En la guarida de Alba Reche: “El amor no tiene la culpa de lo que hemos hecho en su nombre”


Alba Reche sigue siendo la niña que vivía en el campo rodeada de animales. Aquella que, en un matriarcado, hablaba con la naturalidad que da la seguridad. Era curiosa, avispada e ingeniosa. La vida le parecía tan seductora que no malgastó el tiempo en hipótesis absurdas, salió a conocerla con la convicción de hacer suyo cada descubrimiento. En estos 25 años, no ha parado de coleccionar recuerdos en su garganta. Un frágil recoveco que, por mucho que se empeñe, acaba desvelando su interior. Por ello, a veces, su música pincha, quema, mima, sana, alenta…

Hay tantas vísceras en ella que no es posible mirar hacia otro lado y hacer como si nada. La franqueza con la que canta la ha convertido en una de las artistas predilectas de los Z, una generación interesada en la transparencia, el diálogo y la diversidad. Justamente, los tres atributos que esta joven de Elche ha defendido a capa y espada desde que se estrenó en las tablas con 14. Incluido Operación Triunfo, donde habló cara a cara con una multitud que la llevó a la gloria.

“Creo en el amor. Pienso en su finalidad, dónde radica y dónde termina. De ahí que revolotee tanto en mis canciones. No sé si tiene sentido, pero me gustaría conocer todas las formas de querer que existen”, apunta Alba, que ha hallado en este sentimiento el lenguaje perfecto para comunicarse. Lo utiliza en sus conciertos y sus redes sociales. También en sus rutinas. Y, por supuesto, en esta charla: la entrevista con EL PERIÓDICO DE ESPAÑA tiene lugar en Mapa Música, el estudio donde ha compuesto y grabado un buen puñado de ellas.

Flanqueada por teclados y micrófonos, hace gala de esa particular manera que tiene de acariciar el mundo. Tararea cuando quiere. Y habla con pasión. Es una persona que, en su esfera íntima y profesional, comparte su energía para derribar murallas y levantar flores. Quiere plantar bienestar a su alrededor. Y, para lograrlo, emplea un discurso integrador y una música afilada: en sus temas no hay apariencia, sino contundencia. El mejor remedio frente a las injusticias que en ellos condena.

La firmeza con que las expone la ha adquirido con tiento. En las trincheras: “Empecé pronto en las orquestas. Ahí, de hecho, comenzó mi disfonía por pegarme horas de furgoneta y bolo. Y en la universidad, cuando me independicé y cambié de ciudad, me lancé a los bares”. Aunque entonces ya ingresaba dinero por sus actuaciones, tuvo que compaginarlas con otros trabajos para, a la par, costearse la carrera de Bellas Artes. Experiencias que, más tarde, han acabado tomando cuerpo en sus letras.

Pues ella, diáfana y categórica, jamás ha rechazado la realidad por muy bravucona que se pusiese. Por esa búsqueda constante de la libertad entró en Operación Triunfo, la plataforma que le permitió llegar a la masa sin alterar su carácter: en ella hizo tan suyas melodías de Sara Bareilles, Zaz y Radiohead que conquistó la medalla de plata a sólo un 1% de la victoria. “Me enseñaron a conocer mis cuerdas, algo que nunca había estudiado y que buscaba en YouTube para seguir desarrollándome”, mantiene.

P. Tras salir del concurso, dada la enorme exposición a la que se vio sometida, ¿tuvo que poner nuevos límites?

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R. Sí, aprendí a socializar otra vez. No me gusta demasiado el contacto físico. Al menos, recibirlo. Darlo sí. No me agrada que me toquen de primeras. Y eso, al principio, me angustiaba bastante. No quería sonar maleducada. Así que me rodeé de mis seres queridos, lo que me ayudó a ubicarme a mí y al resto.

P. ¿Se ha sentido sola?

R. Muchísimas veces. Esta fue una de las razones por las que decidí que mi hermana me acompañase de gira: dormía sola y, después de noches de tanta energía, lo último que me apetecía era eso. Fue lo más duro. A día de hoy, comparto habitación con mi banda: Saray, Didi y Greta.

