El camino de María Tena hacia la luz


En las novelas de María Tena (Madrid, 1953) nunca hay azúcar de más. No son cursis ni ostentosas, aunque cierto dulzor pueda intuirse siempre entre sus letras. No tiene nada que ver con el gusto, sino con un particular modo de encarar los folios: sus personajes resultan tan precisos y escarpados que, por mucha ficción que les rodee, tienen un poso de verdad que engancha tanto como la glucosa. “No me gustan los libros que dicen tres veces la misma cosa. Por eso, precisamente, he quitado tantas palabras a éste. No quería caer en la exageración”, asegura la escritora, que ha presentado este martes su última obra en la librería Alberti de Madrid. En La vida al borde (Alba Editorial) habla de la muerte, la soledad y la salud desde la madurez, un lugar tan inhóspito como explorado. Ahora bien, con un matiz: no se detiene en la superficie, busca una luz inusual en este tipo de relatos.

La protagonista es Teresa, una profesora de Literatura casada y con dos hijas. Sus días transcurren entre la euforia y la desazón propias de un matrimonio que hace aguas y que, por desgracia, ni el bulto que le acaban de detectar es capaz de reanimar. En un ir y venir constante de miedo, dolor y esperanza, pasa un mes ingresada en el hospital, donde entabla amistad con tres personas que le ayudarán a tener una visión más clara del presente: Tomás, que ha perdido una pierna pero no las ganas de reír; Paula, que a sus 35 años aún conserva su espíritu adolescente; y Felipe, que tira de valentía para recuperarse de un accidente de moto. Entre todos conforman un ambiente que ya no se asocia con el previsible sufrimiento de una cama, sino con el calor de una familia.

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“Cada vez que he visitado un hospital he conocido a gente lista, tonta, rica… Son lugares donde encuentras de todo. Y eso me emocionó al mismo tiempo que me hizo pensar. Cualquiera de nosotros nos podemos morir y enamorar en este momento, por lo que hay que aprender a hacerlo bien para vivir”, explica Tena, acompañada por el escritor Javier Montes durante el coloquio. Tras Tenemos que vernos (2003), Todavía tú (2007), La fragilidad de las panteras (2010), El novio chino (2016) y Nada que no sepas (2018), ha ratificado el poder de la palabra exacta. La única herramienta que le ha permitido convertir una historia a priori lúgubre en una historia a posteriori luminosa. De hecho, por primera vez, ha roto con el tono sobrio y evocador de su obra para dar a los nuevos conflictos la base de convicción y garra que los vuelve tan reales.

Una mirada universal

Hay ironía, retranca y humor en los pensamientos sobre su marido, en las descripciones del centro médico, en las conversaciones consigo misma… A diferencia de Teresa, a Tena no le asusta el sabor de la libertad. Un estado que sólo es capaz de alcanzar a través de la escritura: “Acabo de releerme un par de veces más y, curiosamente, he descubierto que hay bastante realidad en estás páginas. Con ellas buscaba salvarme. Necesitaba soltar algo muy bestia”. Devota de la literatura, ha dirigido el Centro del Libro y la Lectura (de 1993 a 1995) y el Centro de las Letras Españolas (de 1995 a 1997) del Ministerio de Cultura. Además de seis novelas, ha participado en antologías distribuidas por Europa y América. Sin olvidar que fue comisaria general de España en la Expo de Shanghái en 2010.

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Con un olfato especial para conocer la naturaleza humana, la autora se ha tomado el tiempo necesario para dar a cada sentimiento su lugar en la narración. Se advierte en los adjetivos, las comas, lo vocativos… Ha mimado hasta la extenuación el clima en el que desarrolla la batalla de Teresa y compañía. Quizá, porque era la única manera de reflejar todas las aristas de una lucha así. “La enfermedad es un tema que da juego. Para bien y para mal. Es una guerra. Y, como tal, tienes que prepararte antes de encauzarla. Yo, por ejemplo, leí mucho sobre ella”, subraya. Una mirada universal que parte desde su más tierna infancia, cuando las responsabilidades diplomáticas de su padre la llevaron hasta Montevideo (Uruguay) y Dublín (Irlanda).

De prosa adictiva y mensaje rotundo, La vida al borde es un gancho directo al esternón. No enternece, anima. No lagrimea, abraza. No lamenta, apoya. Sus verbos tienen tantas caras que es difícil caer en la penumbra que suele oscurecer estas experiencias. El brillo con el que las ha alumbrado es fruto de horas de retiro, las necesarias para que la memoria y la imaginación se unan para abordar cada instante con otros ojos: “He pasado por episodios duros que me han llegado a destrozadar… pero, con los años, he descubierto que la vida sigue. Y no pasa nada. He escrito miles de diarios cuando era más joven. Demasiados, diría yo. Éste es uno más. Un libro para el futuro”.

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