hay que tener esperanza en el ser humano.

P. Llevándolo a su campo, ¿cree que el público que va al teatro o a las salas del cine está mal acostumbrado?

R. Siempre ha sido así, la inmensa mayoría de la gente tiende a la ley del mínimo esfuerzo, pero por biología. Si le puedes pegar una patada al manzano, no trepas, trepa el curioso. En cuestiones de cultura o de arte, es mucho más fácil La Macarena de Los Del Río que las Variaciones Goldberg de Bach, que necesitan un aprendizaje. La Macarena te entra a la primera, lo otro no. Pero eso es así ahora, lo ha sido en el Renacimiento y ha sido así siempre. Estamos dispuestos a tragarnos lo que sea, acabaron las protestas, acabó la pandemia y fuimos a las terrazas porque empieza La Liga.

P. ¿Usted se encuentra en una minoría más selectiva?

R. No más selectivo porque eso suena a élite; lo que soy, de entrada, es crítico. Primero, como he dicho antes, conmigo mismo, yo intento que no me la cuelen. Ahora con las elecciones y las promesas, por ejemplo, con los populistas… Los populistas son los que dan soluciones fáciles a problemas complejos, los Trump. Sí, los solucionan de mala manera, los problemas que tiene el mundo son muy complicados. Yo discuto con familiares de derechas que es muy fácil inhibirse, por ejemplo, respecto al hambre en el mundo. Es muy fácil inhibirse y decir que eso no tiene solución, que siempre habrá ricos y pobres y que es muy complicado porque los países de África tal y cual. Claro, solucionar es más complicado que inhibirse, pero eso es lo que hay que intentar.

P. Volvemos a la ley del mínimo esfuerzo.

R. Claro, pero es que el mundo es capitalista, lo que manda es el dinero, más claro que el caldo de un asilo. Hace unos años un príncipe heredero de uno de los países más ricos del mundo [se refiere a Arabia Saudí], mandó a matar a un periodista, Jamal Khashoggi y no ha pasado nada. Cuando venga a España dirá que no quiere vino en la mesa y no le dará la mano a la reina, que es una mujer y, por lo tanto, será impura. ¿Tenemos alguna posibilidad tú o yo de enterarnos de algo? Es curioso porque la guerra la gana la derecha, el capitalismo, pero las batallas las gana la izquierda. Usted es joven, pero hace unos años ya el gobierno de Felipe González iba a poner en marcha la ley del divorcio y bueno, la que se lió… Los obispos oponiéndose y luego fueron los primeros. No ha pasado nada, lo mismo con la ley del matrimonio homosexual, no ha pasado nada. No son batallas de izquierda, son batallas de la vida normal. Es normal la eutanasia, mi madre, que murió con 99 años y con una agonía terrible, ¿por qué no le iban a poner la inyección? Me miraba con unos ojos que voy a ver toda mi puñetera vida mientras me pedía que le pusieran la inyección. ¿Por qué? Es de sentido común, coño, son cosas que pasan por encima de todo. Esas batallas, que al parecer son de la izquierda, no sé por qué, se han ganado todas. El salario mínimo no se podía subir. Tampoco se puede poner un techo a los sueldos millonarios, ah, pero por abajo sí, son unos graciosos. ¿Se nota que soy de izquierdas? Bueno, pues hay más, hay que pagar impuestos para que haya educación y sanidad gratuita para todos, los que tienen más que paguen más. Quiero que todo el mundo tenga la misma línea de salida, luego que cada cual avance más o menos dependiendo de sus capacidades. Si eso es ser de izquierdas o ser comunista, pues lo seré.

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P. ¿La falta de interés por la política es generacional?

R. No soy sociólogo, pero es evidente que los políticos han conseguido que no nos interesemos demasiado por la política o que nos interesemos de manera superficial, visceral. No se vota por los programas o los candidatos, se vota porque se está en contra de Podemos o porque se está en contra de Vox. Los programas no se leen y como ellos lo saben, no los cumplen. En la izquierda pasa como con los católicos: están apuntados. Ser de izquierdas es ser coherente a la hora de votar y en la vida, a diario, todos los días. Lo mismo con los católicos, los diez mandamientos no los respeta ni Dios, ¿por qué dicen que son católicos? Yo he oído a gente católica cuyos hijos han abortado decir: “No, es que mi niña ha tenido un descuido, es una niña estupenda, no como las guarras estas que están abortando todos los días”.

Si no te manifiestas en contra de injusticias es que estás de acuerdo con ellas

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P. ¿Es el arte político?

R. Siempre, todo es política. Decía Jean-Paul Sartre que un hombre se define políticamente poniéndose una corbata. En la Grecia antigua los que no se preocupaban por la política eran, y de ahí ha derivado el significado de la palabra, los idiotas. La gente que dice que ellos no entran en política están de acuerdo con el status, si no te manifiestas en contra de injusticias es que estás de acuerdo con ellas. En el teatro o cine hay de todo, desde panfletos, que a mi me parecen un horror, películas románticas, de miedo… El arte siempre ha sido una tribuna política, por eso cuando entra un dictador lo prohíbe. Porque es un púlpito laico donde se dicen las verdades. ¿Qué vamos a decir en un escenario que te sorprenda? Si en el Parlamento hay de todo. 

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