Los festivales de teatro crean alianzas para aplacar la inflación y reclaman autonomía frente a los cambios políticos



Hace unos días, el director de Festival Grec de Barcelona, Cesc Casadesús, explicaba que a la hora de diseñar la edición de este año, había notado “mucha precariedad en el sector y, por lo menos en el Estado español, dificultades para encontrar complicidades, para buscar coproducciones, para levantar proyectos. Económicamente hay dificultades y en España no es muy fuerte el terreno cultural. Así que, hasta que consigues levantar un proyecto, hay que ponerse de acuerdo con muchas personas y buscar la forma de hacerlo posible”. Las palabras de Casadesús sugieren un escenario en el que el sector de las artes escénicas aún no ha logrado recuperarse de la crisis provocada por la pandemia, pone sobre la mesa la consolidación de un modelo de festival más colaborativo, enfocado a lograr alianzas y coproducciones, y alerta de las dificultades económicas agravadas por la inflación, que ha elevado los costes en torno a un 30% de media.

Al diagnóstico del director del Grec se suma la incertidumbre que generan en las direcciones de los festivales de titularidad pública los cambios de signo político en numerosas administraciones autonómicas y municipales como consecuencia de las elecciones del pasado 28M, lo que evidencia, una vez más, la dependencia de los proyectos artísticos de los vaivenes políticos. EL PERIÓDICO DE ESPAÑA ha conversado con los principales directores y directoras de festivales de teatro de titularidad pública en España, los de verano y los que cogen el relevo en otoño, para conocer en qué condiciones han sacado adelante sus proyectos y cómo les afecta el resultado de las elecciones.

Inflación + sostenibilidad: toca unirse

La gestora cultural Irene Pardo se estrena este año como directora artística del Festival de Teatro Clásico de Almagro, el primero en abrir la temporada de festivales el próximo 29 de junio con la entrega del Premio Corral de Comedias a la actriz Blanca Portillo. Pardo confirma que “la inflación está impactando directamente sobre los proyectos artísticos y no solo los cachés han aumentado por la subida de costes de gira (hoteles y transporte), también lo ha hecho el precio de las partidas destinadas a las infraestructuras técnicas, en torno a un 40%”. De ahí que la directora reclame una mayor “implicación de las instituciones en una situación que parece más estructural que coyuntural, pero también la implicación del tejido empresarial de las ciudades” en que se celebran los festivales.

Una subida de costes que confirman la mayoría de directores artísticos consultados por este diario, entre ellos Jesús Cimarro, director del Festival de Mérida, que sostiene que la inflación “ha hecho que los presupuestos se desmoronen porque, además, llevamos años con el mismo presupuesto y eso provoca que no puedas levantar proyectos de mayor riesgo o de mayor envergadura. Los costes de producción han subido entre en 10 y 15% de media y los de personal artístico y de gestión entre un 20 y 25%”. Salvador Sunyer, director del Festival Temporada Alta de Girona, estima en un 30% la subida de los costes de transporte y alojamiento de las compañías que participan en el festival, pero añade a la inflación otra circunstancia que empieza a coger fuerza y que eleva los costes: “Hay bastantes compañías que no se mueven si no es con un cierto sentido de sostenibilidad y piden viajar en tren, por ejemplo, o no venir al festival solo para un día, sino para varios. Y esa reclamación de una mayor responsabilidad ecológica y medioambiental está bien, pero aumenta los costes”.

Una sostenibilidad que también ha marcado esta edición del Grec, en la que, según su director, Cesc Casadesús, “hemos trabajado como nunca para crear redes a nivel europeo y montar giras sostenibles porque ahora mismo es imposible traer tú solo a una compañía de Latinoamérica, por ejemplo, con los precios de los billetes disparados, pero si consigues tres o cuatro socios el coste se divide y te lo puedes permitir, así que hay que montarle una gira a la compañía que quieres traer”. También Marion Betriu, directora del Festival TNT de Terrassa, dedicado a la escena más híbrida y experimental, defiende la creación de redes que permitan la internacionalización de los proyectos porque “solos no podemos y somos muy pocos los que nos dedicamos a esto”. Betriu, que asumió la dirección del festival en 2020, en pleno confinamiento, percibe además que “muchos centros y fábricas de creación empiezan a estar dirigidos por mujeres y estamos aplicando lógicas mucho más femeninas. Es decir, ya no se saca pecho por cosas como los estrenos, sino que trabajamos todas en la misma dirección y a mí, este cambio en las lógicas me da mucha satisfacción”.

