La innovación académica pone al sector espacial en órbita


Han saltado de las facultades al mercado y lo han hecho en uno de los sectores estratégicos de la economía española. Las ‘spin-off’, proyectos que trasladan a la vida real los resultados de la investigación científica, se han abierto paso en la industria espacial de nuestro país con propuestas innovadoras que tratan de inyectar en las arterias del tejido productivo el conocimiento generado en los laboratorios. Los campus han encontrado vasos comunicantes con el firmamento, en una muestra de que la transferencia, al menos en este ámbito, atraviesa un gran estado de salud, en consonancia con el momento dulce que vive esta actividad a nivel nacional. Iniciativas como la aprobación del Perte Aeroespacial, que prevé movilizar cerca de 4.533 millones de euros entre 2021 y 2025, la creación de la Agencia Espacial Española o el reciente despegue del Miura 1, primer cohete español de capital privado que surca los cielos, son algunos ejemplos del dinamismo de nuestro país en la carrera por conquistar el espacio.

No es de extrañar, teniendo en cuenta que el sector aporta servicios claves para nuestra sociedad en materia de comunicaciones, navegación, seguridad o monitorización de fenómenos como la sequía o los incendios, que desde las aulas proliferen las ideas de negocio, circunstancia a la que se suma la apuesta institucional por este nicho, como reflejan medidas como el aumento del 20% de la aportación a la Agencia Espacial Europea (ESA) para el presente curso, hasta los 300 millones de euros. Cabe recordar que este organismo asigna los contratos a la industria de cada país en proporción a los fondos públicos que aportan.

Desde la patronal Tedae, la Asociación Española de Empresas Tecnológicas de Defensa, Seguridad, Aeronáutica y Espacio, valoran como positiva la marcha del sector. Jorge Potti, vicepresidente de Espacio, explica que, tras años con crecimientos cercanos al doble dígito, en 2012, fruto de la crisis, se encadenan ejercicios con una evolución nula o negativa. Superado el bache, dice, «en los últimos cinco años estamos viendo una recuperación, con crecimientos importantes, y en 2022 fue de cerca del 10%». A nivel mundial, indica Potti, crece incluso con más fuerza que en España por el carácter tan estratégico que tiene. «El sector es muy joven aún, pero está creciendo con fuerza y lo seguirá haciendo, somos muy optimistas con el futuro», asegura.

España, cuarta en la UE en cuanto a inversiones en espacio, por detrás de Francia, Alemania e Italia, destaca en áreas como la navegación por satélite, telecomunicación y observación de la tierra. La industria está compuesta por actores de diferente dimensión. «Hay un número reducido de empresas grandes (Airbus, Thales Alenia Space, GMV, Sener e Indra y los operadores Hispasat y Hisdesat); una veintena o treintena de compañías de hasta 250 empleados especializadas en distintas disciplinas; y un núcleo de startups, con soluciones muy innovadoras, que demuestran la vitalidad del sector», comenta Potti. De una manera u otra, el vínculo de muchas de ellas con las universidades es una realidad, bien sea gracias a acuerdos de colaboración o porque tienen su origen en las facultades, como GMV, una de las empresas autóctonas con más proyección internacional.

«Es un sector de muy alto contenido tecnológico, en el que la base de la competición es la excelencia técnica y, por tanto, requiere de una conexión especial con la universidad. Tanto las grandes empresas como las pymes cuentan con acuerdos con estos centros académicos para que les ayuden al desarrollo de tecnologías, sobre todo en niveles de madurez tecnológica bajos», explica Potti. En la industria, se utiliza una escala que va del 1 al 9, siendo el 1 la investigación más básica y el 9 tecnología probada que ya está volando en satélites. «La universidad nos ayuda en los niveles de TRLs bajos (1, 2, 3 y 4) y hay una colaboración muy estrecha que va a más», afirma el vicepresidente de Espacio de la patronal.

