En la guarida de Miss Caffeina: “Me aconsejaron que no dijese que soy gay ya que perderíamos público”


A Alberto Jiménez le ha salvado la música mil veces. En ella ha encontrado el refugio más seguro contra los bofetones que cada etapa le ha propinado. Con la cara partida, ha dado voz a muchos debates que aún no damos por superado: desde el acoso escolar hasta la liberación sexual. Sus canciones son el relato de una generación que, inundada de sustos y dilemas, ha mirado a los intolerantes de frente.

Jamás se ha amedrentado frente a los que, cada cierto tiempo, le han señalado por no cumplir la norma: es cantante, gay y padre. Una realidad que, por muy natural que parezca, le ha traído cola. Sin embargo, ha logrado hacer del dolor un arte. Y aquello que un día le heló la respiración hoy aplaca el nervio de un buen puñado de personas. Como a él, su música se ha convertido en la guarida de quienes pelean sin temor a las represalias.

“Somos una consecuencia de lo que vivimos en la adolescencia. Ese daño no se ha ido. No obstante, he aprendido a entender al chico que era antes. Y, por tanto, al que soy ahora”, expone Alberto. El líder de Miss Caffeina recibe a EL PERIÓDICO DE ESPAÑA en el rincón donde sus emociones han tomado tierra. Aquí, el niño que fue y el adulto que es se dedican miradas de complicidad.

Están las fotografías del pasado, pero también las melodías del presente. El salón de su casa ha sido testigo de cada una de las batallas que ha librado. Está flanqueado por libros de Melanie C, Miguel Bosé y David Bowie. Lo que deja entrever su vena ochentera. De hecho, de pequeño, soñaba con cantar al lado de Madonna, Nina Persson y Ana Torroja.

Las imitaba en los shows que protagonizaba con tanta pillería en casa de sus padres. Por aquel entonces, ya tenía claro que el arte rondaba por sus venas. De lo que no tenía ni idea era de que además le protegería. “Lo hace continuamente. Es un sitio al que acudir a menudo. Con los años me he dado cuenta del privilegio que es tener la música cerca”, articula reflexivo.

Antes de continuar, toma aire. Alberto, aunque espontáneo, piensa bastante lo que verbaliza. Si por algo se caracteriza su discurso es por su enorme simbolismo. “Cuando aún vivía en el pueblo, organizaba a diario un miniespectáculo. Yo solo, con mi guitarra. ¡Qué flipado! No he sido de esos músicos que se conocen y, al mes, acaban tocando juntos. En mi caso, siempre tuve claro cuál era mi camino”.

P. Sufrió una infancia marcada por el bullying: le insultaban, le perseguían, le ignoraban… Con 39 años, ¿duele echar la vista atrás?

R. Me he dado cuenta de que hay que ser menos sumisos y no esperar que nos acepten. Tuve la suerte de que mi familia me lo puso todo fácil. Tampoco he sentido la necesidad de luchar por una meta en concreto. Era la circunstancia que me había tocado. Recuerdo que, cuando ya pusimos en marcha Miss Caffeina, no era habitual que el vocalista de una banda de indie rock dijese que era gay. En cambio, yo tenía ganas de hacerlo. Y lo viví con naturalidad. Empezar a utilizar el masculino fue liberador.

P. ¿La industria, en algún momento, le surigió que escondiese su sexualidad?

R. No hace falta que te lo digan para que tú notes que no deberías contarlo. En los inicios, hubo quien me aconsejó que no dijera que soy gay porque íbamos a perder público. No le hice caso.

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P. “Volveré con más cordura, más sereno y con arrugas. Pasearé por el colegio, esta vez sin tener miedo. Volveré para enseñarte que, al final, hice algo bueno con todas tus frases hechas, con todos tus golpes secos”, paladea en Reina. ¿Cómo es el proceso de hurgar en la herida para volcarlo en el papel?

R. Al tratarse de una historia específica, fue más sencillo encontrar las palabras que mejor encajaban. La compuse en 20 minutos. Y nunca pensé que formaría parte de un álbum. Incluso, antes de publicarla, dudé porque se sabe de lo que habla.

Al filo de la navaja

Alberto empezó a componer a los 12. El primer tema que alumbró era en inglés, aprovechando el vocabulario que aprendía en las clases extraescolares. “Qué horror”, apunta entre risas. Lo que le motivaba entonces era diferente a lo que lo hace hoy. Ahora bien, la inspiración siempre ha sido la misma: su vida. Distintos ciclos que, así pasen otras 39 primaveras, no han perdido vigencia.

Los que aparecen en Destrucción creativa (2007), En Marte (2008), Carrusel (2008) y Magnética (2009) destacan por la inocencia de las primeras veces. “Son entrañables, aunque suenen fatal. Fueron un ensayo-error. Teníamos tanto respeto al primer disco que decidimos esperar hasta estar realmente seguros del material. Por eso tardamos en editarlo”, explica.

