Entrevista con Nick Cornwell, hijo de John Le Carré, del que se publican sus cartas.



Al otro lado de la pantalla está uno de los hijos de John le Carré, Nick. Tiene, como sus numerosos hermanos, el aire de su padre, el gran escritor que alumbró al mundo, con El espía que surgió del frío (1963), su segunda novela después de Llamada para el muerto, uno de los libros de espionaje más perfectos del siglo XX. Espía él mismo, se dedicó toda su vida a hurgar en lo que hacen los espías, con una capacidad extraordinaria para un encantamiento que lo catapultó fuera de lo que es estrictamente un género hasta ser gran literatura.

Este hijo, Nick, escritor como su padre, y su hermano Tim, periodista fallecido recientemente, son responsables ahora de que este hombre, un inglés tranquilo que vivió gran parte de su vida al sur de su país, en Lands End, tenga bien ordenada, y palpitante, una correspondencia que hoy escandaliza y admira. La publica Planeta con el título Un espía privado.

Personajes de la literatura, y de la vida, como Graham Greene o Philip Roth, entre muchos otros colegas, así como políticos de su país o extranjeros, y otras figuras del universo que transitó le Carré, palpitan en este libro. En esa correspondencia, vitriólica y tierna, desafiante y dolorida, sobre todo por la difícil relación que tuvo con su padre, aparecen, además de los escritores citados, Margaret Thatcher, John Cheever, John Banville, Alec Guinness y (el que peor parado sale, en la lectura de este periodista) Salman Rushdie.

Muchos hemos sido lectores de sus libros desde que apareció, sobre todo, El espía que surgió del frío. Al otro lado de la pantalla le preguntamos a este hijo escritor de John le Carré (que ha culminado la labor editora de su hermano Tim) por su relación con la obra de su padre (comenzando precisamente por aquel título mítico, El espía…) y por el contenido de este legado que ahora ofrece tanto escalofrío como el que llevaron dentro las cartas que aparecen con la firma, a veces, del nombre propio real (David Cornwell, 1931-2020), o de uno de los más famosos seudónimos de la literatura del siglo XX: John le Carré.

P. ¿Qué sensación se le quedó al leer, por ejemplo, El espía que surgió del frío?

R. Llegué a este que menciona bastante tarde. De pequeño leí primero El topo, La gente de Smiley y El honorable colegial… El espía… llegó más tarde. Me quedé fascinado, supersorprendido, porque era una narrativa lineal, muy simple, muy adusta, como muy dura, noir, muy negra… Yo estaba acostumbrado a otro estilo más discursivo, como el de El topo… El topo es una burla del establishment, y tiene humor. Mientras que El espía… es realmente duro, adusto, como más recortado. Ahora lo leo y lo releo, y tengo la sensación de que es como un muro que estará ahí para siempre. ¿Le pasó lo mismo al leerlo?

P. Entonces parecía literatura para siempre…

R. Pienso que, en su momento, para la época, debía ser una novela incuestionable, aun más definitoria que lo que es ahora. Captura un momento de la historia que para muchos ahora resulta incomprensible.

P. La época dura de la posguerra. ¿Le ayudó a usted a entender a su padre un libro como este?

R. Claro, conviví con él mientras se dedicaba a escribir. Era mi vida, día a día, así que no era consciente de que eso que había vivido fuera tan remarcable. Hasta que hace poco he caído en la cuenta de que la mía fue una infancia muy atípica, muy diferente a las de los otros niños. Entonces yo veía a mi padre escribir, y leía cada uno de sus libros pensando que aquello era otro ejemplo maravilloso de lo que hacía… Las cartas sirven ahora para ir sabiendo de ese pasado, de su trabajo como espía, de su obra y de sus cartas privadas, que son las que ahora salen a la luz. Él era una persona alegre y desenfadada. Eso era para mi, y yo experimenté el conocimiento de ese ser. Para mí los libros eran secundarios.

P. En las fotografías aparecen usted y sus hermanos con él. Él ríe mucho. ¿Cómo eran esos encuentros? ¿Cómo era la risa de su padre?

