“A Katharine Hepburn la temía su propio estudio”: 20 años sin una de las estrellas más imponentes de Hollywood


Después de erigirse en aclamada figura del teatro estadounidense, Katharine Hepburn consiguió encaramarse a la cima del Olimpo de Hollywood, a base de pico y pala, y allí permaneció nada más y nada menos que seis décadas. Su estilo de vida independiente y su carácter decidido la convirtieron en un modelo para varias generaciones de mujeres y en un icono muy querido por los cinéfilos. En 1999, cinco años después de su última aparición en la gran pantalla (en Un asunto de amor), fue nombrada por el American Film Institute como la mayor estrella femenina de la historia de Hollywood. Cuando en junio de 2003 murió a los 96 años en su casa en Old Saybrook, Connecticut, lo hizo rodeada de su familia y sin que nadie hubiera logrado arrebatarle su récord como la única mujer ganadora del Oscar a la mejor actriz en cuatro ocasiones.

“Eres el lado afortunado de la moneda: naciste en el momento adecuado, tu aspecto era el requerido, te expresabas bien. Tuviste suerte. Gustaste y te hiciste rica. Estupendo. Me alegro de que lo hayas pasado bien. Ahora me toca a mí”, afirmó sin ambages la estadounidense en esa especie de monólogo interior que supone su autobiografía, Yo misma. De alguna forma, la protagonista de obras maestras como La fiera de mi niña (1938) o En el estanque dorado (1981) quiso dejar claro en sus memorias que la extraordinaria personalidad de la Hepburn persona tenía poco que ver con la imagen algo banal de la Hepburn actriz.

La de Connecticut era una mujer culta y universitaria que nunca llegó a encajar en los esquemas de Hollywood, ni tampoco quiso ser otra actriz moldeable al antojo de los estudios de cine. Tal y como apunta Lucía Tello Díaz en El universo de Katharine Hepburn (Notorious Ediciones), un libro colectivo que analiza la figura de la intérprete, Hepburn controlaba sus contratos (y los rescindía cuando no le gustaban) y se pasaba por la entrepierna las críticas hacia sus excentricidades o su propensión a vestirse con atuendo masculino (desde el principio optó por un estilo andrógino que marcaba su complexión atlética).

“Desde la infancia ya llamaba la atención, nunca quiso ser como las otras niñas”, cuenta la escritora y periodista. “Al igual que sucedía en Sueños de juventud, también ella quería ser popular, atractiva y experimentada […]. A Hepburn la temía su propio estudio. Cuando llegó a RKO con un peto vaquero, los directivos consideraron que había ido demasiado lejos con su irreverencia, instándole a cambiarse de ropa. Lejos de amedrentarse, lo que Hepburn hizo fue quitárselo delante de todos, con la intención de proseguir toda la jornada sin atuendo inferior”. Cabe imaginar que RKO cedió y le devolvió su peto a la actriz, quien se fue a casa orgullosa por haber ganado aquel pulso.

Pero Hepburn no siempre conseguía salirse con la suya. De hecho, saltarse las convenciones sociales de la época y mostrarse como una alternativa a la vida femenina ortodoxa (pasaba del matrimonio y no tuvo hijos por voluntad propia) sirvió también para que algunos productores la condenaran al ostracismo durante un tiempo. Quizá por ello, en algún momento se planteó ejercer como directora. Durante el rodaje de Adivina quién viene esta noche (1967), explica Tello Díaz en el mencionado libro, Hepburn trabajó en la adaptación de Martha, novela de Margery Sharp que convirtió en un guion que pretendía dirigir y que Irene Selznick se encargaría de producir.

“Finalmente, el proyecto no medró, del mismo modo que Hepburn no había llegado a consolidarse como directora en ninguno de los momentos que tuvo ocasión. Por ejemplo, tras el éxito de Historias de Filadelfia (1940). Por aquel entonces, Louis B. Mayer confiaba tanto en ella que le habría permitido cualquier licencia, incluida la de dirigir”. Sin embargo, Hepburn decía que ella era una persona “unidireccional” y que en ese momento era actriz. En cualquier caso, la estrella sí llegó a ponerse una vez detrás de las cámaras. Fue durante el rodaje de María Estuardo (1936), después de que John Ford abandonase desesperado el plató y le pidiese dirigir una escena que transcurre en la torre de un castillo.

“Es paradójico que Hollywood, donde era ensalzada como artista, jamás la viera de igual a igual con el resto de intérpretes”, añade Tello Díaz. “En puridad, Hepburn siempre sería una foránea que veía en Hollywood un carnaval de artificiosidad y apariencias. Pese a ello, la propia Hepburn deseaba incansablemente ser famosa: una estrella renegada de la constelación que la vio brillar”. A pesar del medio centenar de películas que rodó y de los muchos premios con que fue reconocida, Hepburn afirmaba carecer de talento cada vez que alguien le preguntaba por el asunto.

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Ella anteponía la capacidad de cualquier compañero de reparto a la suya propia. Admiraba especialmente las aptitudes de Spencer Tracy, de quien decía que era el mejor actor que había desfilado ante la cámara y el mundo. El de Milwaukee, un hombre católico y padre de dos hijos, rodó nueve películas junto a Hepburn, de la que fue discreto amante durante décadas, mientras seguía casado. La actriz a la que en algunos círculos llamaban Katharine la Arrogante permaneció siempre al lado del actor, que ya estaba gravemente enfermo cuando hizo Adivina quién viene esta noche y, de hecho, falleció a las dos semanas de finalizar el rodaje.

El actor Spencer Tracy fue durante casi 30 años el amante de Katherine Hepburn. / WITHOUT LOVE

Los distintos biógrafos de la estadounidense coinciden en que Hepburn llevó su vida privada con mucho hermetismo y siempre renegó de la prensa y de la publicidad. Pese a ello, la actriz aprovechó el lanzamiento de su autobiografía en 1991 para romper de una vez su silencio sobre la discreta relación que mantuvo con Tracy. “No tengo ni idea de lo que Spencer sentía por mí”, señaló en sus páginas. “Solo puedo decir que creo que si no le hubiera gustado, no se habría quedado. Así de simple. Él no quería hablar de ello, y yo tampoco. Acabamos de pasar 27 años juntos en lo que iba a ser la felicidad absoluta. Se llama amor”. Durante la promoción del libro, Hepburn terminó varias de sus conversaciones con periodistas asegurando que una de las mejores cosas de morir sería que ya no tendría que hacer más entrevistas.

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