CONCIERTO MADONNA | Madonna, la venganza de la matriarca del pop en Barcelona



Siempre se resistió a jugar la carta de la gira de ‘greatest hits’, entendiéndola como una rendición a la nostalgia, pero a estas alturas del juego, con cuatro décadas de trayectoria, éxitos para dar y vender, 65 cumpleaños amontonados y seis hijos, Madonna es la matriarca pop universal capaz de permitirse un paso al lado para presumir del legado. Así fue este miércoles en el primero de sus dos conciertos en el Sant Jordi (únicas fechas en España), pasarelas para la feliz extravagancia y el atracón de éxitos con una pizca de melancolía.

Olvidémonos de la caricatura, esa Madonna pixelada y carne de bisturí que parece luchar contra el tiempo. La primera canción de la noche, ‘Nothing really matters’, que en 1998 dedicó a su pequeña hija Lourdes, supo a manifiesto adulto: cuando era joven, dice la letra, a ella solo le importaba divertirse y “vivir de un modo egoísta”, un orden trastocado con la maternidad. Madonna, sola en el gran escenario circular, en la penumbra, con su largo vestido negro de sacerdotisa y diadema litúrgica, encendiendo la mecha con una hora y veinte minutos de retraso. Espera amenizada por rachas de abucheos del público y en ausencia de explicaciones o disculpas

Nueva York en los 80

El enojo quedó atrás, como suele suceder, tan pronto el espectáculo alzó el vuelo. El guion de ‘The celebration tour’ desplegó una dinámica cronológica, con un primer acto abonado al ‘remake’ ochentero: de la algarabía de ‘Everybody’, poniendo el foco en la Nueva York de sus inicios, a un ‘Into the groove’ envuelto en sonidos de sintetizador. Madonna, contoneándose con modos juveniles, exhibiendo el prodigio de cantar (o aparentarlo) y corretear a la vez, rodeada de una tropa ataviada según la rabiosa moda de 1984. Laberinto de pasarelas en la pista y pantallas de video que se extendían y se recogían de un tema a otro.

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La señora Ciccone tomó la palabra para darnos la bienvenida a un espectáculo que presentó como “la historia de mi vida”, recordando aquellos primeros pasos neoyorkinos, “hace un millón de años”. Y se dirigió a Barcelona con un rotundo “amo esta ciudad”, guitarra eléctrica en ristre, lista para imprimir un poco de rock a ‘Burning up’. De ahí a ‘Open your heart’ y a un sonriente ‘Holiday’ bajo la bola de espejos. Una de las canciones más sencillas y eficaces de su repertorio, que cruzó con un guiño a ‘I want your love’, de Chic.

Sexo y religión

La personal lectura de Madonna de la religión, ese clásico, asomó en un ‘Like a prayer’ con coros monásticos, monjes encapuchados y bacanal de cuerpos semidesnudos enredados en cruces así de grandes. Le faltó la pegada del ‘crescendo’ final, pero suministró un recuerdo a Prince, otro adalid del diálogo entre el sexo y Dios. Y de ahí fuimos a parar a ‘Erotica’, que cantó en albornoz entre tres rings de boxeo, citándose con una versión de sí misma que recreó la escena de cama del ‘Blond ambition tour’, de 1990. 

Causó furor ‘Hung up’, un tema de 2005 con ‘sample’ de Abba, que amplió en su día el radio generacional. Y qué decir del voluptuoso house de ‘Vogue’. Hubo cambios de ciclo a cuenta de la balada ‘Bad girl’, con su hija Mercy James al piano, y un parlamento a favor de una “hospitalidad radical” y de “dar la bienvenida al extranjero”. Y Madonna alzó la voz en ‘I will survive’, el éxito de Gloria Gaynor, fue Evita por unos minutos y evocó a otro colega perdido, Michael Jackson, casando ‘Like a virgin’ con ‘Billie Jean’.

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La figura materna

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El ruego de hitos del pop fue de categoría, si bien Madonna dejó unos cuantos en la recámara: no hay lugar en esta gira para ‘Material girl’, ‘Who’s that girl’, ‘True blue’, ‘Express yourself’ o ‘Music’. Y ni rastro de su último álbum, ‘Madame X’. En cambio, cayó algún número un poco bajo radar, como ‘Mother and father’, inspirado en la pérdida de su madre cuando solo tenía cinco años.

Valiéndose de cartas últimas como ‘La isla bonita’ o ‘Ray of light’, recibidas como maná por un público que cubría varias generaciones, Madonna dominó, y vino a darle un corte de mangas a quienes, en los 80, la etiquetaron como juguete efímero. Y la historia continúa. 

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