R. Todos teníamos relaciones diferentes con mi padre, porque cada uno es muy diferente. Para mi era un hombre que siempre estaba presente, y siempre estaba en casa, a veces invisible, trabajando en su despacho. Trabajando, pero estaba. Durante mucho tiempo pensé que cerraba la puerta para que no entrara yo, expresamente. Pero yo sabía que si tenía que entrar en ese despacho, por lo que fuera, podía hacerlo, pero había que pensárselo: no había que entrar a la ligera. Ahora soy padre y tengo dos hijos, y sé que él se encerraba para evitar salir. Oigo a mis hijos, claro, me dan ganas de salir a jugar con ellos y dejar aquello que estoy haciendo. Y a él debía pasarle igual, porque le encantaba jugar, contar cuentos, le encantaba reír, estar con sus hijos, con nosotros. Con él la relación fue extraordinaria. No tengo otra palabra.

P. Y llegó el adiós.

R. Cuando él murió yo sentí en mi fuero interno una devastación, pero pensé enseguida que no había nada que hacer. Yo le adoré, él me adoró. Yo le quería, el me quería. ¿Qué más se podía pedir? No hay temas que cerrar. Todo estaba hecho y tuvimos momentos maravillosos. Ahora veo este libro y lo leo. Y lo veo delante de mi otra vez…

P. ¿Alguno de ustedes heredó el carácter?

R. Todos, a diferentes escalas y de diferentes maneras. Yo soy escritor y escribo libros. Steven es guionista, escribe para la pantalla. Simon es productor. Y Tim, el que compiló las cartas, solía dedicarse al periodismo. Todos somos capaces de contar una historia de un modo u otro. Todos somos contadores de historias. O sea que hemos heredado eso, y muchas cosas distintas. Por ejemplo, las cejas: ¡a los cuatro nos han correspondido sus cejas! Si se nos ve a los cuatro juntos se sabe que venimos de él, por estas enormes cejas.

P. En este libro de cartas hay pasajes íntimos, muy personales. ¿Cuál hizo que usted se quedara parado, rememorando?

R. Creo que yo abordo este libro de manera distinta a como lo puede leer cualquiera. Me fascinan las cosas que no sabía, no aquellas que ya conocía. Las primeras cartas, las más tempranas, escritas y enviadas antes de que yo naciera. Mi padre era mi padre claramente, pero yo no lo conocía. Leyendo esas primeras cartas parece que lo oigo, reconozco el ritmo de su escritura, aunque esté hablando de una fe religiosa que no profesaba. Y eso me parece extraordinario.

P. Su padre fue abandonado y recogido, y de ello habla en sus cartas. ¿Cómo le afectó a usted la lectura de esas cartas en particular?

R. No me afectó. Es muy extraño redescubrir cosas de un padre una vez fallecido éste, porque eso no es algo que le pase a todo el mundo. Además, le hemos visto tal como le han visto los demás, por su vida pública. Al hacer mi duelo personal lo leí y recibí un montón de mensajes de gente que no lo había conocido, diciendo lo mucho que mi padre había significado para ellos y hasta qué punto les había impactado. Era el tiempo de la pandemia, todos estábamos confinados, todo el mundo estaba de duelo por alguien, lamentablemente, porque murió muchísima gente.

P. Fue un modo de prolongarlo en la mirada de los otros…

R. Fue muy extraño y hermoso a la vez poder recibir ese apoyo de personas que no significaban nada en nuestras vidas. Animó mucho, como leer este libro de cartas o el documental Volar en círculos [se estrena este viernes 20 de octubre en Apple TV+], sobre su vida. Me parece que lo vuelvo a leer, lo revivo, lo veo de maneras distintas, a través de los ojos de otros. Leer esos mensajes, como leer sus cartas, no cambia nada con respecto a cómo lo conocí: ahora llego más profundo, pero nada de todo eso cambia mi versión de mi experiencia con él.

