El Madrid de los bares audiófilos, la meca para los amantes de la música y el sonido más exquisitos


Hay una cierta mística en la luz azul que emana de los vúmetros de un amplificador McIntosh. Ese azul acuoso es la seña de identidad de una máquina que quizá sea el más anhelado objeto de deseo de los aficionados a la alta fidelidad. Una tribu poco numerosa, pero creciente, formada por gente dispuesta a gastarse en el equipo de música de su salón lo que otros se gastan en un coche. Para no iniciados, explicaremos que un amplificador es un aparato, hoy en desuso por culpa de los altavoces bluetooth, que permite que una señal emitida por una fuente (un tocadiscos, un CD, un smartphone…) se convierta en el sonido que acaba saliendo por los altavoces de toda la vida. Y los vúmetros son esos dos indicadores retroiluminados en los que unas pequeñas agujas dan cuenta de la potencia del sonido como si se tratase del velocímetro de un coche, moviéndose al son de la música.

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