Mario Vargas Llosa: “Seguiré leyendo y escribiendo hasta que venga la muerte o me vuelva completamente idiota”



El reposo del guerrero podría titularse el retrato que su hija Morgana Vargas Llosa, que es la fotógrafa de la familia, le hizo al autor de La ciudad y los perros cuando éste se hallaba en la costa del norte de Perú buscando materia para su próxima novela, ya terminada, aun sin título definitivo.

En la fotografía es un hombre de su edad, mirando a un lado de la playa, vestido de blanco, como si le asaltaran una duda o una idea, apoyado en el bastón que ahora utiliza, a veces por coquetería o quizá porque lo necesita para andar en sus paseos que ya eran habituales desde su más lejana juventud.

Ahí se ve en la foto, melancólico, o por lo menos pensativo, al premio Nobel en esa fotografía que Morgana le hizo en septiembre del año pasado, cuando aun por su vida personal no habían acaecido los cambios, sentimentales, de ubicación, que tanto dieron que hablar antes de la primavera en la que aún estamos.

Abandonada aquella relación que mantuvo durante ocho años, regresado a su casa del centro de Madrid, alejado por su propia voluntad de los dicterios de una prensa que se hizo amarilla para hablar de lo que no es su literatura, sino su vida privada, Vargas Llosa hizo viajes como aquel que lo llevó a Perú, en busca de elementos novelescos, como hizo otras veces ante obras que requirieron casi siempre el concurso de datos o atmósferas de su país natal.

Ahí se encontró también con sus hijos, con su segunda mujer, Patricia Vargas, con su casa que da a la costa limeña, y en definitiva con un mundo que también resume su importante biblioteca. Asistió feliz a la boda de una nieta, bailó y de eso hubo testimonios que explicaron que está en buena forma, y fue a muchos lugares que le venían bien para este libro que pronto será parte de su amplia bibliografía premiada en 2010 con el Nobel. También fue a París, su otro país tan querido, a ser coronado con un galardón muy especial: desde finales de febrero, cuando iba a cumplir 87 años y entraba en una edad que le ha hecho pensar más que habitualmente con los últimos renglones de la vida, es miembro de la Academia Francesa.

Allí, en Perú, estaban todos sus parientes más próximos, Patricia, los hijos, amigos que vinieron de todas partes, mientras en Madrid amainaba la tormenta mediática que siguió a aquella ruptura de la que ya se ha olvidado hasta la prensa que la puso en pie. Poco después el Instituto Cervantes que dirige el poeta Luis García Montero, su amigo, y su también amigo el nicaragüense, exiliado en España, Sergio Ramírez, le propusieron celebrar en la sede de la citada entidad la salida a las librerías de un libro insólito, El fuego de la imaginación (Alfaguara), recopilación hecha por Carlos Granés de un gran número de sus textos sobre colegas de todos los tiempos, contemporáneos sobre todo, a los que él ha dedicado su atención a lo largo de cerca de setenta años.

Mil páginas de intensa atención. Él dijo sí, interrumpió sus viajes por esos mundos, y por su novela nueva, así que se vino a Madrid a escuchar, ante esa recopilación lograda por uno de sus mejores lectores, el colombiano Granés, a los que elogiaban la figura del autor que más se ocupó de lo ajeno entre los que protagonizaron la cosecha más feraz de la literatura en español: el boom.

Tras esas jornadas (él asistió a la primera, luego se fue con su hijo Álvaro a buscar territorios que quería explorar para huir del ruido que aun lo perseguía a la entrada de su casa en Madrid) nosotros le enviamos un cuestionario sobre muchas de las cosas que el periodista consideró que podrían ser de interés público. Él seguía enfrascado en su novela, no tenía tiempo para entrevistas, y en esos viajes de prospección de vidas que le interesan (la de Gustave Flaubert, por ejemplo), halló un hueco para responder lo que quisimos saber del momento actual de sus convicciones y de la vida que tiene en su pasado de escritor y en su porvenir de ciudadano.

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Son respuestas a un cuestionario, de modo que no hallarán ustedes repreguntas, que a veces en todo caso se hace él mismo. Y son esas consideraciones mezclas a veces de admiración, decepción o melancolía, a veces como la mirada que se vislumbra en esa fotografía, junto al mar, retratado por su hija en una playa de Perú.

En el fuego de la imaginación. Respuestas a un cuestionario.

P. Acaba de protagonizar en España un regreso rabiosamente literario. Venía de Francia, donde recibió el homenaje de la Academia que honra, por ejemplo, a Flaubert. Fue a Perú, adonde están sus raíces y sus pasiones literarias y humanas, y al regreso a España dio por terminada una nueva novela. ¿Todo este vaivén de afectos y de vida con qué ánimo le recibe ahora?

