El ‘procés’ canario: la historia del pueblo de La Palma que se independizó de España tres días



 “Con bicheros, palos y cañas, gritemos con voz de calibre: viva Tazacorte libre e independiente de España”. Este es el cántico que, durante tres días, atronó una tierra de arena negra y corazón turquesa. Entre plantaciones de plátanos y aguacates, se levantó unos de los puertos más importantes del archipiélago canario. Uno que, más allá de su fortaleza comercial, se convirtió en un símbolo de orgullo… aunque muchos de sus vecinos ni siquiera lo sepan. Tazacorte es un pueblito de La Palma que, desde su fundación en 1492, se ha distinguido en lo político, lo cultural y lo económico hasta el punto de levantar una frontera imaginaria. No quería depender de nadie y, para ello, jugó una papeleta que tardó 27 años en hacerse realidad. Con matices, eso sí.

La idea original era escindirse sólo de Los Llanos, el municipio del que formaban parte. Por aquel entonces, la relación entre ambos territorios era tan tensa que el objetivo separatista resultaba más una cuestión de supervivencia. “Los secretarios del Ayuntamiento y del Juzgado Municipal se congratulaban en poner impedimentos a todo lo que pidiera un habitante de Tazacorte, ya fuera una simple certificación de residencia o una inscripción de defunción, haciéndole volver dos o tres veces, sin tomar en cuenta el camino a recorrer. Pero lo peor consistía en no registrar casi nunca los nacimientos, lo cual habría de ser descubierto cuando el interesado necesitara acreditar la personalidad”, explica Felipe Lorenzo en Crónicas de mi pueblo (1978).

Además, a diferencia del resto de la isla, sus desarrollos agrícolas le permitieron no depender del caciquismo dominante en la metrópoli. Y, en consecuencia, defender las ideas progresistas que abanderaban en su París chiquito. Así llamaban los bagañetes a su villa querida por lo avanzada que era para la época. Un rincón hoy, en cambio, conocido por los estragos que el volcán de Tajogaite causó durante 85 jornadas en 2021. “No quiero que nadie me quite la tierra, aquí nací y aquí quiero morir. ¡Es mi tierra! ¡Sí, la mía! Y no la del extranjero. No puedo olvidar este paisaje de resonancias románticas… Soy patriota de mi tierra fértil y cálida, donde la vida se funde con la naturaleza”, escribe Misael Pulido sobre este particular sentir en Un pueblo, un mar, un amor (1992).

El proceso de independencia comenzó en 1898 liderado por mercaderes, industriales, propietarios y exportadores que rechazaban el conservadurismo de los Sotomayor, la familia de Los Llanos que les había arrinconado durante años. Aprovechando un corto periodo de tiempo en el que el caciquismo perdió las riendas del poder, los vecinos se unieron para entregar en el Ayuntamiento su diligencia: “Dióse cuenta de una instancia presentada, fecha 15 de julio próximo pasado, interesando conformar un pueblo denominado Tazacorte […]. Esta acción no perjudica los intereses legítimos del resto y no le hace perder las condiciones que señala el artículo segundo de la Ley Municipal […]. Se estima justa y fundada la solicitud realizada”.

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Ésta, acompañada por un croquis de las nuevas lindes, fue enviada a la Diputación Provincial de Canarias, donde casualmente se traspapeló… hasta 1910. Entonces, el diputado Julián Vambaumberge la rescató y le adhirió certificaciones notariales para evitar otro fraude. Sin embargo, la estrategia no surtió efecto. Según relata Miguel Medina en La independencia de Tazacorte (1992), “el caciquismo se da cuenta de la maniobra y, ante el temor de que el expediente pudiera despertar en su plenitud, se encarga con actividad inusitada de inyectarle ampollas de esas que invitan a la placidez, al sueño justo, al letargo interminable. Un caso así como de encefalitis letárgica”.

Petardos, voladores y cohetes

Ante tal movimiento, los nacionalistas editaron su propio semanario: Tazacorte se erigió en el altavoz de la lucha secesionista. Y ya, en su primer editorial, mostró su contundencia: “Estamos a favor de toda causa justa, aunque en este empeño nos lleven de calle tiranuelos y azotapueblos de la peor jaez”. En plena contienda, apareció una figura que cambió el devenir de las cosas: Pedro Pérez. El abogado del Consejo de Estado, tras una visita al pueblo, se comprometió a gestionar la concesión del título de Ciudad, lo que muchos entendieron como el paso definitivo hacia la autodeterminación. Para ello, requirió a los residentes que redactasen una petición que mandaron al Gobierno el 16 de diciembre de 1910. Tres meses más tarde, llegó la respuesta.

El 25 de marzo de 1911, la Gaceta de Madrid publicó el Real Decreto por el que Alfonso XIII aceptaba su ruego: “Queriendo dar una prueba de mi Real aprecio al pueblo de Tazacorte, provincia de Canarias, por el desarrollo de su agricultura, industria y comercio, y su constante adhesión a la Monarquía Constitucional, vengo a concederle el título de Ciudad”. La noticia llegó a La Palma de madrugada gracias a un telegrama que Pérez había enviado desde Madrid. De inmediato, la euforia se impuso: gritos y canciones rompieron el silencio denso que llevaban años aguardando. Un júbilo que, entre petardos y voladores, se extendió durante tres días. Los mismos que, según la tradición, se separaron de Los Llanos. Y de España también.

