La terrible odisea de un niño soldado, narrada por dos Premios Nacionales


Nivek tiene 12 años. Trabaja esclavizado en una mina de coltán en el Congo hasta que una guerrilla le recluta y lo convierte en una máquina de matar. Es el protagonista del sobrecogedor cómic El cielo en la cabeza (Norma; en castellano y catalán). “Su historia es la de muchos kadogos, niños soldados sometidos a un rito iniciático que les obliga a asesinar a sus familiares y hasta a comerse los pechos de sus madres. Así rompen bruscamente con sus orígenes, no tienen dónde volver y la milicia se convierte en su nueva familia. Sus oficiales sustituyen a la figura paterna”, explica el guionista aragonés Antonio Altarriba, que vuelve a unir talento con el dibujante granadino Sergio García para reconstruir la “epopeya humana” de tantos subsaharianos que huyen de un destino de hambre, violencia y muerte e intentan llegar a Europa cruzando el Mediterráneo. 

Trabajaron juntos en El cuerpo del delito y han ganado sendos Premios Nacionales. Altarriba (1952), el de Cómic 2010 (por El arte de volar), y García (1967), el de Ilustración 2022. Suman al equipo a la colorista cordobesa Lola Moral (1964) para poner el foco en lo que les ocurre a los migrantes en su viaje antes de subirse a una patera, basándose en los testimonios reales de la oenegé Jambo Congo. “Es un cómic muy crudo y duro, pero de hecho es una versión suavizada de lo que les pasa. La ruta del África subsahariana es una serie continua de vejaciones, humillaciones… Les roban, les violan, los raptan, los estafan, los venden como esclavos… La mayoría muere antes de subir a los cayucos, y los que vemos llegar son los supervivientes de una odisea dolorosísima. Las mafias de trata de migrantes surgen porque estas personas necesitan imperiosamente huir de unas condiciones de vida terribles y buscan un futuro mejor”, clama el guionista y escritor aragonés, sensible al tema de la emigración por la historia de su padre exiliado republicano, que relató en El arte de volar (que con Kim culminó un díptico con El ala rota). 

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“Allí, la vida humana no vale nada -continúa el también autor de la Trilogía del Yo (con dibujante Keko)-. La mayoría cuando se levanta no sabe si tendrá algo que comer. Los niños juegan a fútbol con una pelota hecha de papeles. Y eso pasa en un país como el Congo, muy rico en materias primas, con minerales como el coltán, que se pagan a 500 dólares el kilo, pero también con oro, diamantes, cobalto, litio, uranio… que interesan mucho a Occidente y China, que los explotan”. 

Página de ‘El cielo en la cabeza’, de Altarriba, Sergio García y Lola Moral.. / NORMA

“Esa es su desgracia. Están tan desesperados que creen que Europa es el paraíso en la Tierra, y cuando llegan aquí se ven en una segunda cárcel. Y aquí no sabemos darles una respuesta”, apunta García, reconocido autor de portadas para la revista The New Yorker. En tándem con Moral han sido los únicos ilustradores españoles de los 33 seleccionados para dibujar las estaciones del metro de París cara a los JJOO.

Página de ‘El cielo en la cabeza’, de Altarriba, Sergio García y Lola Moral.. / NORMA

El cielo en la cabeza (Premio Granada Noir) es también una historia de amistad y amor, pero los autores admiten que “no hay resquicio para la esperanza”. Por ello intentan filtrar la dureza de la muerte para hacerla digerible al lector pero sin dejar de mostrar la deshumanización de los niños soldado. “Les atrae llevar y disparar un AK-47 y no tienen problemas de conciencia porque no distinguen entre el juego y la realidad. Les hace sentir respetados, fuertes y valientes”, afirma Altarriba, que añade que el porcentaje de éxito en su reinserción es mínimo. 

Tampoco evitan “la tremenda brutalidad y utilización sistemática de la violencia sexual como arma de guerra”. El Congo es el país en que más violaciones se reconocen, con una media de tres por cada congoleña. Pero también de hombres, añaden, según los datos de Denis Mukwege, Premio Nobel de la Paz 2018, el “doctor cose culos” del cómic, quien ayuda a las víctimas a curar las heridas del cuerpo y la mente y es especialista en reconstrucción ginecológica.  

Página de ‘El cielo en la cabeza’, de Altarriba, Sergio García y Lola Moral.. / NORMA

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“El impulso natural era reflejar toda esa violencia con colores fuertes e impactantes, pero lo desechamos enseguida -explica Moral-. Preferimos que el dibujo y el color fueran un filtro suavizador. Por eso la sangre no es roja, sino negra. El registro cromático va cambiando según los lugares por los que pasa el protagonista, de colores más africanos de la sabana o la selva como los naranjas, azules y verdes y momentos donde predomina la magia, la amistad o el amor a un desierto con más sombras”. 

Página de ‘El cielo en la cabeza’, de Altarriba, Sergio García y Lola Moral.. / NORMA

En ese filtro de la crudeza es también clave el dibujo de García. “Para que no fuera tan doliente ni caer en el morbo trabajé más con la metáfora visual que con la obviedad. Imágenes y composiciones de página no tan explícitas y que tensionan y distensionan”. De hecho, siguió el consejo de la dibujante israelí Rutu Modan (Túneles). “Me dijo que usar mis dibujos más infantilizados y bonitos narrando cosas tan dramáticas las hacía aún más dramáticas, porque lo que dejas a la imaginación del lector es aún más terrible“, cuenta el ilustrador, que empatizó tanto con algunos personajes que le pedía al guionista que no los matara. “Pero la vida de Nivek -concluye este- está marcada por la pérdida”.  

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