P. ¿Siempre ha cuidado así de su salud mental?

R. Tengo mucha autoconciencia. De pequeña, me llamaba la atención todo lo relacionado con la mente.

Mercantilizar el dolor

Quimera (2019) fue su primer disco, un bomba pop y soul con numerosas referencias a la mitología. Salió al mercado 10 meses después de terminar el concurso, un plazo inusual vistas las prisas que hubo con otros compañeros. Lo habitual hubiera sido publicar material inédito de inmediato para aprovechar el tirón televisivo. “Hay que entender los mecanismos de la industria: ellos te meten presión porque saben que es lo mejor para tus números. Fue el momento de mayor inseguridad de mi vida”, sostiene la cantante, que obtuvo una nominación al Grammy Latino por su debut.

Un pronto reconocimiento que, si bien no se saldó con el gramófono dorado, le impulsó a seguir investigando géneros y armonías. Suele hacerlo acompañada, en un horario fijado con antelación. A ella le gusta concebir espacios adecuados para que la inspiración surja: “Intento que la escucha sea constante y generosa. Todo está abierto a la conversación”.

Hay una norma: las críticas que hayan recibido se quedan fuera. No quiere que éstas les condicionen a la hora de crear. De lo contrario, dos epés como La pequeña semilla (2021) y Honestamente triste (2022) no hubiesen sido posibles: artísticamente desbocada, materializó los dictados de su corazón. Sin presión ni pretensión. “Por primera vez, las canciones tenían nombre por sí mismas… lo que me hizo conectar con mi capacidad musical”, subraya.

También con ese amor primigenio al que se dirige y al que, en distintos episodios vitales, ha recurrido para calmar el presente: “Él no tiene la culpa de lo que hemos hecho en su nombre. Hay cosas que no lo son y, sin embargo, las hemos llamado así”. Debates a los que Alba ha ido poniendo palabras para que sus oyentes sean capaces de empatizar y sacar sus propias conclusiones. Este es el caso de las aplaudidas Pido tregua, No cambies tu andar, La culpa y Como si no importara.

P. ¿Por qué hacer de la tristeza el hilo conductor de su último álbum?

R. Fui honesta. Estos temas proceden de un momento en el que no estaba bien. ¿Por qué tenemos que edulcorarlo todo? ¿Por qué hemos de complacer a los demás con una felicidad constante?

P. En Esa también fui yo narra los abusos que sufrió. ¿Le preocupaba desvelarlos?

R. Tenía pánico por cómo se podía mercantilizar mi dolor. Y, de hecho, me molestó que algunos medios lo hicieran. En cambio, con mis seguidores sentí una de las conexiones más bonitas. Incluso muchos se atrevieron a contarme sus historias. La respuesta fue más positiva que negativa.

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P. Por seguro, su relato estará ayudando a otras mujeres en situaciones similares. ¿En su caso, contó con estas referencias?

R. A nivel musical, no. Se me viene a la cabeza el caso de Zahara, pero salió a la par que el mío. Así que me fijé en mis amigas. Yo me aislé, no hablaba con ellas. Y eso terminó afectando a mi relación con la familia. Por eso es fundamental tener distintos modelos.

Icono bisexual

A la hora de trasladar esta intimidad al directo, los nervios toman la delantera. Ahora bien, sólo hasta que pasa el primer corte. Después, el deleite se impone. Y, entonces, las emociones se acompasan a los acordes. “Cada vez que me toca salir al escenario, hago un ritual que me enseñó una prosista de México: me santiguo. No tiene nada que ver con el cristianismo, sino con abrirse y cerrarse corporalmente al público. Cuando lo hago, siento que la energía me llega más. O eso pienso”, rememora.

Asimismo, le ayuda la confianza que le han transmitido sus progenitores a la hora de escoger y desarrollar su profesión. Le dieron autonomía para conocerse por dentro. Y, hoy, le aportan aliento y serenidad para mostrarse por fuera: “Me han inculcado sus principios: ella el contacto y la familia, mientras que él la libertad y la expansión”. Rara vez se pierden un concierto de su hija.

Para no descuidar sus raíces, Alba suele tomar referencias del entorno en el que creció. Lo hace para no olvidarse de quién es y de por qué está aquí. Pues, para ella, la música tiene sentido si es una extensión de su alma. Un rincón en el que, según sienta, los versos suenan en español o en valenciano. En esta última lengua ha escrito Flor alta y La mare, dos canciones en las que defiende su origen: “En casa no se hablaba, pero mis colegas sí. Conforme fui haciéndome adulta, me hicieron sentir que pertenecía a un sitio”.

