Abdulrazak Gurnah, premio Nobel de Literatura: “Me gusta escribir sobre lo que veo y lo que llama mi atención es la injusticia”



En la isla africana de Zanzíbar, que a partir de 1964 se integró en la república de Tanzania, solo hay dos personajes que hayan traspasado fronteras. Uno fue Freddie Mercury y el otro, el premio Nobel de Literatura de 2021, Abdulrazak Gurnah. Ninguno de los dos es particularmente celebrado en aquellas tierras. Al autor le tocó escapar de su país, tras el golpe de Estado de 1962 contrario al gobierno árabe, e instalarse en Londres y más tarde en Canterbury donde, antes de que el galardón le diera a conocer, forjó una trayectoria de discreción y rigor dentro de la llamada novela poscolonial, en este caso expresada en inglés. Toda una rica e interesante contradicción en sus términos: contar los caminos de los pueblos errantes respecto a África e ilustrar el desprecio y la incomprensión desplegada por la metrópolis. Gurnah ha viajado a Madrid para presentar su novela ‘El desertor’ (Salamandra).

¿Haber obtenido el Nobel le sigue permitiendo como escritor la libertad que tenía cuando era solo leído por unos pocos fieles?

Si ha tenido algún efecto es haber captado la atención de gente que no sabía quién era yo y que después de haberme leído hayan dicho: este hombre sabe lo que hace.  

A algunos el reconocimiento global les paraliza en un sentimiento de excesiva responsabilidad. 

Cuando llegó el premio yo estaba escribiendo una novela, porque eso es lo que hacen los escritores y una de las consecuencias del galardón fue que no pude escribir nada. No porque mi mente se resistiera a hacerlo, sino porque todo el mundo quería invitarme, entrevistarme, organizar encuentros y no tenía sentido luchar contra eso. Así que me dije: “disfruta todo lo que puedas de ese momento”. Felizmente en los últimos seis meses he retomado aquella novela y la verdad es que no me siento distinto. El trabajo es igual: tener la idea, trabajar, sentir la ansiedad, la incertidumbre de si estoy acertando o no. Lo único que ha venido para quedarse es que ahora reclaman más mi opinión en los medios pero eso no es nuevo para mí. 

Su lengua materna es el suajili pero la literaria es el inglés. ¿Para quien escribe, para los europeos o para los africanos?

Para cualquiera que quiera leerme. No tengo un lector en mente. Yo he leído libros de escritores ingleses, americanos, franceses, rusos, africanos, árabes y jamás me he preguntado si aquello estaba escrito para mí. Puede ser que un lector que hable suajili o sea musulmán descubra en mi libro aspectos que un español no va a percibir. Leemos en función de lo que ya sabemos. Pero eso no es lo más importante. 

¿Hasta qué punto su escritura obedece al deseo de atrapar el pasado, esos 18 años de Zanzíbar, frente al más de medio siglo que ha vivido en Gran Bretaña? 

En realidad no lo sé. Eso un regalo misterioso que recibes como escritor. En mi caso hay algunos temas que me interpelan y a menudo tienen que ver con el mundo en el que crecí. Pero no porque intente recrearlo, más bien tiene que ver con asuntos de cómo funcionan la imaginación o la memoria, cómo interpretamos el pasado. Hay otra razón por la que sigo volviendo ahí, y es que ese mundo, el mundo africano de Zanzíbar, no se ha entendido al cien por cien y no se ha escrito sobre él tanto como se merece. 

¿Hubo un momento específico en el que se dijo a sí mismo: soy escritor?

Es muy difícil decirlo. Incluso es difícil decir voy a ser escritor. Suena muy atrevido. Así que durante cierto tiempo yo no se lo contaba a nadie porque no quería que se rieran de mí y así callado conservaba mi dignidad. Era la etapa en la enviaba mi trabajo a un editor o un agente y recibía un no, o ni siquiera una respuesta. Además cuando sí logras publicar, tan solo es un libro y sientes que eso no te convierte en escritor. Así que necesitas mucho tiempo para poder decirlo con confianza. Y no sé en qué momento la sentí. Durante años he sido un académico que escribía y ahora soy lo contrario. 

Con un Nobel a cuestas la cosa parece más fácil. 

(Ríe) Sí pero me costó mucho tiempo decirlo sin sentir el apuro de considerarme a mí mismo un exhibicionista. 

