Lee un fragmento de ‘Otaberra’, lo nuevo de Elisa Victoria, la autora de ‘Vozdevieja’


Le cuesta dormir y cuando sus padres la despiertan delicadamente esconde la cara debajo de la almohada y pide que la dejen en paz, pero no la dejan en paz. Apartan la almohada y la incorporan con una destreza suave mientras gruñe de cansancio, la sientan en la cama y se ponen en cuclillas frente a ella.

—¿Qué pasa? —pregunta dándose cuenta de que su comportamiento no es habitual y debe implicar una circunstancia extraordinaria.

La madre de Eusebio acaba de llamar diciendo que su niño no está acostado en la cama, preguntando si ella está en casa, si sabe algo. Renata no sabe dónde está, pero sí sabe dónde se separaron de mala manera sin haberle hablado a nadie de su excursión clandestina. Un pánico chirriante se apodera de ella y la espabila de golpe. El ritmo de su pensamiento se acelera y en cuestión de segundos resuelve un complicado esquema en su cabeza cuya conclusión es que debe decir lo que sabe pese a que conlleve la confesión de una fechoría. No tenían permiso para alejarse tanto, en ninguna casa lo hubieran permitido, podrían alegar que Eusebio está perdido por su culpa y eso sería doloroso pero no del todo justo. La prioridad es que aparezca, así que expone los datos seca, concisa y práctica, todavía sentada en la cama. Adónde habían ido, en qué punto se separaron, sobre qué hora.

Sus padres atraviesan seis emociones contrapuestas y en un suspiro pasan de fruncir el ceño de pura ira a fruncirlo de puro tormento. Temiéndose lo peor, le reprochan la desobediencia en silencio al tiempo que se apiadan de la hija que solo buscaba tener una aventurilla adolescente. El padre le pone una mano en el pelo con compasión, la madre corre al teléfono a transmitir la información por si sirviera de algo. Los dos están pensando lo mismo. Putos niñatos, a quién se le ocurre, lo tenían prohibido y era por su bien, teníamos que haberlos vigilado mejor, teníamos que haber sido más duros con ellos, más atentos, o quizá teníamos que haber sido más blandos, haber escuchado sus fantasías, haberles ofrecido un trayecto en coche, no dejarlos solos, muertos de aburrimiento, andando de madrugada por la carretera en busca de diversiones, pero y qué más querían, si estos niños están mimados, les damos todas las comodidades, solo les pedimos que estudien para que tengan un buen futuro, a su edad estábamos ya trabajando, encadenados, y nuestras casas eran peores y nuestros padres eran más severos, qué más querían, qué tenían que ir a buscar a aquel bar de moteros, si aquello es una pocilga, putos niñatos, ¿teníamos que haberlos llevado y haberlos recogido? ¿De semejante sitio de lumpen, de gente de mal vivir? Menos mal que no ha sido nuestra niña, menos mal que si tenía que pasarles algo haya sido solo a él, no era buena influencia de todas formas, qué alivio que no haya sido ella, que esté aquí en la habitación que le montamos con tanto cariño antes de que naciera, qué rápido pasa el tiempo, si le hubiera sucedido algo y no volviera más y se quedara la habitación vacía, ay, Dios, menos mal, qué disgusto tendrá la pobre, pero menos mal que no ha sido ella, si ese niño tenía pinta de que se iba a descarriar de una manera o de otra, si tenía que ser uno de los dos qué bien que no haya sido ella.

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Renata no experimenta ningún consuelo ante los sentimientos que desprende la mano de su padre y se levanta a dar vueltas por el pasillo sin decir nada. Se arranca padrastros de los dedos esperando noticias con el pijama rosa, imaginando el pelo oscuro y voluminoso de Eusebio sobre el abrigo negro y sus piernas finitas asomando por debajo, las zancadas rabiosas con zapatos gruesos, el humo del cigarro alrededor de la cabeza, y trina por averiguar que se fue a la estación de autobuses, que se ha fugado a Madrid o a Barcelona a empezar una nueva vida, a trabajar de camarero en un bar como el de anoche donde no desentone, a ahorrar para irse a Londres.

Proyecta la trayectoria una y otra vez, el camino hacia el autobús, su cabeza apoyada contra el cristal mientras se queda dormido a ratos y se despierta con la emoción de la huida mil veces soñada que por fin se lleva a cabo, son unas horas de viaje, igual aún no ha llegado a su destino, igual no era Madrid ni Barcelona, igual está echando un buen día en otra parte. Espera sus noticias recorriendo el pasillo, que ya no es un sitio con suelo y paredes sino un estado alterado de conciencia, un bucle de imágenes bienintencionadas que se repiten sin parar. El teléfono suena varias veces pero nunca es Eusebio. Su madre le habla con la cara contraída y ella contesta desde otro plano, incapaz de atender a nada que no sea un dato nuevo sobre el paradero de su amigo, e intenta cubrir la angustia del desconcierto con ilusión, deseando que vuelva a sonar y que sea él tan contento que no tengan ni la necesidad de especificar que se han perdonado, ella la insistencia y la inoportunidad y él la dureza, hablar de planes que tal vez la incluyan, por qué no, podría invitarla a ir de visita con una mochila en cuanto tenga dónde instalarse. La trifulca de la noche anterior completamente enterrada, un desentendimiento sacado de contexto del que reírse con complicidad durante décadas, ¿te acuerdas cuando me pediste salir, lo tonta que me puse? Cuántos hervores me faltaban, es que me cogió de sopetón y me asusté y lo llevé fatal, menos mal que se me pasó, gracias por no tenérmelo en cuenta, hay que ver. Se imagina participando de esos viajes con pocos recursos pero muerta de risa, intentando hacerlo realidad a base de concebirlo con la mayor viveza posible, los dos lejos viendo cosas, conociendo gente diferente, siendo amigos para siempre, cada vez menos miseria, más contactos, más diversión, más intenso, más interesante, el pueblo como una etapa desenfocada, corta y remota, la noche del desencuentro como una anécdota graciosa, una brizna de espuma en el mar.

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