Alemania nazi | La espía olvidada a la que Hitler decapitó



“Alemania está viviendo horas muy oscuras. Todos perciben la amenaza, pero muchos esconden la cabeza en la arena”, escribía la estadounidense Mildred Harnack a su madre en 1932 desde el Berlín al que se había mudado con su marido alemán, Arvid. Una década después, Hitler en persona ordenaba que se le cortara la cabeza. Acusada de “alta traición”, fue ejecutada en la guillotina el 16 de febrero de 1943, en la cárcel de Plötzensee, tras meses de torturas. Sus delitos: participar en una red de resistencia contra el nazismo, ayudar a escapar a judíos, planear sabotajes y espiar para los aliados y los soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial.  

La figura de Harnack había permanecido prácticamente olvidada hasta que la escritora canadiense Rebecca Donner (Vancouver, 1971) empezó a investigar el silenciado pasado familiar y a tirar del hilo de la historia de quien fue la hermana de su bisabuela. De su abrumadora investigación, a través de cartas, testimonios y documentos de archivos rusos, alemanes, británicos y estadounidenses, surge ‘La frecuente oscuridad de nuestros días’ (Libros del Asteroide / Ara Llibres), una contundente y premiada “novela sin ficción”, asume la autora, que es a la vez una contextualizada crónica del ascenso y consolidación del nazismo. 

El título evoca un verso de Goethe cuya traducción al inglés Mildred Harnack escribió a lápiz en un libro mientras vivía sus últimos minutos en una húmeda celda, encadenada, demacrada y devastada por la tuberculosis que contrajo en prisión. Aquel ejemplar se lo llevó clandestinamente el capellán que la visitó antes de que le raparan el pelo, le examinaran la boca en busca de empastes de oro y la calzaran con zuecos de madera para subir al cadalso.     

El Partido Nazi y el Ku Klux Klan

Nacida en 1902 en el seno de una familia humilde de Milwaukee, Mildred cursaba un posgrado en la Universidad de Wisconsin cuando conoció al estudiante alemán Arvid Harnack. Pronto se casaron y en 1929 se fueron a vivir a una Alemania donde fueron testigos del auge de popularidad de Hitler. Ella, que leyó ‘Mein Kampf’, escribió a su madre preocupada por que ni alemanes ni estadounidenses entendieran lo “peligroso” que era el futuro Führer y constatando que el Partido Nazi “se cree moralmente superior y, como el Ku Klux Klan, lleva a cabo una campaña de odio contra los judíos”.

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Donner recuerda cómo en 1928 el Partido Nazi obtuvo menos del 3% de votos en las elecciones al Reichstag, logrando en 1930 el 18%, y el 37% en 1932, con una propaganda que prometía a pobres y parados de un país en crisis “trabajo, libertad y pan” bajo la esvástica.

Libros “desviados, impuros”

Traductora y profesora de literatura estadounidense en la Universidad de Berlín, fue despedida en 1932. Sus opiniones políticas no gustaban: un alumno daría fe en su diario de cómo un día les lanzó la provocadora pregunta ‘¿Debería Hitler ser canciller?’, lo que consiguió en 1933. Sin embargo, sus estudiantes le brindaron una emocionada despedida, puestos en pie y cubriéndole la mesa de flores. Al año siguiente, los nazis quemarían en una plaza cercana 25.000 libros de autores considerados “desviados, impuros y antialemanes”, entre ellos, todos los que Mildred había recomendado a sus alumnos. 

Desde finales de 1932, junto a su esposo, quien logró trabajo en el Ministerio de Economía (lo que le dio acceso a documentos estratégicos), empezó a mantener reuniones clandestinas y a organizar una red de resistencia, el Círculo (que los nazis llamaron Orquesta Roja), que en 1940 se había convertido en el mayor grupo antinazi de Berlín. En 1933, los nazis fomentaron las delaciones y dieron rienda suelta a las detenciones ilegales de opositores de izquierda, comunistas, socialdemócratas y otros y envió a más de 120.000 presos políticos al primer campo de concentración que creó Hitler: Dachau.  

Donner, autora de la novela ‘Sunset Terrace’ y del cómic ‘Burnout’, escuchó por primera vez el nombre de Mildred cuando tenía 9 años en una visita a su bisabuela. Esta midió su altura en la pared de la cocina, donde había otras marcas, una de ellas, “muy débil y fina”, le llamó la atención. Entre enfadada y molesta, su bisabuela le confesó que había sido de su hermana. Años después descubriría que le guardaba rencor por haberse ido a Alemania y haberse implicado en lo que creía “una conspiración comunista” que podía perjudicar a la familia. De ahí el silencio y el olvido. La abuela de Donner sería crucial en romperlo. Cuando la autora tenía 16 años le reveló la verdad, le dio unas cartas de Mildred que guardaba escondidas y le habló de un chaval de 11 años, Don, que hizo de correo para su tía espía. 

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Donner encontró en California a aquel chico, Donald Heath Jr., siendo ya un anciano del que obtuvo los cuadernos que contaban su historia, que la escritora recorre en paralelo en su libro. Don era hijo de un diplomático estadounidense de la embajada de EEUU en Berlín que estuvo bajo los auspicios de la futura CIA. El joven, que en unas fotos dispara una escopeta de aire comprimido imaginando que lo hacía con balines de verdad contra Goebbels y Hitler, recibía clases de Mildred, que era además amiga de su madre, Louise Heath. Pero en su mochila azul sabía que ocultaba mensajes e información confidencial del nazismo entre la red de resistencia y sus padres, dirigidos a los aliados. Mientras, Moscú contactó con Arvid, al que la inteligencia rusa dio el nombre en clave de Corso, para obtener la colaboración del Círculo contra los nazis. 

Caso “altamente confidencial”

Ese fue uno de los motivos por los que, tras la guerra, la Contrainteligencia estadounidense, en aras de los nuevos vientos que soplaban hacia la Guerra Fría, ocultó la investigación del caso, calificándolo de “altamente confidencial”. También influyó, explica Donner, que algunos nazis que se libraron de ser juzgados tras ser reclutados por los aliados para que les ayudaran contra el comunismo habían estado implicados en el arresto y ejecución de Mildred y mintieron asegurando que había formado parte de una gran red de espías comunista que seguía viva en Estados Unidos. Pese a ello, las filtraciones llegaron a la prensa y ‘The New York Times’ y ‘The Washington Post’ recordaron el papel de Mildred ante la tortura y en la resistencia antinazi.  

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Un sádico torturador de la Gestapo

El matrimonio Harnack fue detenido en Lituania en 1942, mientras intentaba escapar al sospechar que estaban en el punto de mira de la Gestapo. Diversos testimonios revelan que ella cayó en manos de Walter Habecker, torturador conocido por su sadismo, pero solo le sonsacó mentiras. 

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Los detenidos del Círculo fueron sometidos a un consejo de guerra del Reich donde el fiscal, apodado ‘el sabueso de Hitler’, había sido elegido por uno de sus lugartenientes, Hermann Göring. Todos los resistentes, entre ellos Arvid, fueron condenados a muerte y ejecutados; menos Mildred, que recibió una pena de seis años de trabajos forzados en un campo de concentración. 

Pero al Führer le enojó la leve condena y encargó a Göring “cauterizar el absceso”: revocó la sentencia y ordenó su decapitación. 

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