Imposibilidad del fenómeno (2010) sacó a Miss Caffeina de MySpace, la red social donde habían compartido sus cuatro epés previos. Gracias a Capitán, Mi rutina preferida y Ley de la gravitación universal, el grupo se desmarcó del estilo naif que le atribuyeron en sus orígenes. De repente, se volvió contundente y ecléctico.

Dos dictados que les siguen acompañando en la actualidad: “Era el debut que deseaba. Las canciones estaban bien para lo jóvenes que éramos. Nos dieron frutos muy buenos. Eso no significa que no tengan defectos”. Para darle una entidad al proyecto, Alberto se pintaba un antifaz negro en los conciertos. Una insignia que, en cada nueva fase, ha ido cambiando. “Me lo copiaron otros artistas… no voy a desvelar quién”, asegura a carcajadas. En la actualidad, se colorea el pelo de rosa.

P. Demasiado indies para el pop. Y demasiado poperos para el indie. ¿Les costó encontrar su sitio?

R. Nos sentíamos al filo de la navaja. A veces, para bien porque podíamos hacer lo que nos diese la gana. Y, otras, para mal porque no nos entendían en ningún lado. Pero ahí también se está a gusto.

P. A la par, desarrolló un alter ego: Pushbike Rider. ¿Era un plan B?

R. Me apetecía hacer algo solo. Así que grabé unos temas que tenía guardados y los subí a Bandcamp sin ninguna pretensión. Los toqué en vivo alguna vez, pero no fue una experiencia que me encantase. Me cansaba no estar acompañado en el escenario. Si bien no tengo intención de recuperarlo, me gustaría lanzar un disco en solitario algún día. Esta vez, como Alberto Jiménez.

P. ¿Lo compaginaba aún con otros trabajos?

R. Sí. He sido desde teleoperador hasta diseñador gráfico. Currábamos de lunes a jueves y dedicábamos los fines de semana a tocar. Era una locura.

Luces y sombras

Una situación que mantuvieron durante la gira de su segundo cancionero. De polvo y flores (2013) trajo consigo una oscuridad que les sentó de maravilla. Tanto sonora como intencionalmente. Hielo T, Venimos y Disfraces marcaron un precedente electrónico que, más tarde, terminaría por consagrarles.

“Nos decían que sonábamos más potentes en directo, por lo que quisimos trasladar esa contundencia al estudio. Pensamos en varios productores que no acabaron de convencernos. Hasta que nos propusieron a Max Dingel, con el que seguimos trabajando. No tenía demasiadas referencias del rock español, lo que nos atraía para así poder distinguirnos del resto”, sostiene. De nuevo, Alberto volvió a escarbar en su interior para gestar algunos de sus títulos más icónicos. Entre ellos, el entrañable 19.

“Fue fácil de hacer y difícil de publicar ya que habla de la muerte de mi padre. Aunque ya había intentado abordar el asunto, el resultado siempre me parecía ñoño. Es justo lo que me está ocurriendo con mi hija: cada vez que me pongo a escribir me sale algo edulcorado. Quiero contarle lo que estoy viviendo a su lado. En cualquier caso, creo que ya he llegado a una versión que me gusta. Aquellas canciones que transmiten verdad son las que mejor conectan con la gente”, prosigue.

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Mira como vuelo, el primer adelanto de su exitoso Detroit (2016), saboreó las mieles de esta fórmula. Ésta les catapultó a una cima de la que aún no les han bajado. Desde entonces, no hay festival que no se rife a Miss Caffeina. Es su hábitat natural.

P. ¿Intuían que iba a funcionar tan bien?

R. Qué va. Jamás imaginé que fuese a sonar en todas las radios o que nos abriese tantas puertas. Todo llegó de golpe. Como curiosidad, diré que no la teníamos clara como single. Nos emperramos en que no lo fuera porque se asemejaba a lo que ya habíamos hecho. Apostábamos por El rescate, pero el equipo y la familia nos reorientó. Tenían razón… y eso da rabia.

P. Conocieron el éxito ipso facto.

R. Para mí, éste consiste en vivir con tranquilidad. Y, por supuesto, en seguir sacando discos que los seguidores continúan esperando. Es verdad que me lo imaginaba de otra forma cuando era pequeño. Quizá, más glamuroso. Pensaba que jamás volvería a fregar platos y, cada mañana, me sorprendo haciéndolo. Entiendo que, tal vez, Rosalía no lo haga… Bueno, supongo que sí. Qué tontería. Al final, tú no eres músico las 24 horas. Y menos mal: hay quien no se quita el traje de artista y eso es aburridísimo.

