Caitlin Doughty, la novia de la muerte que despeja todas las dudas sobre cadáveres



Si tu vecino de asiento fallece durante un vuelo no esperes que lo cambien de sitio, advierte Caitlin Doughty en ¿El gato se comerá mis ojos? Y otras preguntas sobre cadáveres (Capitan Swing). En aquellos remotos tiempos en que viajar en avión era glamuroso, existían filas vacías donde poder instalar el cuerpo a la espera del aterrizaje. Ya no quedan asientos libres. En el mejor de los casos se quedará en el galley -de donde salen los carritos de bebidas- oculto por la cortina, pero es muy probable que la azafata se limite a cubrir al muerto con una de esas mantas “azules y rasposas” que se gastan en las aerolíneas, le abroche el cinturón y ahí lo deje. “Ir sentada junto a un cadáver hasta llegar a Tokio no es la situación ideal, aunque prefiero un cadáver a un bebé llorando“, reflexiona Doughty, que además de escritora trabaja en funerarias desde que era una veinteañera y está más acostumbrada al trato con los difuntos.

Por estos caminos transita ¿El gato se comerá mis ojos?, un libro llamado a resolver dudas bizarras sobre la muerte que, según cuenta Caitlin Doughty, le plantean los niños. Nada muy existencial, sino más bien del tipo de la portada: en caso de fallecer y que tarden en darse cuenta, el gato antes que tus ojos se comerá otras partes blandas del cuerpo que estén al descubierto, como la boca y la nariz, revela.

El famoso túnel blanco y el canibalismo

Con todo lujo de detalles y un tono desenfadado más propio de un reality sobre bricolaje, la autora describe toda la gama cromática que alcanza un cadáver en descomposición, a qué huelen los muertos, si se sigue defecando una vez finado y por qué los animales no excavan todas las tumbas.

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También despeja otras dudas de mayor enjundia científica: el canibalismo nunca ha sido la opción preferente en ninguna cultura porque el consumo de carne humana no es ni apetecible ni sano para otras personas, explica Doughty, poniendo como ejemplo el brote de kuru, una enfermedad neurológica que se propagó en los años 50 entre el pueblo fore, de Papúa Nueva Guinea, por comer cerebros humanos.

Otro episodio argumenta que el famoso túnel de luz blanca y brillante que a menudo dicen haber visto personas con experiencias cercanas a la muerte puede tener una explicación similar al de síncope por hipotensión de los pilotos de cazas, que se produce cuando no llega suficiente sangre ni oxígeno al cerebro y el piloto comienza a perder visión, de manera que tiene la sensación de estar mirando por un túnel luminoso. 

La muerte, el tabú y la infancia

Los capítulos de ¿El gato se comerá mis ojos? son cortos, afortunadamente: tanta sapiencia forense no se resiste de un tirón. Y sin embargo, los conocimientos de Doughty sobre la muerte despiertan un innegable interés: sus documentales educativos Ask A Mortician han sido vistos más de 250 millones de veces y sus tres libros, La Memoir, Hasta las cenizas, De aquí a la eternidad, sobre ritos funerarios en distintas partes del mundo, y ¿El gato se comerá mis ojos? se han colado en la lista de bestsellers del New York Times. 

Cuenta la autora, que antes de dedicarse al negocio funerario empujada por la crisis de 2008 estudió historia medieval, que un episodio de su infancia la marcó. Paseaba con ocho años por un centro comercial cuando contempló a una niña de dos precipitarse por accidente desde un segundo piso y fallecer tras estrellarse sobre un mostrador de cristal. Sus padres trataron de distraerla cambiando de tema y comprándole un helado, pero ella no podía dejar de visualizar la caída de la niña una y otra vez y desarrolló síntomas de un trastorno obsesivo compulsivo (TOC) que incluían dar golpecitos con los dedos y escupir de forma compulsiva.

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El movimiento ‘death positive’

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“Hay que hablar con sinceridad y de forma directa sobre la muerte, con palabras sencillas”, expone en uno de los últimos capítulos, La experta responde: ¿mi hijo es normal?, donde aconseja cómo abordar la muerte y el duelo con los niños con el asesoramiento de una psiquiatra infantil. No hacer como que no pasa nada, si resulta que sí ha sucedido, y no proyectar nuestras propias emociones en los pequeños son algunos de los consejos de este episodio, en el que alivia que prescinda de los chascarrillos por una vez. 

El trauma infantil de Caitlin Doughty, afincada en Los Ángeles, evolucionó en una profesión en la que le ha triunfado de forma espectacular a sus 39 años. Además de fundar en 2015 su propia funeraria, Clarity Funerals, cuatro años antes creó la Orden de la Buena Muerte, un colectivo sin ánimo de lucro donde aboga por la aceptación de la muerte (death positive), una industria funeraria que no deje tan al margen a las familias y sea más respetuosa con el medio ambiente, abogando por legalizar prácticas como el compostaje humano. Además, Doughty ha consolidado toda una carrera como divulgadora y con frecuencia imparte charlas sobre la historia de la cultura de la muerte y la industria funeraria para TED y universidades y bibliotecas de todo el mundo.

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