Dolly Parton solo hay una: “un manifiesto feminista con tacones de 15 centímetros”


Hay muchas señales que evidencian que una persona ha alcanzado la condición de icono en una sociedad. Si en el pasado eran estatuas en plazas o retratos que ahora cuelgan en museos o mansiones particulares, en la actualidad son productos de merchandising como tazas, camisetas o bolsas de tela con su cara estampada. Pero hay un distintivo que en Estados Unidos despeja cualquier duda sobre la importancia de una persona en la cultura popular: tener su propio personaje en Barrio Sésamo. Y Dolly Parton no solo ha salido múltiples veces en el programa infantil, en especial en compañía de su amiga Miss Peggy, sino que tiene su propia versión telemuñeca llamada Polly Darton. Si la cantante de Tennessee compuso e interpretó 9 to 5, el himno de la oficinista que reclama su trozo de plusvalía, su equivalente de trapo animó a los niños y niñas – “en especial a los que nunca habéis ido a la escuela”– a contar y cantar 1 to 5.

Pero mientras que en su país es una institución desde hace décadas, fuera no alcanzó la deidad –aunque la primera oveja clonada se llamase Dolly en su honor, o más bien, en el de su pecho– hasta la pandemia. Cuando en noviembre de 2020, los ensayos clínicos comenzaron a revelar que las vacunas contra la covid-19 podían ser efectivas, Dolly Parton realizó una donación de un millón de dólares a Moderna, uno de los laboratorios que estaba trabajando en uno de esos sueros. Que un personaje tan kitsch para los europeos fuese la salvadora de la humanidad frente a supervillanos que recomendaban beber lejía como Donald Trump supuso una fantasía pop en aquellos momentos de oscuridad. Para colmo, además de animar a sus conciudadanos a vacunarse, Parton no hizo uso de su influencia como personaje mediático y esperó su turno para pincharse según las fechas programadas para su grupo de edad. Cuando llegó su momento, dijo en un vídeo que después circuló por Internet: “Voy a recibir una dosis de mi propia medicina”. Cómo no va a tener su propia telemuñeca.

Portada de ‘Dolly Parton. Un retrato americano’, de Beatriz Navarro. / ARCHIVO

Esa es una de las anécdotas que cuenta Beatriz Navarro en el libro Dolly Parton. Un retrato americano que acaba de publicar en la editorial RBA. La periodista fue corresponsal del periódico La Vanguardia en Washington entre los años 2018 y 2021 –ahora lo es desde Bruselas-, y allí pudo comprobar en persona la fascinación que existe en el país por esa cantante de country de voz aniñada, presente de manera constante en las redes sociales y los medios de comunicación. Cuando comenzó a indagar, se sorprendió al conocer muchos aspectos de su persona desconocidos para los no residentes en Norteamérica. “Su astucia para los negocios, cómo ha defendido las causas que le son cercanas (los derechos de los gays y los transexuales, las mujeres, las personas diferentes en general) sin asumir banderas de terceros y viniendo de un entorno superconservador como es el sur de EEUU, o desde el punto de vista musical las conexiones entre su música de los primeros años y las baladas inglesas llevadas por los inmigrantes europeos a Estados Unidos”, explica Navarro a EL PERIÓDICO DE ESPAÑA.

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El padre de Dolly Parton decía que su hija había aprendido a canturrear antes que a hablar, y su abuelo Jake, que empezó a cantar cuando dejó de llorar. Exageraciones que no lo son tanto porque a los cinco años, sin aún saber escribir, la niña compuso su primera canción. Tenía como protagonista a una muñeca hecha con una mazorca de maíz –pertenecía a una familia de doce hermanos que no tenía ni un chavo– y fue su madre quien plasmó la letra en un papel que ahora se expone en el museo Chasing Rainbow de su parque de atracciones Dollywood. Toda esa carrera desarrollada durante más de medio siglo ha dejado tras de sí una cantidad de documentación ingente con la que Navarro pudo contar para elaborar su retrato de la artista.

“A pesar de que a menudo los medios se dediquen a contar mil veces las mismas anécdotas, (por ejemplo, que dijo no a Elvis cuando este quiso grabar I will always love you pero llevándose el 50% de las regalías; que probablemente grabó este tema y Jolene, otro de sus mayores éxitos, la misma noche o que tiene una fundación que regala libros a niños), la cantidad de información existente sobre Dolly es brutal y muy variada”, explica la periodista.

“Además, se han publicado decenas de libros, algunos escritos por académicos muy respetados, e incluso tesis doctorales sobre su vida, su figura en el mundo del country, o como punto de partida para hablar de las tensiones entre clases sociales en Estados Unidos, por no hablar de las biografías que ella misma ha escrito o las letras sus propias canciones”, afirma. Asimismo, también pudo contar con los miles de entrevistas que la propia Parton concedió a los medios, algunos de los cuales –los tabloides– se inventaron también algunas historias.

La autora del libro tenía un interés especial en comprobar la consistencia de la historia personal que Parton ha ido moldeando a lo largo de todos estos años. Su objetivo era analizar “cómo se presenta al público e identificar aspectos que ella misma ha convertido en hitos de su vida para entender cómo ha construido su relato personal y artístico, poniendo el foco aquí o allá en diferentes momentos de su carrera, centrándose en la narrativa de la Barbie rústica para construir su personaje, por ejemplo, renegando en su día de la idea de que 9 to 5 [en España, Como eliminar a tu jefe] fuera ‘una peli con mensaje’ pero reivindicándolo ahora cuando lo que transmite ya no es controvertido”.