El paradigma: GMV

No menos importante son los proyectos que nacen en los campus y consiguen constituirse como sociedad. «La universidad desempeña un papel muy relevante y seguramente estemos mejor que nunca», comenta en este sentido. El ejemplo por excelencia es GMV, que inició su andadura en 1984 fruto de la visionaria apuesta de Juan José Martínez García, un catedrático de la Escuela de Ingenieros Aeronáuticos de la Politécnica de Madrid. «Vio la oportunidad de fundar una empresa para que España pudiera participar en el desarrollo de los programas espaciales de la ESA, en un momento en que el término de startup apenas se utilizaba», rememora Pedro J. Schoch, director de Desarrollo corporativo, marketing y comunicación de GMV. Junto con un pequeño núcleo de colaboradores, tan solo un año después, la firma logró su primer contrato, para el Centro de Operaciones de la Agencia Europea del Espacio. «Surgimos como una empresa espacial, pero hemos crecido en sectores como el aeronáutico, defensa, seguridad, transporte, ciberseguridad y tecnologías de la información aplicadas a diferentes verticales», repasa Schoch, que resalta la apuesta de la empresa por la innovación continua, con un 10% de la facturación dedicado a I+D+i.


GMV, ‘spin-off’ de la UPM, emplea a más de 3.000 personas


GMV

La ‘spin-off’, que el próximo año celebrará su 40 aniversario, ha ido quemando etapas desde que salió de la universidad. «Startup hasta mediados de los noventa. Desde entonces hasta la primera década del 2000 hemos crecido como compañía y hemos sentado las bases de lo que somos ahora. Del 2009 al 2017 nos hemos consolidado y a partir de 2018 nos hemos transformado en una compañía con capacidad de liderar proyectos», sintetiza el portavoz de la empresa. Justo ese año, GMV resultó adjudicataria de un contrato con la ESA para liderar el mantenimiento y evolución del Segmento de Control en Tierra de Galileo, el mayor contrato firmado en su historia y el mayor firmado por la industria espacial nacional hasta ese momento.

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Hoy, GMV se ha convertido en un gigante que emplea a más de 3.000 personas –es la sexta compañía en Europa en el sector espacial– y facturó 306 millones de euros en 2022 (la previsión para 2023 es llegar a los 334 millones). Aun así, no olvidan sus raíces: «Seguimos vinculados a las universidades porque nacimos ahí y lo conocemos bien. Además, queremos que la colaboración entre empresas y universidades sea lo más cercana posible».

Emxys, fundada en 2005, es otra ‘spin-off’, en este caso, de la Universidad Miguel Hernández de Elche, impulsada por los profesores José Antonio Carrasco y Francisco García de Quirós, del Departamento de Ciencia de Materiales, Óptica y Tecnología Electrónica. «La inquietud era utilizar nuestros conocimientos en ingeniería electrónica para resolver problemas en el mundo real, dar un servicio a la industria, sobre todo en el sector espacial, en aplicaciones de diseño electrónico de altas prestaciones», cuenta García de Quirós, CTO de la compañía. En 2007 participaron en su primera misión espacial, YES2, de la ESA, y desde entonces lo han hecho en tres más, incluyendo un experimento de la Nasa y la Agencia Espacial Japonesa consistente en un cohete suborbital que voló hasta los 300 kilómetros de altitud. También han estado involucrados en más de una treintena de proyectos de la ESA. En 2024 se lanzará la misión OTD-1 de demostración de su satélite Odaliss a bordo de un lanzador Spectrum de la empresa alemana Isar Aerospace, así como la misión HERA, de la ESA, que incorpora un gravímetro de precisión llamado GRASS, diseñado y fabricado por la spin-off en colaboración con el Real Observatorio de Bélgica.


Un técnico de Emxys durante el proceso de alineación del detector optoelectrónico en la estación de comunicaciones para satélite Odaliss


Emxys

Para 2025, el reto es el proyecto EdgeAISat, que desarrollará una evolución de su plataforma de satélite Odaliss con el fin de implementar inteligencia artificial en el espacio. «La idea es que la plataforma pueda coger datos e imágenes, hacer un pre-procesado, una búsqueda de características en las imágenes (por ejemplo, incendios forestales o derramamientos de crudo en el mar) y pueda avisar de ese tipo de hallazgos en las imágenes antes de que un operador en tierra los encuentre», detalla Carrasco, CEO de la empresa.