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El ‘primeravecismo’ y otros problemas

La importancia de establecer alianzas o “corredores de programación” con instituciones o festivales como el FIT de Cádiz, Conde Duque, el CDN o la CNTC, también ha sido clave este año para el director del Festival de Otoño, Alberto Conejero, que considera que “se ha acabado el tiempo del primeravecismo, eso de que yo te traigo un espectáculo y solo te lo traigo yo”. En su opinión, “la pandemia también nos ha mostrado eso, que estábamos en una rueda, muy ligada al sistema capitalista, que fagocitaba todo desde el punto de vista de la novedad y eso ya no tiene sentido”. Conejero considera positivo que se rompan esas lógicas de producción teatral “que favorecía más la novedad que la exhibición a medio y largo plazo, algo que revertía en las condiciones de los creadores y creadoras, obligadas a producir una o dos piezas por año”. En ese sentido, explica el director, “yo no tengo ningún problema en programar piezas que, a lo mejor, tienen dos o tres años de vida y recupero para el festival piezas de Angélica Liddell o de Sasha Waltz, trabajos que tienen varios años pero que nunca se han visto en Madrid”.

También María Goiricelaya y Ane Pikaza, directoras artísticas del Festival de Teatro de Olite admiten que necesitan “mejorar el trabajo en red con el resto de festivales de verano para aprovechar mejor los recursos y rentabilizar las giras”, pero sostienen que los problemas en el diseño de la programación de este año no han venido del frente económico -su presupuesto, de 458.000 euros, se ha incrementado este año en un 2,4%- sino de la dificultad para “encontrar trabajos liderados por mujeres que se ajusten a la línea artística y las necesidades del festival”. Y si ellas no encuentran proyectos liderados por mujeres, lo que no encuentra Jesús Cimarro son todos los actores y actrices que querría para el Festival de Mérida que, desde que asumió su dirección, propone una programación repleta de caras conocidas del cine y las series: “Las series de las plataformas están haciendo la competencia al teatro porque después de la pandemia están concentrando los rodajes en muy pocas semanas y no permiten que sus actores o actrices trabajen en otros proyectos. Este año se me han caído bastantes repartos porque hay muchos actores y actrices que tienen compromisos con series”.

Sin músculo administrativo

Y si las redes, alianzas y coproducciones son la vía para internacionalizar los proyectos y hacer frente a la inflación y a las exigencias de sostenibilidad, lo cierto es que la enorme carga administrativa y burocrática en España no lo pone fácil. El Festival Temporada Alta, que celebra su 32ª edición a partir del 30 de septiembre, acoge varios proyectos internacionales: Face T(W)O, impulsado por 14 instituciones culturales de 11 países, y Shared Landscapes, un proyecto internacional coordinado por Caroline Barneaud (Théâtre Vidy-Lausanne) y Stefan Kaegi (Rimini Protokoll) que invita a artistas e instituciones a hacer creaciones escénicas en espacios naturales. El director del festival, Salvador Sunyer, explica que se trata de proyectos que acceden a ayudas europeas y cree que “tenemos que trabajar más en este sentido, pero en España hay un problema muy grave y es que hay poco hábito en este terreno y poca gente que los trabaje bien, por eso estos proyectos se los acaban llevando Alemania, Holanda o Francia, porque requieren unas condiciones que la administración española complejiza mucho y nosotros no tenemos músculo”.

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Pero el exceso de burocracia no solo dificulta los proyectos internacionales, también los de casa. “No creo que haya en Europa un país con tantas exigencias administrativas como el nuestro”, añade Sunyer, “y es evidente que hay que controlar las subvenciones públicas, pero el exceso de carga administrativa también afecta a la creación en aspectos como el uso del espacio público para hacer representaciones, que son siempre complicadísimas”. También el FIT de Cádiz que dirige Isla Aguilar tiene dificultades para llevar a cabo proyectos que trasciendan las lógicas de la mera exhibición y que suponen “traer artistas para estancias más largas, para que se puedan mezclar e imbricar con el territorio, y tú llegas con un proyecto muy ilusionante que trata de cambiar ese punto de vista de la gestión, que se sale de las lógicas más neoliberales y de mercado, pero te encuentras con que tienes unas líneas y unos marcos burocráticos muy estrechos y tienes que asociar las partidas de dinero a algún tipo de producto porque no se entiende que puedan ser residencias o acompañamientos artísticos fuera de las fechas del festival. Yo creo que hay que plantearse una reforma administrativa en profundidad, más estructural, que posibilite estos proyectos”.