¿Necesitaba estar lejos de su patria para poner las cosas negro sobre blanco?

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Hay académicos y críticos que opinan que es bueno tomar distancia pero hay mucha gente que escribe con profundidad sin apenas moverse de su tierra. Estoy pensando en Seamus Heaney, el Nobel irlandés, y por el contrario, en Nabokov o Conrad, que se vieron obligados a abandonarla e incluso cambiaron de idioma. En mi caso no me dije que estaba lejos de casa e iba a escribir sobre ello, sino que estar fuera me dio el impulso de hacerlo. No sé si hubiera sido escritor si no me hubiera ido de casa.

El colonialismo europeo llegó con una retorica moralista en la que ellos eran justos y limpios y los nativos, todo lo contrario. Pero en realidad nadie podía dar lecciones de moral

Cuando ganó el Nobel a los lectores les costó mucho ubicarlo porque, como autor negro de ascendencia árabe, no es exactamente lo que se espera de un africano. ¿Se considera un buen ejemplo de la pluralidad del continente? 

Esa es una de las cosas que, como decía antes, necesitan ser explicadas. Yo digo África y pienso en el océano Índico, el camino por el que árabes e indios llegaron a Zanzíbar buscando vías comerciales desde hace siglos. Es un cruce de culturas casi desconocido para Europa. 

En su novela ‘El desertor’ se puede interpretar que la metrópolis británica fue un (mal) ejemplo para los países colonizados.

En realidad fueron tan corruptos unos como otros. Pero el colonialismo europeo llegó con una retorica moralista en la que ellos eran justos y limpios y los nativos, todo lo contrario. Nadie podía dar lecciones de moral. 

Uno de sus personajes, Rashid, emigra a Inglaterra muy joven y acaba siendo un profesor universitario allí. ¿Hasta qué punto le ha cedido sus experiencias? 

No coinciden las fechas. En la novela, Rashid se va en los años 50 y yo lo hice en los 60. La experiencia es distinta porque habían cambiado muchas cosas. La descolonización o los Beatles, por ejemplo. Gran Bretaña era un país distinto en muchos sentidos aunque la esencia siguiera inalterable: al extranjero se le recibía con la misma hostilidad. Mi experiencia sí está ahí, pero no soy yo. 

Rashid dice que solo cuando llegó a Inglaterra se dio cuenta de que gracias a la educación inglesa recibida, él había asumido un sentimiento de inferioridad respecto a su cultura africana. ¿Le pasó a usted? 

Los ingleses de las colonias despreciaban nuestros conocimientos, los consideraban cuentos de hadas sin valor. En aquel momento era común que se minusvalorara nuestra cultura. Esa fue mi experiencia, efectivamente. Cuando he sido profesor he procurado integrar todos los conocimientos. 

¿La literatura puede ser un arma política? No parece que usted la haya utilizado de ese modo.  

Me gusta escribir sobre lo que veo y lo que llama mi atención es la injusticia. Mi literatura es política solo en el sentido de que puede exponer esa injusticia. Me interesa más humanizar el conflicto y ofrecer datos para entenderlo mejor. Pero luego es tarea del lector decir: esto es intolerable y hay que cambiarlo. Hay escritores que hacen de la escritura un gesto político per se y me parece bien, pero no es mi estilo.  

¿Esto tendría que ver con eso que suele decir: solo me represento a mí? 

Exactamente. No quiero hablar en nombre de nadie. Como escritor no incito a la gente a que arregle el mundo, aunque me parezca bien que sí lo hagan. 

¿Tras el Brexit se ha complicado mucho la vida para los ingleses de origen extranjero? 

El Brexit ha utilizado un discurso de división y, según mi punto de vista, una especie de nostalgia de un estilo de vida nada progresista y muy represivo que no va a volver ni social ni culturalmente. 

¿Una nostalgia del viejo imperio?

Si, creo que sí. El otro motivo principal fue que los políticos empezaron a convencer a los ciudadanos ingleses de que sus problemas tenían que ver básicamente con el empleo o la economía y esto llevó a los ciudadanos a recordar un pasado donde los extranjeros no contaban. No es algo que se diga explícitamente pero el problema acaba descodificándose en términos de raza. 

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Y todo ello con un primer ministro de origen indio. ¿No es eso algo muy loco? 

Sí porque él es el primero que habla con esta duplicidad y lo hace de una forma muy fea. 

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