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Si bien no hay documentos que acrediten este hecho, la cultura popular no lo descarta. EL PERIÓDICO DE ESPAÑA se ha puesto en contacto con Salvador González, historiador palmero que ha estudiado la causa en profundidad. A través del testimonio de los hijos de quienes la vivieron, ha armado una fotografía de la época: “Es muy probable que así fuera. El cantonalismo imperante hizo mella en el modo de pensar de los tazacorteños, quienes querían desvincularse como fuera de los atropellos caciquiles. Por lo que no es descabellado pensar que ocurriese”. De hecho, el folclore palmero lo ha recogido en distintos versos que han pasado de generación en generación. Como los que abren estas líneas.

De la República a la desilusión

“La gente no conoce esta historia. Los mayores con los que hablé sólo tenían leves recuerdos de sus padres y abuelos. Y ellos han desaparecido ya”, subraya González, que detalla el fin de la hipotética República de Tazacorte a las 72 horas. Una duración superior a los ocho segundos que duró la de Cataluña en 2017. “La desilusión llegó al tercer día, cuando los conservadores llanenses, a través del diputado Pedro Poggio, se dirigieron al ministro de Gobernación para que anulase la resolución. Una maniobra imposible tras haberse publicado de manera oficial en el precedente del BOE. Así que le propuso simular un error: diría que el título de Ciudad no era para Tazacorte, sino Tacoronte”, continúa.

El pueblo de Tenerife recibió dicho título gracias al cacique de La Palma, que urdió un plan para contradecir la voluntad del Rey y fulminar cualquier reconocimiento. “¿Puede ser esto?, se decían mirándose de hito en hito los vecinos. ¿No somos nosotros los que hemos solicitado esa concesión? ¿No ha sido el nombre de nuestro pueblo el escrito en la Gaceta? Imaginad las miradas de indignación”, transcribió el periódico local. De un plumazo les arrebataron una independencia que, por aquel entonces, parecía eterna… regresando, por tanto, a unos Llanos que quemaron contenedores y lanzaron bengalas durante este lapso de tiempo. Y, por supuesto, a una España que apenas era conocedora de los acontecimientos.

Hay quien asegura que el fin llegó tras la acción de la Armada, que supuestamente habría bombardeado la zona para controlar toda desobediencia. No obstante, se trata de una confusión histórica que, ante la falta de testimonios para contradecirla, se ha ido afianzando como realidad. Aquí no acabó el sueño emancipador de Tazacorte. Lo volvieron a intentar una vez más, aunque con un objetivo más asequible: ya no constituirían un nuevo país, sino un municipio con autonomía propia. El 1 de febrero de 1924, trasladaron a Miguel Primo de Rivera sus intenciones. Las aceptó al instante y, en cuestión de 25 días, la Diputación Provincial de Canarias resolvió el expediente a favor. El 18 de septiembre de 1925, se disgregó de Los Llanos.

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El triunfo de los vecinos

“Reúne los elementos suficientes de vida, pues posee parroquia, juzgado municipal, médico, farmacia, centros de cultura, así como gran capacidad económica, industrial y comercial. La importancia de estos datos obliga a atender estos deseos. No sólo abonan en favor de esta independencia razones de orden legal, sino histórico también, pues en este aspecto tiene la localidad bien marcada personalidad”, manifestó el Real Decreto de la Presidencia del Directorio Militar. Una decisión que Los Llanos, tal y como refleja la circular que emitieron, no llevó demasiado bien: “Nuestro pueblo va a ser, ha sido ya, víctima de una tremenda amputación con el desmembramiento de uno de sus pagos principales. Lo que habrá de ocasionar la ruina del actual municipio”.

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Mientras, en Tazacorte, la alegría y la satisfacción se desbordaron. “El eco de los cohetes ensordecía el espacio. Se oía el repicar de las campanas, mientras la banda de música entonaba pasacalles. Las plazas estaban engalanadas. Diríase que el recibimiento fue grandioso, colosal, inmenso, inenarrable”, rememora Juan Carlos Díaz en Un puerto entre dos siglos (2003). El primer Ayuntamiento se constituyó el 6 de diciembre bajo la presidencia del delegado del Gobierno, Miguel Garcés de los Fayos. Y la medida con la que debutó fue una protesta por los límites jurisdiccionales designados por el gobernador civil, Villar Granjel, que dejaron fuera la ermita de las Angustias y Puerto Naos.

“Todo el decorado ridículo de la vieja política que operó contra la noble causa de Tazacorte ha venido a tierra. El esfuerzo de los hijos del pueblo laborioso y próspero es hoy un glorioso emblema que los enaltece y los coloca muy por encima de los fracasados argumentos de que se valieron sus rivales para combatirlo. Han ganado esta vez las armas de la razón y la justicia”, destacó el diario El Progreso entonces. Pese a los obstáculos, una frondosa algarabía se instauró para siempre a esta orilla del Atlántico. Un lugar escarpado, abrupto, afilado. Hecho de olas y magma. Donde la malvasía impregna la piel, donde los polines reinventan sabores. El triunfo de su independencia es el de sus entrañas. Multicolores, sí. Pero también coherentes.  

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