Bufones en el arte: de Nicolasito en ‘Las Meninas’ al mito de Triboulet en la obra de Víctor Hugo


En 1656, en el Cuarto del Príncipe del Alcázar de Madrid, Diego de Velázquez pintaba un cuadro de inmensas proporciones. Doña María Agustina Sarmiento y doña Isabel de Velasco, las meninas, atienden a la infanta Margarita, quien peinada y arropada por un vestido blanco mira directamente al espectador. A nuestra mano izquierda, Diego de Velázquez, el artista, también rompe la cuarta pared, con el pincel en la mano y el lienzo dispuesto hacia él.

Si ponemos el foco en la esquina inferior derecha, vemos a dos personas de apariencia poco común (menos común si consideramos el plano principal que ocupan). Son Nicolasito Pertusato y Maribárbola, dos enanos de la Corte.

Lo del plano principal es poco decir. Maribárbola, por ejemplo, a pesar de su talla, aparece más grande que la infanta. En el rostro tiene una expresión serena y está bien vestida. Nicolasito es más jocoso. Su apariencia se acerca a la de un niño y con el pie molesta a un mastín, que aguanta pacientemente sus provocaciones.

Es la época del Barroco. Se realza la Monarquía. La Iglesia intenta hacer frente al protestantismo, y produce obras de gran tamaño, sean iglesias, catedrales, o cuadros. En estos últimos abunda el detalle. Son escenas cargadas hasta el tope de personajes y movimiento. En el caso de Las Meninas, son 11 cabezas, 12 si se cuenta al perro. Volvemos a la esquina inferior derecha y de nuevo nos cruzamos con una característica del Barroco: la curiosidad por lo excéntrico. Y, claro, el arte no dicta por sí sola sus inclinaciones; estas reflejan su contexto.

Maribárbola, cuya apariencia se debía a la acondroplasia, se llamaba en realidad María Bárbara Asquín. Era una alemana que llegó a España después de que la condesa de Villerbal y Walther muriera. Servía de dama de compañía para la infanta Margarita, como puede verse en el cuadro de Diego Velázquez, pero además era la enana de la Reina, en ese entonces Mariana de Austria. Sus beneficios no pasaban desapercibidos. Las cuatro libras de nieve diarias que recibía ya eran un lujo; además, tenía una paga y su propio sirviente.

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Nicolasito no padece el mismo enanismo que Maribárbola. El tamaño de su cabeza es proporcional al de su cuerpo; pareciera que de niño hubiera parado de crecer, o que justamente fuera un niño. Sin embargo, hay registros que aseguran que se trata de un enano, como el texto de Antonio Palomino, de 1724: “En principal término está un perro echado y junto a él Nicolasico Pertusato, enano, pisándolo”. Formaba parte de la Corte de Placer, pero Nicolasito trepó en la escalera social. A partir de 1664, don Nicolás sirvió de Ayuda de Cámara. Y es que hablamos de una época en la que lo bizarro gozaba de admiración, tanta, que los bufones eran de las pocas personas que no estaban condenadas a vivir en la condición que los vio nacer. Las familias que tenían un hijo con alguna deformidad, lo entregaban al Rey, seguros de que, en sus manos, gozarían de bienes sino imposibles.

Los bufones eran humillados, y se salvaban de la guerra por no tener valor que defender. Pero hacer bromas no siempre era su única labor. Muchos eran bien educados y mentalmente rápidos, lo que demostraban en su comedia, así como en su comentario político. Porque se les permitía comentar con toda sinceridad acerca de asuntos que no estaban al alcance de otros.

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Tenían otras libertades impensables, que muchas veces se ganaban a punta de ingenio. Triboulet, por ejemplo, fue un bufón que por su gracia arriesgó, y salvó, su propia vida. Al menos eso es lo que indica el mito, que se remonta al siglo XV. Cuenta este que Triboulet golpeó con la palma de la mano el culo de Francisco I. El Rey, ofendido, amenazó con colgar al bufón. Solo había una manera de salvarse: que su disculpa fuera más ofensiva que la ofensa. Entonces Triboulet le pidió disculpas al Rey, pues había confundido su trasero con el de la Reina. El Rey rompió el trato y, más ofendido aún, decidió ejecutarlo. Sin embargo, le otorgó el privilegio de decidir la causa de su muerte, a lo que Triboulet se defendió: “Buen señor, por el bien de Saint Nitouche y Saint Pansard, mecenas de la locura, elijo morir de vejez”. El Rey, rendido ante el ingenio de su bufón, le perdonó la vida, pero lo exilió del reino. Como Maribárbola y Nicolasito, Triboulet también tiene un puesto en la historia del arte: es protagonista en el drama de Victor Hugo, El rey se divierte, una crítica contra la tiranía que fue censurada al día siguiente de su estreno, pero cuya fama perdura. Dos décadas después, el drama inspiró la ópera de Giuseppe Verdi, Rigoletto.

Maribárbola y Nicolasito no son los únicos bufones representados por Velázquez. El enano don Sebastián de Morra tiene su propio retrato, expuesto en el Museo del Prado y reproducido en la estación de metro que lleva el apellido del pintor. El bufón Calabacillas tiene su retrato, en el que aparece sentado en el suelo, sonriente y con la mirada bizca. Don Antonio el Inglés aparece junto a un mastín que casi lo alcanza en tamaño. En España, la figura del bufón desapareció con la llegada de los Borbones, en el siglo XVIII. Esto coincide con el fin del Barroco y el auge de la Ilustración.  

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