COLUMNA JUAN CRUZ | Queremos tanto a Mario



Admiro a Mario Vargas Llosa desde que amaneció en mi radar la literatura, quizá a los quince años, cuando vi en las librerías Los cachorros, cuando después apareció entre nosotros La ciudad y los perros…

Aunque yo vivía en Tenerife, tan lejos de Lima, esos sucesos que poblaban sus libros, un muchacho al que perseguían por castrado con risas y fiestas de aquellos bandidos juveniles, un colegio de bandidos grandes y juveniles que aspiraban a ser peores que sus maestros, fueron en seguida parte de mi vida, de la vida de los otros compañeros de escuela o de clase.

Hasta que una vez, siendo ya un joven periodista de dieciséis años, decidí empezar a imitar en el periódico que me acogió a los autores del boom, empezando por Mario Vargas Llosa y, sobre todo por el tono de ese libro, La ciudad y los perros.

Desde entonces lo leo. Leí Conversación en La Catedral como si estuviera sentado en aquel café de Lima, rodeado de paisanos y escuchando sobre todo a uno que se preguntaba, igual que nosotros nos preguntábamos lo mismo sobre nuestro pobre país dictatorial, “en qué momento se jodió el Perú”. La Casa Verde nos llenó de sexo y alegría, de modo que no nos extrañó luego que apareciera el más divertido de sus libros, La tía Julia y el escribidor, que nos conectó, más hechos ya a la vida de las historias personales de las personas famosas, con los alrededores o el núcleo de su vida privada.

Fueron pasando los años y esa pasión por el nombre propio, y por sus propios libros, se fue haciendo también el conocimiento personal, en relación con las noticias que tenían que ver no sólo con lo que escribía sino con lo que pensaba. Aquellas imitaciones que hice en el periódico El Día, de Tenerife, para el que escribía, alcanzaron a las que hice de otros colegas, como Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar o José Donoso, como si estuviera arañando en la superficie de almas distintas.

Hasta que llegó a nuestras manos, temblorosas como las de los que admiramos a los escritores hagan lo que hagan, aquella maravilla que se llamó (se llama) Los nuestros. Este libro, que sigue siendo una joya imprescindible para entender cómo demonios se hizo el boom, entró como un obús en la conciencia increada de la literatura hispanoamericana que ya se hacía en América del Sur (y en Europa) pero que todavía se recibía con reticencia en España.

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Fue un boomerang al que pertenecía por derecho propio Mario Vargas Llosa. Su entrevista en ese libro daba señales de una madurez clarividente, en el sentido de que ese hombre, un muchacho que ya había ganado el premio Biblioteca Breve de Seix Barral, contaba en ese conjunto magnífico de entrevistas que había hecho Luis Harss todo lo que había hecho y todo lo que pensaba hacer con su talento.

Luego supimos mucho más de esa entrevista, como que la tuvieron que hacer dos veces porque al entrevistador, el admirable Harss, se le jodió la grabadora (como a Zabalita se le jodió el Perú)… La solidez que ya había en las ambiciones de Vargas Llosa fue luego materia de otros libros, algunos que quedan dichos más arriba. Escribió, por ejemplo, dando una bienvenida rotunda al autor que sería de Cien años de soledad, Gabriel García Márquez, del que fue tan amigo, y luego tan adversario, y tan buen lector siempre.

Porque de esto se ha hablado poco: jamás dejó de leer a García Márquez, y de decir que lo leía, y eso entre escritores que se han dejado de saludar es raro y saludable.

Pero esa es otra historia. Con los años esta admiración que se basaba en los libros, en los que leíamos y en los que leía él, que se ha pasado la vida contando libros ajenos, se hizo presente también en el conocimiento personal. Llegó a Tenerife, con su familia, camino de Lima, desde Barcelona, en 1974.

Allí lo entrevisté atolondradamente, por gusto, porque no era para periódico alguno, y luego lo traté con frecuencia, en su país, en el mío, hice viajes con él (a Palestina, por cierto, entre otros muchos), fui su editor, me siento amigo de él, de su familia, he vivido de pleno las noticias de su vida, las buenas y las regulares, y siempre he mantenido hacia él la admiración por la literatura, el respeto por su vida, la alegría por sus éxitos.

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Lo acompañé, por ejemplo, a un homenaje que le hizo la universidad de Oxford, y tanto en ese lugar tan solemne como en los cines de barrio a los que me hizo acompañarlo, en las librerías pequeñas o grandiosas, en los restaurantes de ricos o en los bochinches, en los graderíos del Bernabeu (adonde me ha llevado) como en las tribunas, donde aplaude a su equipo blanco y es tan apasionado que, por ejemplo, creyó que el silencio que siguió allí a un gol de Messi en la puerta de Casillas había callado al estadio de merengues tan solo porque la pelota había salido fuera. “Que fue gol, Mario”. “¿Fue gol, no es que salió fuera?”

En aquel viaje a Oxford, de vuelta, le llegó la noticia de que Gabo tenía cáncer. Se viró hacia Patricia, su mujer, su prima, y entre ellos quedaron que en seguida tenían que escribirle a aquel amigo suyo cuyo tiempo de tanto afecto había sido invernado desde una tarde en un cine de México DF.

Han sido muchos años de experiencias, de lectura suya, de lectura de sus lecturas. En torno a 1993 apareció un libro capital, para mí el mejor de los suyos, junto con Conversación en La Catedral o La fiesta del Chivo. Fue El pez en el agua. Mario Vargas Llosa tenía en su memoria, amasada en París, en Madrid, en la propia Lima, en Arequipa, sensaciones que sólo podían ser escritas para que, al final, el pasado no fuera una rémora en la garganta, o en el cerebro.

Había perdido las elecciones a la presidencia de su país, había llegado a París a descansar de aquel embrollo, y se había puesto a escribir, en sus cuadernos chicos, con la misma pluma de siempre, en cualquier sitio donde estuviera, mirando de lado el cristal de los aviones, haciendo de las mañanas años enteros de recuerdo y de literatura, hasta que terminó una autobiografía doble impresionante.

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Fue la biografía del muchacho que fue, hasta que llegó a París con una beca, desde que recobró, para su tristeza, al padre que no lo quiso, aunque luego moriría con un texto suyo en la cartera… Esa autobiografía siguió hasta que empezó a ser el escritor que sería, y que volvería a ser cuando llegó a París de nuevo, derrotado para la política pero salvado para la literatura.

Cuando salió ese libro fue a la Argentina a presentarlo. En ese momento le eran hostiles hasta las librerías, donde no encontraba sus libros, quizá por las maldades que trae consigo el lugar común que hace que los libros se midan por la pasión política del que los escribe.

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Al regresar a España quiso cambiar de editorial, llamó a un amigo que estaba al frente de Alfaguara y le dijo que quizá debía cambiar de sello. Ahí ya no fui tan solo su editor sino este amigo que ahora le declara una admiración que él se ha labrado con tantos que lo leen hasta hoy, y no sólo porque fue el autor de Píchula Cuéllar o de La fiesta del Chivo, sino porque sigue siendo el que escribió (el escribidor) otros tantos libros y lo es de este último, que aparece ahora y es una especie de abrazo al Perú y se titula Le dedico mi silencio, muy pronto en sus librerías.

Queremos tanto a Mario. En este último libro hay una nota final, un epílogo personal que a ustedes les dará la misma impresión que a mí, que a tantos como los que lo queremos. Dice: “Creo que he finalizado ya esta novela. Ahora, me gustaría escribir un ensayo sobre Sartre, que fue mi maestro de joven. Será lo último que escribiré“.

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