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P. Su hermano, que ha compilado las cartas, dice que fue un carácter. ¿Ese carácter era de una sola pieza o había muchas maneras del carácter?

R. Yo creo que todos llevamos dentro multitudes. Sus multiplicidades se veían cuando hablaba en público desde un escenario. Luego estaban el pensador más serio, el escritor, el padre. El abuelo, por ejemplo. Era una pasada con nuestros hijos, sus nietos. Sí, es verdad: albergaba en su interior una multitud de caracteres. Pero para mi, así es como lo veo… Como escribía de espionaje la gente podía pensar que, como hablaba de engaño y de traición, era capaz de engañar, pero él era transparente…

A veces en estas cartas mi padre parece un hombre arrogante, pero a mi me parece que en esas cartas en particular que denotan esa arrogancia en realidad se está burlando de sí mismo…”

P. ¿Cómo nació este libro con sus cartas?

R. Tim y yo hablamos mucho de este libro porque Tim había sido periodista. Periodista de cabo a rabo, de los que va a las fuentes. Mientras que yo soy novelista, y además estudié historia, de modo que para mí el texto escrito es una fuente en sí mismo. Tim creía que teníamos que dar más contexto y yo que había que dar más texto, para transmitir el diálogo que hay alrededor de lo que escribe. A veces en estas cartas mi padre parece un hombre arrogante, pero a mi me parece que en esas cartas en particular que denotan esa arrogancia en realidad se está burlando de sí mismo… Usaba palabras muy fuertes, para lo bueno y para lo malo, también para hablar de sus libros o de la obra de los otros. Por supuesto que era parcial, con la escritura y con las personas.

P. ¿Habló con él de la escritura?

R. Rara vez hablamos directamente sobre la escritura. Le preocupaba siempre que nos impactara su gran sombra. Él quería, en mi caso, que sobresaliera el paisaje que me rodeara… Y muy pocas veces hablábamos de literatura, a no ser que surgiera un asunto en concreto. De literatura hablaba con otros. De niño lo recuerdo leyéndole a mi madre, que le decía que esto o aquello no se entendía. Ahí fui escuchando su ritmo de escritura…

P. Tim dice en el prólogo del libro que estas cartas son “frescas, vigorizantes, vívidas, mordaces, o suaves, jugosas, ricas, con su punto de maldad”, y también que su padre fue el último gran escritor de cartas del siglo XX…

R. Las cartas son un documento extraordinario y el trabajo curatorial que hizo mi hermano Tim es increíble. Lo hizo desde el amor más profundo. Se sumergió literalmente en esos documentos epistolares. Hay episodios duros [la relación con el padre, sobre todo] que no fueron tarea fácil y Tim los abordó con gran valentía. Nuestro padre murió a finales de 2020, y Tim empezó a recopilar las cartas en mitad de 2021… Todo muy reciente, no fue sencillo. Las cartas son el resumen de la vida de mi padre, incluyen una cantidad ingente de información, que a veces refleja episodios precisos de días, de circunstancias, que explican quién era en cada momento.

P. Su padre admiró a gente como Graham Green, a Philip Roth o Ian McEwan, y es evidente en su correspondencia que leyó lo más importante de lo que se publicó en el siglo XX… Hay una correspondencia muy dura a partir de la diatriba en torno a la publicación de Los versos satánicos de Salman Rushdie, acaso lo más virulento del libro en cuanto a su consideración de los literatos…

R. Si él no respetaba a alguien no iba a entrar en diatribas, no entraba al trapo. Con Graham Green, por ejemplo, se encontraban, hablaban y luego venían las cartas, pero con muchos otros sólo hubo cartas, algunas de las cuales están en el libro. En el caso del episodio tan grave sobre Salman Rushdie él aplicó una convicción política: ¿a quién va a dañar o a quién iba a beneficiar un determinado gesto? Rushdie había tomado la decisión política de dar a conocer su obra y esa actitud causó la muerte de personas inocentes. Eso mi padre lo tenía clarísimo. Había libreros, editores, que podían sufrir por esa publicación… Y a partir de esa convicción se pronunció en contra de la publicación del libro de Rushdie…

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P. ¿Qué palabra subrayaría usted hoy para destacar el paso de su padre por la vida y por la literatura?

