La España y los Países Bajos de los siglos XV y XVI, dos territorios fecundos para las artes decorativas y los ceremoniales más fastuosos



Este viernes se han clausurado las jornadas Intercambios culturales entre las cortes de la Península Ibérica y los Países Bajos de los Habsburgo, que desde el miércoles venían desgranando en el campus de Aranjuez (Madrid) de la Universidad Rey Juan Carlos las influencias mutuas entre dos territorios que durante siglo y medio compartieron soberanía española, arrojando luz sobre elementos concretos de esa relación y sobre personajes poco conocidos por un público no especializado que marcaron su devenir o que fueron buen ejemplo de los ritos y mentalidades de la época.

Aparte de otras muchas cosas, este tipo de congresos sirven a menudo para echar abajo algunos lugares comunes que todavía tienen su espacio en los manuales de historia. Uno de los que se ha tratado en Aranjuez ha sido el de la supuesta austeridad de la corona española en los siglos XV y XVI, una corte tradicionalmente considerada más pobre en su apartado ornamental que las de sus vecinos europeos. Los profesores de la Universidad de Valladolid Miguel Ángel Zalama y Jesús F. Pascual Molina explicaron en su ponencia cómo la realidad fue bastante distinta: la de unos reinados de Carlos I y Felipe II que igualaron e incluso fueron más allá que la cultura del lujo asociada a la corte borgoñona, y cómo la monarquía hispana se convirtió en un modelo de mecenazgo, uso y consumo de objetos artísticos de lujo tales como tapices, armaduras o joyas.

“La imagen más representativa de la época que se nos ha transmitido era la de unos edificios completamente desnudos, pero estos hay que pensarlos vestidos con tapices, con cordobanes… El gusto exacerbado por lo decorativo y por esas formas flanboyantes que venía del mundo borgoñón ya está presente en la corte de los Reyes Católicos y posteriormente va a continuar”, comenta a este diario Ana Diéguez-Rodríguez, una de las directoras de las jornadas y responsable del Instituto Moll, referencia en España para todo lo que tiene que ver con el arte flamenco, que ha tenido un papel decisivo en la organización del congreso.

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¿En qué se manifestaba aquel lujo? Fundamentalmente en los tapices, que fueron uno de los elementos centrales de la conferencia citada. “Hoy en día vemos la pintura como lo máximo dentro de las expresiones artísticas de la época, pero en aquellos momentos eran los tapices el objeto de lujo por encima de cualquier otro. Primero porque no todo el mundo podía acceder a ellos. Eran muy caros, llevaba mucho tiempo hacerlos y además se utilizaban, cuando eran para la corte o para nobles de alto nivel, hilos de oro y plata. De hecho, muchos de esos tapices no han llegado a nosotros porque se fundieron para conseguir ese oro y esa plata”, apuntaba Diéguez-Rodríguez una vez clausuradas las jornadas. “Toda esa riqueza era espectacular, los tapices se llevaban de un sitio a otro porque se podían enrollar y colocar en otros lugares. Y se sacaban a menudo para engalanar las calles”. La académica compara aquellas prácticas para un público contemporáneo con lo que pudimos ver en las recientes ceremonias funerarias de la reina Isabel II de Inglaterra. El antiguo condado de Borgoña ha sido históricamente una referencia en cuanto al protocolo a seguir para diferentes tipos de celebraciones cortesanas que, debido a su dimensión pública, llegaba a un espectador fascinado por esa magnficencia.

Teatro para recibir a Juana I

En general, estos días en Aranjuez se ha hablado mucho de eso, de ceremonias y de rituales, de las fiestas de las cortes y de cómo era reconocido el poder en esas ocasiones. La profesora alemana Dagmar H. Eichberger habló de la entrada de Juana I de Castilla en la ciudad de Bruselas en 1496. De cómo llegó allí sin su esposo Felipe y fue recibida por el alcalde y el gobierno de la ciudad con un gran espectáculo en el que había veintiocho escenarios teatrales donde se representaban tableaux vivants sobre temas relacionados con el matrimonio, las virtudes femeninas o las políticas de guerra y de paz. Los españoles Inmaculada Rodríguez Moya y Víctor Mínguez, de la Universidad Jaume I, pusieron por su parte el foco en el viaje triunfal de un Carlos I ya reconocido emperador por el Papa, y de los fastos con que era recibido en las ciudades italianas y españolas en las que iba haciendo parada.

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Entre los nombres propios de personajes relevantes de la época que han ido saliendo estos días de conferencias, y de los que poco se sabía hasta ahora o sobre los que se ha arrojado nueva luz, sobresale el de Vicente Álvarez, un sirviente de la corte que acompañó a un Felipe II todavía príncipe en sus viajes a Italia, Alemania y los Países Bajos para relatarlos en un escrito dedicado a la hermana de Felipe, la princesa María. A punto de abandonar su tarea, amedrentado, cuando conoció al humanista Juan Calvete, referencia intelectual de la época y autor del célebre Felicíssimo viaje del muy alto y muy poderoso Príncipe don Phelippe, que estaba haciendo un trabajo similar, decidió finalmente rematarlo, y según el profesor Raymond Flagel, de la Universidad de Leiden, su modesto trabajo, escrito en un lenguaje sencillo y con opiniones sinceras, es hoy más útil para adentrarnos en la mentalidad de la época.

Pero si se trata de hacer justicia, Diéguez-Rodríguez se queda con la actividad de Felipe Bigarny, un artista al servicio de la corte y de la alta jerarquía eclesiástica, participando en proyectos como la capilla real de Granada, o el retablo mayor de la catedral de Toledo. El trabajo conjunto del flamenco con Alonso de Berruguete, con el que trabajó codo con codo, “puede explicar muchas de las innovaciones del español, y cómo este último adopta una estructuración del trabajo del taller tomada de Bigarny”

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