Así lo deja patente en su estribillo: “Amb la terra jo me’n vaig sense oblidar que el temps es d’ella. Encara que no esté a favor, sempre s’entrega”. La tierra y el tiempo a los que hace mención tiene mucho que ver con la llaneza, la lucidez y la simpatía con la que interpela al mundo. Y, desde luego, con la claridad con la que se expresa. De siempre, ha mostrado su sexualidad sin cortapisas, sin matices, sin máscaras. Motivos por los que se ha convertido en un icono LGTBIQ+.

P. Habla de su bisexualidad con normalidad.

R. Sí, así me educaron a pesar de que nadie de mi familia pertenece al colectivo. He tenido alrededores amables. Sobre todo, cuando empecé a descubrir mi sexualidad más mayor. Mis amistades son queer, por lo que he disfrutado de esa fraternidad. Quiero seguir haciéndolo, aunque la subida de la ultraderecha va a intentar derrocar lo que hemos ganado. A veces, me da miedo salir de mi burbuja… me recuerda que hay otros pensamientos que no tienen sentido.

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P. ¿Ha sufrido bifobia?

R. Dentro y fuera del colectivo. Por un lado, me he topado con chicas que piensan que estás en una fase transitoria. Y, por otro, hay chicos que te sexualizan montándose una película en la cabeza. Agresiones físicas no he vivido, pero eso no significa que no las haya. En mi caso, ha sido más psicológico.

P. ¿Lo ha tenido más complicado en la industria por ser mujer bi?

R. No con mi equipo. Hace dos años me sucedió una cosa durante el Orgullo: de repente, me di cuenta de que todos querían contar conmigo, pero el resto de meses no me llamaban. Además, me encontré a un montón de hombres cis hetero que no hacían nada por el colectivo en playlists creadas por grandes marcas. Me sentí insultada.

Romper techos de cristal

Ser tan sincera le ha jugado malas pasadas. En especial, en las redes sociales. Allí, una gran cantidad de haters se han dedicado a increparla a tenor de su discurso feminista: “Me han llamado gorda, puta y loca. Y me han acusado de inventarme mi orientación sexual. Por suerte, la psicología me ha ayudado a enfrentarlos. La esencia de uno no se define por lo que opine alguien que no te conoce. A mí no se me ocurriría nunca acercarme a nadie y decirle, por ejemplo, fea. Ya no se lleva ser mala”.

Ni paternalista, un revés que ha sufrido recientemente: “Nos hemos tenido que comer comentarios del tipo: este cable va aquí. Pues claro, sé cómo se enchufa una guitarra. Se han generado conversaciones hostiles durante las escuchas por culpa de señores de cierta edad. Seguimos soportando muchos desprecios. En cualquier caso, tengo claro que estamos en la dirección adecuada y que, paso a paso, mejoraremos”.

Otra de las reivindicaciones tiene que ver con la necesidad de implantar cuotas femeninas en los festivales para, así, poder asegurar su presencia. “Existe un techo de cristal que llevamos décadas intentando romper. Se trata de un problema estructural: si los directivos y los representantes son hombres, van a apoyar a artistas que no les den dolores de cabeza. Algo que, por lo visto, nosotras sí hacemos por querer liquidar tabúes. En consecuencia, tienes un cartel donde el 95% de los nombres son masculinos”, dice.

“Esta medida sirve, por lo tanto, para que tengamos igualdad de oportunidades. Estamos hablando de justicia”, subraya la intérprete, que se declara fiel seguidora de Silvana Estrada, Bad Gyal, Dora Salvatore, Rigoberta Bandini, Judit Neddermann… Cantautoras que, como ella, luchan a diario por ocupar el hueco que les han negado históricamente. Ahora, ha hecho fuerzas con Ginebras para lanzar su última canción: Santos inocentes.

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P. ¿A qué mujeres admira?

R. A aquellas que salen adelante en industrias difíciles. A mi abuela, mi hermana, mi madre… Ella sigue limpiando hospitales de ocho a tres. Eso me ha hecho tener perspectiva de lo que es el trabajo y el respeto. No me olvido de mi gente queer, que siguen intentando sobrevivir. Y también a esos hombres que quieren deconstruirse. Tengo esperanza en el ser humano.  

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