Sexo, música y Dios

Para Navarro hay “tres misterios” que explican por qué Parton se planteó tanto su carrera como su vida de la forma que lo hizo. Por ejemplo, en su autobiografía la artista cuenta que a los 10 o 12 años tuvo una especie de epifanía en una iglesia abandonada a la que iba de pequeña donde había un piano. “Dice que fue allí donde encontró a Dios y donde encontró a Dolly Parton”, desarrolla la periodista. “Está convencida de que su capacidad para componer y para cantar es un don divino y su carrera un plan celestial aprobado por Dios en el que su sexualidad no está reñida con la espiritualidad. Su visión de la religión es muy personal, nada parecido a lo que mamó desde niña en la iglesia donde su abuelo era predicador evangélico. Dolly dice que Dios y ella tienen una relación muy buena pero los dos ven a otras personas…”, sostiene.

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Hay una frase que condensa la tesis del libro de Navarro que puede hacer arquear las cejas de muchos y muchas: “La vida de Dolly Parton es un manifiesto feminista con tacones de 15 centímetros“. Con su melena platino de volumen imposible, las curvas explosivas acentuadas por sus looks coloridos y sus operaciones de cirugía estética –de las que nunca ha renegado– la de Tennessee no parece precisamente una adalid de la igualdad de la mujer, al menos desde el punto de vista de las primeras olas del feminismo. Sus convicciones hay que buscarlas en las letras de sus canciones y en la manera en la que ha dirigido su vida y su carrera.

Las feministas de los 70 tardaron en reconocerla como una de las suyas porque parecía personificar el tipo de mujer con el que querían acabar. Pero para finales de los años 80 ya reconocieron que, a su manera, había luchado por la igualdad de sexos”

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“Las feministas de los años 70 tardaron en reconocerla como una de las suyas porque, con su look de rubia explosiva, Dolly parecía personificar el tipo de mujer con el que ellas querían acabar. Pero para finales de los años 80 ya reconocieron que, a su manera, con su estilo, más cercano a las inquietudes de las mujeres de clase baja y de la América rural, sin eslóganes políticos y sin acudir a manifestaciones, había luchado por la igualdad de sexos y que era una de ellas. Por supuesto, ella jamás se definiría como feminista, ni siquiera ahora”, afirma Navarro.

Cuando antes de ponerse manos a la obra con el libro, la periodista preguntó a sus amigos qué les parecía Dolly Parton y le dijeron que “una americanada”, la respuesta, lejos de quitarle ánimos, le dio más. “Que la cantante representara la quintaesencia de Estados Unidos me pareció un gran aliciente para ahondar en su figura, porque en efecto su trayectoria personal y profesional nos dicen muchas cosas sobre su país”. Después de tanto tiempo buceando en su vida, Navarro tiene ahora una percepción mucho más rica de la figura del personaje de la artista que, como su país “es mucho más complejo de lo que parece a primera vista”. Su libro no es ninguna hagiografía de la norteamericana, pero aunque hay otras mujeres mayores que son referencia para jóvenes, artistas que además de por su talento también destacan por su labor filantrópica y un sinfín de iconos musicales, como dice la autora “Dolly Parton solo hay una”.

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Atracón de libros musicales

En todas las temporadas marcadas por el calendario editorial –cada vez más largas, como las olas de calor– abundan los libros dedicados a integrantes de cualquier género musical. Pero este otoño ha traído una cantidad ingente de títulos que, como el de NAvarro sobre Dolly Parton, entran en esta categoría. Estos días también están llegando a a las librerías La política punk rock de Joe Strummer, de Gregor Gall (Liburuak, traducido por Luis Boullosa), The Velvet Underground, etc., de Rafa Cervera (Libros Cúpula), El jazz suena en el corredor de la muerte, la historia del preso Keith LaMar contada por Albert Marquès (Editorial Crítica) o Round About Tete. Una mirada coral a la vida y obra de Tete Montoliu, de Pere Pons Macias (Libros del Kultrum).

En Please, Please Tell Me Now, de Stephen Davis (Libros Cúpula, traducción de Eva Raventós Ruiz) se narra la historia del mítico grupo Duran Duran, y Juan Ramón Iborra retrata al noi de Poble Sec en A propósito de Joan Manuel Serrat (Libros Cúpula). Peter Doherty, líder de The Libertines y los Babyshambles, desgrana la historia de su vida en la autobiografía Un chaval prometedor, escrita con Simon Spence (Alianza, con traducción de Ana Pérez Galván) mientras que Britney Spears se sincera en La mujer que soy (Plaza & Janés traducido por Marta de Bru de Sala i Martí).

Pero hay músicos que también tienen inquietudes artísticas más allá de contar sus propias vidas. Un ejemplo es el de PJ Harvey, que en noviembre publica en España su libro Orlam, un poemario escrito en el dialecto del condado inglés de Dorset (Tránsito Editorial). Asimismo, Jarvis Cocker, el líder del mítico grupo británico Pulp, repasa su trayectoria en unas memorias peculiares tituladas Buen Pop, Mal pop. Un inventario (Blackie Books, con traducción de Eduardo Rabasa). En este libro, el artista británico se apoya en los objetos personales que ha amontonado en su desván para contar su recorrido vital y artístico mientras decide qué quedarse y qué tirar, como Marie Kondo antes de tirar la toalla y abandonarse al caos. Y Paul McCartney desvela los secretos –si es que quedan– de The Beatles a través de su faceta como fotógrafo en 1964. Los ojos de la tormenta (Liburuak, traducido por Lourdes Jiménez Galán), un volumen publicado este verano que recoge más de 250 instantáneas tomadas por el músico en la gira mundial de la banda entre los años 1963 y 1964.

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