R. Estaré vivo y seguiré leyendo y escribiendo hasta que venga la muerte o me vuelva completamente idiota. Dejo a mis hijos la elección.

Creo que el ensayo es una de las formas más ricas de la literatura y que no hay que justificarlo para nada. ¡Quién ha escrito ensayos como los de Octavio Paz y Jorge Luis Borges!”

P. En este regreso español escritores de América y de España han hablado con enorme admiración hacia usted, entre otras cosas por haber sido tan generoso con ellos, como se recoge en el volumen El fuego de la imaginación. ¿De dónde viene, desde hace tanto tiempo, su voluntad de escribir de otros, consagrados o sin consagrar?

R. Creo que la crítica es una de las armas con que la literatura puede acabar con los fetiches y dejar campo a los que vienen abriéndose camino. Mis aportes han sido, casi siempre, razones de lecturas. Creo que el ensayo es una de las formas más ricas de la literatura y que no hay que justificarlo para nada. ¡Quién ha escrito ensayos como los de Octavio Paz y Jorge Luis Borges! Ellos, y no sólo ellos, han elevado el género hasta ponerlo a la altura de la novela y de la poesía.

P. Uno de los que se refirieron a usted en ese homenaje en el Instituto Cervantes es Sergio Ramírez, que ahora es, en España, un exiliado de Nicaragua. Esta es una realidad de América Latina, a la que se refirió en uno de esos actos de homenaje. ¿Qué sigue pasando en ese territorio que no hay manera de que abandone la costumbre de las dictaduras?

R. El caso de Sergio Ramírez es dramático. En su persona, él y su esposa viven las injusticias que son la prueba mayor de la vida latinoamericana. Parece mentira que Sergio y Tulita vivan en el exilio y tengan que, rozando los 80 años, vivir esa desdeñosa situación. Por lo menos, ellos han recibido múltiples homenajes, muy merecidos por cierto, y la verdad sea dicha: América Latina está llena de exilios y ocultaciones.

P. Usted mismo sufrió dictaduras, desde muy joven, hasta que, en la madurez, un presidente y su esbirro decidieron perseguirle e incluso le privaron del hecho de ser peruano. Y no le dejaron visitar el Leoncio Prado, la cuna de La ciudad y los perros… ¿Qué han supuesto para usted mismo estas agresiones?

R. Las dictaduras han sido la plaga de América Latina. Ellas impidieron que el sueño de Bolívar, la unión de todos los países latinoamericanos, fuera una realidad. Y, además, han contribuido, mejor que nadie, a la desinformación, y han sido el obstáculo mayor para que las alianzas prevalezcan en el continente.

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P. América Latina late de otra manera, decía en el acto de homenaje a su literatura sobre los otros en Madrid. Los populismos, dijo, son la materia que la convierten en un territorio en que no se puede distinguir la libertad. ¿Qué es hoy para usted esa exigencia de libertad? ¿Quién la puede garantizar o defender?

R. La literatura debe denunciar lo que anda mal y buscar la fraternidad por encima de todo. La lucha, en este sentido, es múltiple. Debemos defender la libertad para todas las voces y doctrinas. Porque sin libertad, ya lo sabemos, imperará siempre la barbarie.

P. Y, en este estado de cosas, ¿qué puede hacer la literatura para denunciar o para imponer ideas contra la barbarie?

R. La literatura latinoamericana debe ser polémica. Respetuosa pero polémica, puesto que hay muchas opciones que están en juego. Hay los marxistas que quisieran un régimen esclavista y de una sola doctrina, al que debemos combatir con energía y educación, cosas que no son incompatibles. Y defender la tolerancia, inseparable de la solución democrática.

El Perú va de mal en peor, y ahora está aislado por haber defendido la libertad, en la que no creen sus vecinos”

P. Muchos años viajando de un lado a otro, ¿diluye esa relación con el mundo la pasión primera, los países de los que escribió, las historias que contó? ¿Y las que cuenta ahora siguen teniendo la raíz de aquel Zabalita?

R. El Perú va de mal en peor, y ahora está aislado por haber defendido la libertad, en la que no creen sus vecinos. Da mucho gusto ver que en América Latina el Perú constituye una de las excepciones por negarse a seguir el ejemplo de las dictaduras que ahora nos rodean… Los jóvenes peruanos me inspiran una infinita lástima, sobre todo los que tienen una vocación literaria. Qué difícil apuesta es escribir novelas que no se disputen las editoriales y que deban financiarse a sí mismas. Por eso hay tantos cuentistas en el Perú y muy pocos novelistas. La única manera de crear una diferencia es leyendo cada vez más y escribiendo, y denunciando lo que anda mal y defendiendo el derecho de opinar, sea quien sea la voz que diga sinceramente lo que piensa.