P. Oh! Sana trata sobre la homosexualidad desde la perspectiva religiosa. ¿No le dio reparo abordar una cuestión peliaguda?

R. Cuando compongo no suelo pensar en quién lo va a escuchar después. No me cargo con esa responsabilidad. Mola porque así no escribo condicionado. Lo bueno de esta canción es que está todo encriptado a través de metáforas. Tanto es así que pensaba que sólo iba a entenderla yo.

Una letra en catalán

Con Detroit afinaron el sonido electropop que les define, pero con Oh! Long Johnson (2019) lo perfeccionaron hasta convertirlo en una marca personal. “Es mi favorito, el que refleja nuestro mejor momento creativo. Aunque suele pensarse que la música de baile no puede ser introspectiva, nosotros hemos contado intimidades con un beat de fondo”, puntualiza.

Merlí fue su carta de presentación, un homenaje a la serie protagonizada por Carlos Cuevas que defiende el derecho a ser único. “I què fem? Merlí, què fem? Viure, viure, viure, nen”, dice la letra en catalán. Un giro que, por instantes, pensaron que podría molestar a alguien: “Por suerte, nuestro público no está metido en estas movidas. Es verdad que nos lo planteamos hasta que vimos a un Wizink Center entero cantándola. ¡Toma! En México, nos acaba de pasar lo mismo”.

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Antes de la pandemia, Miss Caffeina cerró una de las giras más extensas del país: 100 fechas demostraron el músculo de una banda que aún no había encontrado techo. Sin concluirla, y tras los meses de parón por el covid-19, fueron compartiendo nuevos títulos para mantener la expectación hasta la salida de El año del tigre (2022). Un elepé que, bajo una renovación evidente, no encajó como los anteriores.

“Está lleno de buenas canciones, pero algunas mal llevadas. Teníamos prisa en sacarlo ya que nos dieron una fecha para la fabricación. Nos pilló tocando y yo acababa de ser padre. Igual no estábamos tan centrados en plasmar lo que queríamos”, confiesa Alberto. Pese a ello, lejos de pasar desapercibido, les mantuvo en una suerte de movimiento a pesar de las limitaciones adoptadas por el virus.

P. Además de las conocidas Fuerte el aplauso, Autoayuda o Me voy, hay un tema que sobresale por cómo está articulado. No entiendo nada parece un telediario dada la cantidad de actualidad que recoge. ¿Usted qué cosas de 2023 no entiende?

R. No entiendo que estemos retrocediendo en derechos sociales y que se pongan en entredicho debates que se daban por superados. Y, sobre todo, no entiendo por qué no van más rápido cosas que dependen de partidos políticos que deben estar en la defensa de los menos privilegiados.

P. Es evidente que España ha cambiado bastante desde que empezaron. En especial, para el colectivo LGTBIQ+. Sin embargo, no hay que olvidar que Madrid es una burbuja.

R. Es la ciudad más marica de Europa, pero no la puedes poner de ejemplo de nada. Sigue habiendo un Talavera o un Badajoz. Con todo, se están produciendo cambios en lugares más pequeños. Es genial. Lo que me preocupa es que, cuando esto sucede de un modo orgánico, de inmediato se produce una reacción en contra brutal. Y eso da miedo.

P. ¿Se ha reencontrado con alguien que le hizo daño?

R. Sí. Me ha pedido fotos gente que me insultaba y me perseguía. Incluso entradas. Y te ríes… ¿qué vas a hacer? Ahora, estoy en una posición privilegiada para decirles que no.

Una nueva era (asiática)

La era asiática de Miss Caffeina no ha terminado: Shanghái Baby (2023) es un epé que da continuidad a su último álbum. Al menos, estéticamente. Pues, a nivel musical, recupera la esencia electropop que tan bien les funcionó. Aunque, eso sí, con una entidad propia. Entre afiladas baterías y mordaces sintetizadores, han concebido cinco cortes que no tienen nada que envidiar a sus mejores composiciones.

Para toda la vida, Y de repente, Fade Out, Shanghái Baby y Sin embargo no son una explosión de color y energía muy eficiente: basta que empiecen para que su efervescencia sideral impida mantener el pie quieto a cualquiera. Un universo particular que Alberto, Toni y Sergio han creado para llevar las emociones a un nuevo plano. De puertas para adentro, todo puede pasar.

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P. Hay una frase que le ha acompañado desde que irrumpió en las redes sociales: “Am I gonna be a star?”. ¿Es ya esa estrella?

R. No lo sé. Este verso procede de American Life, una canción en la que Madonna se cuestionaba a sí misma cuando ya llevaba 20 años de carrera. Es muy diferente lo que tú habías imaginado de lo que realmente te encuentras. Yo también me lo he preguntado varias veces: ¿algún día seré lo que tenía en la cabeza?

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