Cambios políticos e incertidumbre artística

Los resultados de las elecciones del 28M no afectan a todas las direcciones artísticas por igual. En Terrasa, por ejemplo, cuyo ayuntamiento financia el Festival TNT, se mantiene al frente del gobierno la misma plataforma ciudadana, pero, más allá de eso, Marion Betriu cree que “uno de los problemas más graves y endémicos en España es que no hay una separación real entre política y cultura y eso permite la injerencia y que no se pueda trabajar con holgura y a largo plazo”. Algo parecido a ese blindaje que defiende Betriu es el plan a tres años vista para el Festival Temporada Alta que aprobó el pleno del Ayuntamiento de Girona hace un año y medio, explica Salvador Sunyer, “un plan a caballo entre dos legislaturas que nos da una cierta seguridad y que garantiza que no te quedarás bloqueado el año de las elecciones”.

Por su parte, Alberto Conejero, cuyo contrato de dirección artística se ha ido renovando cada año desde que fue nombrado en 2020, finaliza en diciembre y está vinculado a la permanencia en el cargo de quien le nombró, la consejera de Cultura Marta Rivera de la Cruz que, tras su paso por la Comunidad, se incorpora al Ayuntamiento de Madrid. También el contrato de Cesc Casadesús al frente del Grec está vinculado a la permanencia de Ada Colau en el Ayuntamiento de Barcelona, pero el director explica que tiene el encargo de presentar la programación del Grec para 2024 antes de que finalice este año, en la que ya está trabajando. La de 2024 será también, por contrato, la última edición de Jesús Cimarro al frente del Festival de Mérida, pero explica que el cambio de signo político en la Junta de Extremadura no le inquieta demasiado: “Yo empecé con Monago, me mantuvo Fernández Vara y ahora viene otro gobierno. La incertidumbre se produce cada vez que hay elecciones pero, al final, la clave es quién está al frente de las instituciones, se trata de las personas más que de los partidos, de si esas personas tienen la capacidad de gestionar eso que les han encomendado”.

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Una incertidumbre que también vive Isla Aguilar al frente del Festival de Cádiz, cuyo Ayuntamiento ha recuperado el PP, y “no sabemos quién estará al frente de Cultura pero, más allá de esos cambios, creo que los procesos culturales necesitan de espacios de confianza y apoyo y deberían estar desmarcados de los ritmos electorales y de las posibles injerencias políticas”. En el caso de Olite, Pikaza y Goiricelaya sostienen que, “en cualquier caso, si hubiese propuestas de cambio para el festival, estas vendrían impuestas desde el Gobierno de Navarra, que es de quien depende. Pensemos en escenarios: ¿qué podría pasar si el PSE se aliara con UPN? ¿Caería el euskera de la programación del festival? Esperamos que no, pero todo puede pasar. Seguiremos trabajando para que la política no rebase lo que para nosotras son líneas rojas en nuestra gestión pero, si eso sucediera, daríamos las gracias por lo aprendido y cerraríamos la puerta al salir”.

Platos fuertes y avances de la programación

  • Festival de Almagro. Del 29 de junio al 23 de julio. El certamen gira este año en torno a la idea de emoción, con piezas de compañías contemporáneas como Mal Pelo y obras de creadores como Declan Donnellan, Eduardo Vasco o Lluís Homar, al frente de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), que inaugurará el festival con El tiempo vacío.

  • Festival Grec. Del 30 de junio al 31 de julio. El Grec gira en torno a la idea de colectividad en una edición en la que podrán verse montajes de Ivo van Hove, Sasha Waltz, Agrupación Señor Serrano, Juana Dolores o Alexander Zeldin, discípulo de Peter Brook.

  • Festival de Mérida. Del 1 al 31 de julio. La comedia articula la programación del festival este año y acoge, entre otros montajes, La comedia de los errores, de Shakespeare, dirigida por Andrés Lima y protagonizada por Pepón Nieto, una Salomé dirigida por Magüi Mira y Las asambleístas, de Aristófanes, dirigida por José Troncoso y con Silvia Abril al frente del reparto.

El resto de festivales, que aún no han presentado su programación, avanzan algunas de sus propuestas a este diario. El Temporada Alta estrenará los nuevos trabajos de Las Huecas (Sobre la amistad), de Nao Albet y Marcel Borrás (Cáncer de ego) o VUDÚ, de Angélica Liddell. El Festival de Otoño incluirá en su programación piezas de Sasha Waltz, Miet Warlop, Angélica Liddell (Liebestod) o Luz Arcas. Tamara Cubas abrirá y cerrará el FIT de Cádiz, que acogerá obras como Villa, de Guillermo Calderón, y en el que habrá mucha presencia de compañías chilenas con trabajos en torno al 50 aniversario del golpe de Pinochet. Por el TNT de Terrasa pasarán Janet Novás, Las Huecas o el artista japonés, Michikazu Matsune.

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