P. Ya es notoria su veteranía, pero, cuando empieza a escribir, cuando aborda una novela, o incluso un artículo, cuando inicia un reportaje o un viaje de inspección sobre lo que ocurre en su país o en otros países, ¿siente vértigo, o la escritura ya es dócil con usted, hace lo que le da la gana?

R. Cuando comienzo una novela o un ensayo, la experiencia no me sirve de nada. Llevo muchos años escribiendo y nada de eso me da una mayor seguridad. Los temores y las inseguridades son los mismos. Y también, desde luego, las ilusiones.

P. La palabra generosidad que se asocia tanto a usted por el abrumador ejemplo de este libro de casi mil páginas en las que trata la obra de los otros, tiene que ver con grandes colegas suyos. ¿De aquellos descubrimientos, de sus primeros años, cuál fue el que más le conmovió, el que mejor representa lo que entonces sintió que eran los que, siendo como usted, de la misma época, iban a explicar mejor la literatura que a usted le interesaba?

R. Uno de los libros que más me sorprendió y sedujo fue Cien años de soledad. Creo que es un libro fuera de serie, del que cualquier literatura debería sentirse orgullosa.

P. Este libro, El fuego de la literatura, también se ha calificado aquí como una explicación de lo que sería en su caso ‘una conciencia de la literatura’. Si esa frase sirve para explicar la enorme cantidad de páginas que ha dedicado a las literaturas ajenas, ¿qué sería para usted verdaderamente lo que la literatura es como conciencia de una época o de un pueblo?

R. Creo sinceramente que la literatura es la garantía de la democracia. La libertad está en los libros, en todos, incluso en aquellos que hablan contra la libertad. Lo que da a un país una elección a favor de ella son los libros. Por ejemplo, en Francia. Acabo de pasar dos semanas en ese país y me ha conmovido que haya tantas librerías y tantos lectores. Francia sigue siendo un ejemplo en ese sentido, y en muchos otros.

P. En sus intervenciones ha puesto énfasis en algunos nombres propios de identidades disímiles, como Borges y Sartre. A Borges lo leía de noche, a Sartre lo leía de día, usted era comunista y Borges no estaba bien visto entre los comunistas. Pero usted fue comprensivo con Sartre. ¿Hay alguna pasión literaria de la que luego haya renegado? Es decir, ¿sus escritores han seguido siendo los suyos?

R. Leía a escondidas a Borges y ahora lo leo a plena luz, sin ninguna vergüenza. Y es también el caso de Sartre, de quien acabo de comprar dos libritos sobre la manera como sentimos las imágenes. No hay ninguna vergüenza en leer todo lo que esté a nuestro alcance porque esa es la verdadera libertad.

P. Cambió de montura, pasó de creer que la revolución cubana, y lo que significaba, que era un ejemplo para el futuro, a buscar en liberales una luz distinta. ¿Qué significado tuvo ese cambio de rumbo y de ideas en su propia literatura?

R. La revolución cubana es una dictadura. Y los cubanos que siguen allí pasan verdaderas calamidades y penurias. ¿Quiere usted mejor prueba de a lo que conduce el socialismo? En estos momentos el único país abiertamente imperialista es Rusia, con sus innobles ataques a Ucrania. Es curioso: el único intento de apropiación que hay en el mundo tiene a Rusia como su principal protagonista.

P. Es ahora el mayor del boom, el superviviente, el que sigue ahí, y tan campante. Sigue siendo, como le dijo su editora Pilar Reyes, “un inmenso lector”. ¿Es esto, el inmenso lector de El fuego de la imaginación, lo que en realidad le ha seguido manteniendo como el narrador que es?

R. Como escritor he tenido mucha suerte. No ha sido el caso de América Latina, por desgracia. Cuando era joven había muchas ilusiones respecto a nuestro continente. Ahora, mirando el panorama, es difícil no ser pesimista. Todo va peor y sería una tontería cegarse al respecto. Es verdad que hay esperanzas, pero cada día parecen más lejanas.

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P. La pasión crítica es un valor que su antólogo, Carlos Granés, destaca sobre el conjunto de la obra ajena a la que usted se ha dedicado. Bajo ese rubro, la crítica, han caído en su caso casi todas las literaturas, europeas, americanas, toda la del mundo… ¿Qué literatura prevalece para usted entre todas las que le hicieron?

R. Carlos Granés es un crítico admirable y todo lo que ha hecho por la literatura latinoamericana es una prueba de ello. No sólo ha unido esos múltiples géneros, sino ha demostrado la inutilidad de las fronteras que nos separan y en las que él ha visto, más bien, un reflejo y una alianza. Y se ha servido de la literatura como el mejor de los ejemplos.

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