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Con catorce profesionales en plantilla y en torno al millón de euros de facturación, desde esta ‘spin-off’ defienden que el papel de la universidad es clave porque las disciplinas relacionadas con la tecnología espacial son muy intensivas en conocimiento y «los grandes avances siempre han venido por parte de las escuelas politécnicas». En su caso, sienten que es fundamental fomentar que los profesores e investigadores formen sus propias empresas, algo en lo que entidades intermedias como los parques científicos juegan un rol esencial. «A pesar de que se ha avanzado muchísimo en los últimos diez años –dice– queda mucho por hacer en cuanto a la mentalidad predominante, tanto en España como en Europa, frente a lo que pasa en EE.UU., donde se estimula mucho el espíritu de emprendimiento entre profesores y científicos. Aquí se piensa quizá más en carreras tradicionales y hay grandes diferencias entre universidades».

Múltiples aplicaciones

De Elche a Vigo, los ejemplos de ‘spin-off’ se suceden. Los orígenes de Alén Space se remontan al 2008, cuando una gran parte del equipo fundador se unió a la Agrupación Estratégica Aeroespacial de la Universidade de Vigo, responsable del lanzamiento en 2012 de Xatcobeo, el primer nanosatélite español. Tras varios años de proyectos y cooperación con algunas de las agencias espaciales internacionales más importantes, una parte de ese equipo vio la oportunidad de salir al mercado y con el apoyo del programa Ignicia de la Axencia Galega de Innovación dieron los primeros pasos para comercializar los servicios y productos basados en la experiencia y en las capacidades desarrolladas hasta ese momento.

«En la actualidad, somos parte del Grupo GMV y nos hemos convertido en uno de los referentes del New Space europeo», indican desde la firma, fabricante de pequeños satélites, nanosatélites y microsatélites bajo el estándar CubeSat. «Las oportunidades de estos pequeños satélites son infinitas, casi tantas como podamos imaginar, desde comunicaciones hasta observación de la Tierra, Internet de las cosas, seguimiento de activos, control del tráfico aéreo y marítimo, gestión remota, protección del medio ambiente, experimentación científica o exploración espacial, por mencionar solo algunas de las aplicaciones prácticas más habituales», señalan.


Alén Space fabrica pequeños satélites, nanosatélites y microsatélites bajo el estándar CubeSat


Alén Space

Uno de los aspectos que ponen en valor desde la firma es su capacidad de aguante y supervivencia «en un mercado tan competitivo y cambiante». «La industria –prosiguen– es desafiante porque se requieren grandes esfuerzos en materia de innovación y financiación para plantar cara a los competidores en un mercado global». Un camino que les ha llevado a sumar medio centenar de empleados y unos ingresos cercanos a los dos millones de euros el año pasado. «Con el acuerdo con GMV prevemos que en cinco años Alén Space multiplicará por más de diez veces la facturación, convirtiéndonos en un líder global en el sector de los pequeños satélites», prevén.

Ellos, de primera mano, saben que las universidades «generan una enorme cantidad de talento, y hacen de España un país privilegiado, capaz de construir una industria potente y cohesionada alrededor de este sector. Eso sí, tanto para la investigación científica como para la industria aeroespacial nacional es esencial atraer inversión y recursos humanos con medidas ambiciosas y atrevidas. En ese sentido, es muy importante reforzar el apoyo político e institucional. Medidas como el PERTE Aeroespacial son la senda a seguir para mejorar a nuestro sector».

