CRÓNICA THE NATIONAL | La comunión total de The National



No es fácil etiquetar a una banda como The National, a veces rock, a veces pop, cuyas canciones, cuando en la primera escucha de cualquiera de sus álbumes uno cree encontrarse con una colección de medios tiempos, de repente se topa con un trallazo a la guitarra de cualquiera de los hermanos Dressner, Aaron o Bryce, que rompen la armonía melancólica que nutre su cancionero. Su vocalista, Matt Berninger, es a la música lo que aquel falso titular de Lola Flores del The New York Times, «ni canta ni baila pero no se lo pierdan». Las acotaciones vocales de Berninger no son un problema: susurra más que canta; recita más que entona. Da lo mismo. Nadie acude a ver a The National o pone en escucha sus álbumes para asistir a una lección de canto, sino para sumergirse en la melancolía arrebatadora de las letras y la voz envolvente del vocalista, parapetada sobre el colchón de armonías instrumentales que respaldan los arpegios de los Dressner, la base rítmica de los también hermanos Devendorf, Bryan (batería) y Scott (bajo) y la fabulosa sección de vientos que acompaña al grupo.

Ante más de 10.000 personas (el Wizink Center de Madrid presentaba algunos huecos en las gradas), The National se entregó hasta confirmar una comunión absoluta con los asistentes. Les precedió el más que solvente Bartees Strange, que lidera una banda a tener muy en cuenta en el futuro. Momentos después, Berninger, espigado, elegante, con ese aspecto entre alto directivo de Deloitte y personaje secundario de Succesion a punto de comprar la empresa a los Roy, tardó 20 canciones en interlocutar con el respetable, mientras Aaron Dressner se encargaba de presentar los temas y de recordar al público aquella primera actuación en Madrid de 2005 en la sala Moby Dick. Su primer ‘gracias’ no se oyó hasta cumplirse casi dos horas de actuación, pero Berninger dispone de decenas de maneras de intimar con el público sin hablar con él, y se dirige a su audiencia a base de gestualidad y comunicación no verbal mientras interpreta piezas de un profundo dolor que comparte con la gente de pista, a la que hace cómplice de todos sus pesares. El parloteo se lo deja a Aaron, que no es un cualquiera. Lo que ha crecido este instrumentista y productor al que Taylor Swift debe su apabullante crecimiento como reina indiscutible del momento. Los últimos álbumes de Swift podrían atribuirse a la banda formada en Brooklyn.

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Venía The National a presentar en España sus dos últimos trabajos, First two pages of ‘Frankenstein’ y Laugh Track, dos álbumes contundentes, publicados ambos el mismo año, a la manera antigua, el primero de ellos nacido de la depresión de Matt Berninger durante el confinamiento pandémico de 2020, dos trabajos fruto de la promiscuidad creativa de la banda. Laugh Track no es en absoluto una colección de descartes, sino fruto de un estado de gracia compositiva nacida del ‘abismo’ (así lo califica su letrista y cantante) que estuvo a punto de romper el grupo tras 20 años de actividad.

The National conforman una magia inexplicable basada en la solidez instrumental y el carisma de su ‘frontman’

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The National conforman una magia inexplicable basada en la solidez instrumental y el carisma de su frontman. Inexplicable porque a diferencia de otras formaciones coetáneas, The National carece de un repertorio pegadizo, tarareable, lo que para su hinchada no representa problema. El grueso de la asistencia a sus actuaciones, y la del Wizink no fue una excepción, se mueve entre hombres y mujeres de los 30 a los 60, un público adulto, entendido, que no acude a saltar en primera fila y prefiere al quinteto en la intimidad de un concierto único que en la algarabía anárquica de los festivales.

Y así fueron cayendo las piezas de un setlist que en Madrid sumó hasta 29 canciones, alguna de propina respecto a las anteriores actuaciones en Europa. Llegaron pronto Eucalyptus y Tropic Morning News, de First two pages… La segunda ya nació como un clásico. Y así fueron cayendo Don’t Swallow the Cap, Bloodbuzz Ohio, I Need My Girl, Cherry Tree, Day I die, Pink Rabbits… hasta la tanda de bises con cinco cañonazos. Entonces sí. Lo esperado. Para preocupación del asistente que se ocupaba de alargar el cable del micrófono, Matt Berninger bajó del escenario y se adentró entre el público más allá de la mitad de la pista del Wizink, en comunión total con la muchachada. Ocurrió mientras interpretaban Mr. November y repitió con Space Invader, para acabar invitando al público a cantar en acústico Vanderlyle Crybaby Geeks, del álbum High Violet, con la que cerraron actuación. Entonces culminó la catarsis, ese momento en que el artista se fusiona con quien le da sentido a su oficio. Berninger ya no destroza el micrófono contra su cabeza como le hemos visto otras veces, pero sigue siendo electrizante, maravillosamente invadido por la melancolía.

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