R. Hay mucho talento.

Las cartas de le Carré (extractos)

– Carta a su padre, Ronnie Cornwell, en respuesta a una airada misiva anterior de éste, que había estado en la cárcel por estafador (1965)

‘Querido Padre:

Gracias por tu carta y por la copia de la carta que enviaste a Pitman, el del Express. Siento mucho que el artículo te haya molestado. Has de comprender que me resulta muy difícil responder a las preguntas de los periodistas sobre mis antecedentes familiares y sobre ti. No hay periódico que no tenga en sus archivos suficientes recortes de prensa sobre ti como para dar una imagen mucho más embarazosa que la que yo he pintado’. 

– Carta a Susan Kennaway, su amante y esposa de su amigo, el escritor James Kennaway. En la posdata le da instrucciones sobre cómo comunicarse durante el tiempo que ambos matrimonios pasan en diferentes puntos de Austria (1965)

‘P. D. Llamaré al número de Hillie el próximo DOMINGO a las 10.00 en punto, si puedo. (Estaremos en Bonn entonces). Si no estás, deja un mensaje de cuándo puedo llamarte (haré una llamada personal). Para emergencias, me alojo en el hotel Cäcilienhöhe, Bad Godesberg, cerca de Bonn, Alemania Occidental; número de teléfono Bad Godesberg 62733. Un telegrama firmado «Atentamente Peter» puede llegar allí directamente. Estaré allí el viernes.’

– Carta a Philip Roth, que acababa de afirmar que Un espía perfecto era “la mejor novela inglesa de después de la guerra” (1986)

‘Querido Philip:

[…] eres tú quien probablemente tendrá que luchar contra las burlas de tus amigos, lo de “francamente, Philip, viejo amigo, te has pasado un poco, ¿verdad?”. Y con una reputación literaria que proteger tan augusta como la tuya, has tenido un gesto asombrosamente generoso, y te estoy profundamente agradecido, y no puedo dejar pasar más tiempo sin decirlo’.

– Carta a Nicholas Greaves, un niño de 10 años que le preguntaba cómo podía ser espía (1988)

‘Querido Nicholas:

Muchas gracias por tu carta. Para ser espía, primero tienes que saber lo que piensas del mundo, a quién te gustaría ayudar, a quién frustrar. Esto, me temo, lleva su tiempo. Además, tienes que decidir cuánto estás dispuesto a hacer mediante métodos deshonestos. Eres muy joven para decidir ser deshonesto. Supongo que quieres emoción y una gran causa. Pero creo y espero que si alguna vez encuentras la gran causa, tu emoción se derive naturalmente del placer de servirla, y entonces no necesitarás engañar a nadie, habrás encontrado lo que buscas. Y serás más que un espía. Serás un hombre bueno y feliz’.

– Carta al columnista de The Guardian William J. Weatherby sobre su desacuerdo con que Salman Rushdie no hubiese retirado su libro Los versos satánicos, que costaron la muerte de doce personas en India, bombas en librerías de Londres y atentados contra editores y traductores del libro. El de japonés murió apuñalado (1989)

‘Querido señor Weatherby:

Rushdie es una víctima, pero yo no lo considero un héroe. Lo lamento por él y respeto su valentía, pero no lo entiendo […] ¿Cómo puede un hombre cuya novela, por retorcidas razones, ya ha causado tanto derramamiento de sangre empeñarse en arriesgar más? […] Una peculiar justificación utilizada por los defensores más vociferantes de Rushdie es que la novela tiene un gran mérito literario; hay quienes insisten en que es una obra maestra. Me parece un argumento muy peligroso y contraproducente. ¿Habrían saltado las mismas personas en defensa de un Ludlum o un Archer? ¿O hemos de creer que quienes escriben literatura tienen más derecho a la libertad de expresión que quienes escriben libros baratos?’

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