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El diagnóstico que hace Itziar Maestrojuán, CEO de Anteral, ‘spin-off’ del Grupo de Antenas de la Universidad Pública de Navarra, sobre las conexiones entre los campus y la industria es favorable. «Hay muchas cosas que la empresa privada no puede dedicarse a investigar a fondo, pero de la mano de una universidad sí puede alcanzar hitos importantes y comercializar soluciones que estén en el estado del arte», justifica. En el sector espacial, recuerda que se han creado startups vinculadas al entorno educativo que están produciendo mucho valor en España. «Sería una pena que el conocimiento generado en la universidad se quedase en un cajón, lo bonito es que se transfiera a la industria», señala. La mayoría de las spin-off son puestas en marcha por investigadores universitarios y, a juicio de Maestrojuán, en ocasiones desconocen las nociones empresariales, por lo que sería positivo «tener más soporte de las universidades o de mecanismos que permitan desarrollar más el negocio».


Itziar Maestrojuán, CEO de Anteral


Anteral

La compañía de la que es consejera delegada, que vio la luz en 2010, ha pasado de tres personas a una veintena, facturando en torno al millón y medio de euros. En Anteral tenemos siempre una parte de I+D, ya sea mediante proyectos europeos, nacionales, regionales, etc., que nos permiten la colaboración público-privada e invertir en nuevos desarrollos e investigaciones», expone. La actividad de la empresa gira en torno al desarrollo de antenas y componentes pasivos para el sector espacial y otros como defensa o telecomunicaciones, además de contar con una segunda línea de negocio basada en la tecnología radar. Entre los hitos más recientes de la compañía destaca el diseño de las antenas del cohete Miura 1 y su participación en el proyecto Space Rider, de la ESA, que consiste en la puesta en órbita de un vehículo espacial, reutilizable y no tripulado.

Escasez de talento

Una pieza que no puede faltar en el puzle de la industria espacial de nuestro país es el talento y, desde la patronal, advierten de que se ha desatado una guerra, no solo entre empresas nacionales, sino también a nivel europeo, por fichar perfiles cualificados en un entorno de demanda al alza. Solo por hacerse una idea, el Observatorio de la Ingeniería en España 2022 subraya que la economía nacional debe asegurarse el acceso, como mínimo, a 200.000 nuevos ingenieros e ingenieras en la próxima década. En el caso del sector espacial, Jorge Potti, vicepresidente de Espacio de Tedae, es claro: «Necesitamos muchos ingenieros porque hay una expectativa de crecimiento tanto en España como en Europa. Va a haber una necesidad de personal de ingeniería superior al que en este momento producen las universidades y, por tanto, se anticipa un déficit». Una situación que se refleja en «el pleno empleo» en las ingenierías más requeridas por estas empresas. En 2022, el sector espacial nacional generó 5.889 empleos directos de muy alta cualificación. Según los datos de Tedae, el 75% son titulados universitarios, el 18% corresponden a FP y solo el 7% es personal con formación menor que FP.

Cuenta Potti que las compañías «compiten entre ellas por llevarse a los ingenieros de las escuelas y casi todas tienen cátedras en las universidades y acuerdos con las mismas en esta lucha por captar talento».

A raíz de las dinámicas introducidas por la pandemia, se amplían los actores implicados en la pugna. «Ahora hay una lucha por la captación de talento no solo entre las empresas españolas, sino con empresas europeas. Como resultado de la pandemia, se ha demostrado que el teletrabajo es una manera perfectamente válida de trabajar en muchos casos, por lo que es otra fuente de mayor complicación para la atracción de talento», explica el vicepresidente de Espacio de Tedae.

Desde GMV añaden que, a ese componente internacional, se suma que hoy en día, consecuencia de la digitalización general de la sociedad, compiten no solo con empresas de ingeniería o tecnológicas, sino con compañías de sectores como banca o logística, que también necesitan tecnología.

En el desafío de atajar la escasez de profesionales, indican desde Tedae, es importante no perder de vista la brecha de género que arrastra el sector. «El 25% de nuestros empleos son mujeres. Pasa aquí y en toda Europa», apuntan. Según el mencionado Observatorio, la mujer tiene una presencia global en la ingeniería en España cercana al 20% y la especialidad donde hay menos es Telecomunicación, con un 12%.

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